A la espera con María

Sacerdote católico En este tiempo de preparación para la Navidad, acogiendo con amor las palabras de nuestros legítimos Pastores, reunidos en Aparecida, Brasil, en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (número 1), sentimos la presencia de “María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, (que) ha estado muy cerca de nosotros, […]

Sacerdote católico

En este tiempo de preparación para la Navidad, acogiendo con amor las palabras de nuestros legítimos Pastores, reunidos en Aparecida, Brasil, en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (número 1), sentimos la presencia de “María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, (que) ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado nuestras personas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a nuestros pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Le hemos pedido, como Madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga (cf. Jn 2,5)”.

La doncella de Nazareth es Madre de Jesús, no sólo al dar el Sí, en la Encarnación, sino que también lo acunó en su vientre y en su corazón, lo dio a luz, lo amó, educó y protegió como solícita mamá, en su vida oculta y pública, estuvo en el primer milagro en las Bodas de Caná de Galilea, en el día de Pentecostés, pero sobre todo, ella obedeció plenamente y practicó lo que enseñó.

María es mujer de fe. Cuando el Arcángel Gabriel le anuncia, en medio del “llena eres de gracia” que será la madre del Mesías a quien dará el nombre de Jesús, y ella responde: ¿Cómo será esto si no conozco varón? (Lc 1,34).

María es mujer de obediencia. Cuando el mensajero de Dios le explica que lo que nacerá de ella, no será por obra de hombre, sino por el Poder del Espíritu Santo, diciéndole que para Dios no hay nada imposible, ella de manera inmediata responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38).

María es mujer de paz. Se dio cuenta que su pariente Isabel, de edad avanzada, está en el sexto mes de embarazo y se dirige presurosa a las montañas de Judea para servirle. Y al llegar donde ella, en el vientre de Isabel, saltó de gozo, Juan el Bautista, ante la presencia del Redentor del mundo, que estaba en el vientre de la Purísima, que lo llevaba cual custodia preciosa. Ella “saludó”. La paz de Dios esté con vosotros. María nos trae la paz, porque Jesús es el Príncipe de la Paz. (Lc 1,41).

María es mujer de alabanza. Cuando recibe el saludo gozoso de Isabel que llena del Espíritu de Dios la proclama como “bendita entre todas las mujeres”, ella resumió en el Magnificat el amor y las hazañas de Dios con su pueblo en toda la historia diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1,46).

María es mujer de intercesión: en las Bodas de Caná de Galilea, cuando se termina el vino, ella se dirige a Jesús, siempre atenta a las necesidades de los demás y dice: No tienen vino (Jn 2,3).

María es mujer discípula perfecta y primera evangelizadora: sus palabras: “Hagan lo que Jesús les diga” (Jn 2,5) nos expresan el regalo maravilloso que nos ha legado, para comprender que en el escuchar y poner en práctica la voluntad del Padre Celestial, reflejada en su Hijo, es que nos integramos en la familia de Jesús.

Es por eso que la amamos, porque Jesús nos la dejó como Madre, cuando Ella estaba al pie de la Cruz, junto al discípulo amado. En estos días que hemos proclamado con júbilo ¿Quién causa tanta alegría? y llenos de fervor hemos contestado: ¡La Concepción de María! nos hemos preparado para celebrar cristianamente la Navidad que se acerca.

Religión y Fe

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