Familia Salvo Lazzari, Guatemala

El matrimonio de Eustaquio Salvo y Gilda Lazzari con sus hijos, por orden de edad: Antonio (Tono), Julia, María Luisa (Maruca), Humberto, Alfonso (Poncho) y el menor, Mario en Guatemala. foto restaurada por Peter Vivas

La Casa Salvo

Una semblanza histórica de la familia Salvo Lazzari y cómo era la vida de estos habitantes en la vieja Managua

A finales de los años cuarenta, cuando se inició la pavimentación de Managua, la Casa Salvo ya estaba construida. Era una hermosa casona de dos pisos, llena de puertas y ventanas, alta, a sólo cuatro cuadras de la Roosevelt sobre la calle del Cine Trébol y apenas a dos cuadras de La l5 de Septiembre y de la Sala Evangélica.

Managua entonces estaba aprendiendo a ser ciudad, aunque ya existían el Club Terraza, en el edificio Pellas; el Club Managua, el Gran Hotel y algunos edificios y cines llamados teatros, tales como El Tropical, donde pagábamos luneta y saltábamos a palco cuando apagaban las luces, para podernos acercar a la novia de turno. El Estadio Nacional estaba en vías de construcción.

La Casa Salvo nunca cerraba sus puertas, siempre estaban abiertas al cariño y a la amistad de todas las edades, pues los Salvo era una familia grande, tenían hijos y nietos y amigos viejos, jóvenes y niños. Don Eustaquio y Doña Gilda, italianos, habían vivido en Guatemala y luego en Honduras y de esas tierras del norte, decidieron afincarse para siempre en Nicaragua.

Yo conocí a los Salvo en La Quijada, ahora Pochomil, fueron los fundadores de ese balneario, año con año, en Semana Santa, construían grandes «enramadas» frente al mar. Una Semana Santa de 1948 me enamoré de una chavala guapa, ojos verdes, piel canela, prima de los Salvo Labreau y habitante de aquella casa. Desde entonces, todos y cada uno de los Salvo pasaron a ser parte de mis afectos.

Don Eustaquio Salvo, arquitecto, y Doña Gilda Lázzari fueron el tronco de esa hermosa y respetable familia. Don Tino Bermúdez, jovial, chispeante, bailarín de sones nicas y buen jugador de póker, era el esposo de Doña Julita Salvo, la segunda hija de aquel matrimonio, un amor de mujer, fina, dulce, servicial, prudente y mamá de Arturito Bermúdez Salvo, afable, tranquilo, trabajador, brazo derecho de su tío Alfonso, Poncho; precursores de las empresas de la construcción, de la cal empacada y del cemento.

La Nena y Aída, hermanas de Arturo. La primera, un encanto de persona: dulce, sencilla, tierna, que en la Semana Santa de 1948 fue electa Miss Pacífico. Aída, la menor, tímida, bondadosa, de una gran religiosidad; es madre del destacado periodista Eduardo Enríquez. Arturito emigró a Guatemala para continuar trabajando en el ramo de la construcción. Murió «el día que le tocaba» mientras dirigía un proyecto de construcción en El Salvador, por hacer una llamada telefónica, desde un aparato donde se escondía la araña que le picaría mortalmente.

Humberto Salvo fue el esposo de Margarita Labreau, padres de Rolando, César y Armando con quienes jugábamos hand ball en la calle a pesar de los aguaceros, la ropa enlodada y las quejas de mi novia. Los gemelos René y Humberto, Margarita y María Eugenia se fueron sumando a la familia. Humberto fue Gerente de Empresa Nacional de Luz y Fuerza (Enaluf) y su esposa, nieta del general hondureño Florencio Xatruch, personaje de gran trayectoria en la Guerra Nacional y cuyo apellido mal pronunciado, es el origen del término «Catracho» con que conocemos a los hondureños.

Doña Adriana Xatruch viuda de Labreau, era la suegra de Humberto viejo y abuela de Nidia. De belleza especial, ya venerable anciana, me hizo solicitar «la entrada formal» para poder ser el novio oficial de su nieta, y a mis 16 temerarios años, de saco y corbata, llegué a solicitar con rostro de ajusticiado, su permiso oficial.

