Sacerdote católico
Con la solemnidad de la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo se concluye el año litúrgico y se destaca la figura de Cristo como centro de toda la historia universal, pues es “Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis, 19, 16). Esta celebración fue establecida por el Papa Pío XI el 11 de marzo de 1925.
El objetivo preferente de la vida de Jesús fue el anuncio del Reino de Dios: “El plazo está vencido, el Reino de Dios está cerca. Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva” (Mateo 1,14). Y Jesús que divulga la llegada del Reino de Dios, asimismo se anuncia, porque Él es el Reino de Dios.
En el Padre Nuestro, que nos enseñó el Señor, como el modelo más sublime de oración, decimos: Venga a nosotros tu Reino… Eso significa que le expresamos a Jesús, de manera libre, que ejerza su señorío, sobre todas las áreas de nuestra existencia, y nos convertimos en súbditos de amor.
Con frecuencia constatamos que aunque lo proclamemos con nuestros labios como Rey, contradecimos su autoridad. Somos nosotros quienes queremos imponer nuestra voluntad, estar por encima de lo que ha mandado. Ya Jesús lo sentenció: “Ningún siervo puede servir a dos señores, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien será fiel a uno y despreciará al otro”. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero. (cfr. Lucas 16, 1-13).
Un bello ejemplo de lo que es la obediencia plena a Dios la encontramos en el relato del Segundo Libro de los Macabeos, en el capítulo 7, cuando una madre junto a sus siete hijos se negaron a realizar lo contrario a la ley del Señor, y la madre animaba a cada uno de sus hijos y cuando en medio de los tormentos más crueles, el opresor los fue asesinando y quedaba el más joven de ellos, el tirano abusador quiso persuadir al muchacho, prometiéndole riquezas si rechazaba sus creencias. Obligó a la madre a que lo hiciera desistir.
Ante esto la mamá hizo lo siguiente: Se inclinó hacia él (al menor de sus hijos) y burlándose del cruel tirano, le dijo en su idioma: “Hijo mío, ten compasión de mí, que durante nueve meses te llevé en mi seno, y te he amamantado durante tres años y te he alimentado y te he criado y educado hasta la edad que ahora tienes. Te pido, hijo mío, que mires al Cielo y a la Tierra y a todo lo que hay en ella, que reconozcas que Dios lo hizo todo de la nada y que de la misma manera hizo el género humano. No temas a este verdugo; hazte digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que tengas parte en la misericordia con tus hermanos”. Todavía estaba hablando la madre, cuando el hijo exclamó: “¿Qué esperas? No obedezco las órdenes del rey; yo sigo y obedezco los preceptos de la ley dada a nuestros padres por Moisés. Tú (refiriéndose al verdugo), que has tramado toda clase de crímenes contra los hebreos, no podrás escapar de la mano de Dios”.
Servir lo que es efímero, mientras agonizan en su dolor y miseria, los miles y miles de personas, que son hermanos, hijos del mismo Padre del Cielo, ante la indolente o temerosa negligencia en nuestro actuar es decirle con los hechos No al Reino de Jesús.
Envía, Señor, tu Espíritu Santo, para que Tú vivas y reines en el corazón de todos. Amén.