Poncho y Wicha eran los Salvo-Selva. Padres de Hilda de Griffith, la siempre bien recordada Auxiliadora, muerta trágicamente en un accidente automovilístico, Alfonso hijo y María Mercedes. La Constructora Salvo fue pionera de la construcción nicaragüense. Poncho, un hombrón de buen corazón e inmensa sonrisa, me impresionaba por las grandes bolsas de sus pantalones, donde le alcanzaban los cuadernos de las planillas y otros apuntes. «Salvo Construye» eran rótulos que en una época se veían frecuentemente por las calles del viejo Managua.

Doña Maruquita Salvo, como cariñosamente le decíamos, junto al inefable don Rafael Maltés, eran el matrimonio perfecto, siempre amables, siempre educados, siempre en su lugar. Atendían su mayoreo y detalles de cigarrillos, chicles y golosinas. Dulces como los dulces que distribuían, así eran los papás de Guillermo, Yolanda, esposa de Alejandro Bermúdez y Gloria, esposa de Luis Tellería.

Tono, el mayor, era todo un personaje, arquitecto de profesión como su padre, hacía sus diseños desde La Noche Criolla, su cantina predilecta. Los chavalos le decíamos «sobre las olas», por su mecido andar, provocado por dolorosos juanetes. Poseedor de un mohín particular, soñaba con su mundo de Quijote solitario, sin armadura y por lanza en ristre siempre su mano generosa extendida a los amigos.

Mario Salvo era el cumiche, esposo de Pinita Horvilleur, trabajaba como ingeniero eléctrico, dando servicio a varias empresas de Nicaragua, pero traveseaba con paletas, y helados, con mirada visionaria, con la certeza de cambiar lo tradicional, por algo más moderno, sabroso y oportuno. Tenía un cuarto de refrigeración en una esquina pintada de azul y blanco en la misma calle de la Casa Salvo. Un día nos reunió a todos y nos llevó a degustar su gran invento… una deliciosa paleta de chocolate rellena de helado de vainilla. Todos, encantados, saboreamos el primer Eskimo que se producía en Nicaragua.

Mario y la Pinita, fundadores de los helados Eskimo, fueron consolidando los productos de helados y la maca con tesón e inteligencia, al punto que en Nicaragua hoy nadie habla de «helados» sino de «eskimos».

Por el edificio Ramírez Goyena construyeron su casa y primera planta de producción. Después abrieron El Restaurante El Eskimo por el teatro Salazar, y construyeron también una serie de bonitas casas, diferentes, con buen gusto que alquilaban para aumentar su patrimonio. Mario y la Pinita siguieron creciendo, formando a sus hijos como profesionales, trabajadores y creativos. Recuerdo a Lucía su hija a cargo de las ventas y en la caja siendo aún niña.

Lo mejor que hicieron Mario y Pinita fueron sus propios hijos… Mario Francisco, Lucía, Enrique, Roberto, Doria y Regina.

Después del terremoto de 1972 que destruyó Managua, Mario y Pinita construyeron el nuevo restaurante a la par de su planta productiva en el barrio Altagracia en Managua. Y «familiudos» como todos los Salvo, construyeron un complejo de modernas casas para todos sus hijos y sus familias en la Carretera Sur.

La descendencia de Julita, Maruca, Humberto, Poncho y Mario es heredera de la Casa Salvo, donde las puertas nunca se cerraban, siempre abiertas al cariño, a la amistad y a la bonhomía.

Los años han pasado, ya no celebramos el siete de diciembre en coches de caballos descapotados y adornados con chimbombas de todos colores, ya no vamos a las misas del Perpetuo Socorro, ya no compramos los regalitos de Navidad donde la Matilde Uriarte. Ni vamos al matiné del Cine Darío, ni comemos repostería de El Verdi, pero sí recordamos como el primer día a la Casa Salvo y a sus habitantes, a aquellos viejos de ayer, a aquellos viejos de hoy que crecimos admirando la simpatía y cordialidad de una familia inolvidable.

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