Signos de los tiempos

Sacerdote Católico Cuando se habla de los últimos tiempos nos asalta la curiosidad sobre cuándo será y cuántos se salvarán. A Jesús, le hicieron estas preguntas. En cierta ocasión, uno de la multitud le interrogó: ¿Cuántos se salvarán? Y Jesús al responder, pasó de lo cuantitativo a lo cualitativo. Los que pasen por la puerta […]

Sacerdote Católico

Cuando se habla de los últimos tiempos nos asalta la curiosidad sobre cuándo será y cuántos se salvarán. A Jesús, le hicieron estas preguntas. En cierta ocasión, uno de la multitud le interrogó: ¿Cuántos se salvarán? Y Jesús al responder, pasó de lo cuantitativo a lo cualitativo. Los que pasen por la puerta estrecha, que es el desgastarse por los hermanos y ganar el Reino de Dios.

En el Evangelio de hoy se lanza la otra gran interrogante a Jesús: ¿Cuándo sucederá eso? Y frente a esta pregunta, El advierte sobre la urgencia de no dejarnos engañar por falsos profetas. A ellos no les debemos seguir. El día y la hora nadie los sabe, ni siquiera el Hijo, solamente el Padre. Ciertamente, la Biblia señala un juicio universal que será precedido de una destrucción y consecuentemente de una renovación del universo. Pero concluir que de las calamidades actuales de la humanidad se sigue necesariamente la segunda venida de Cristo, está por verse.

El lenguaje en el cual se formulan estos relatos apocalípticos es de esperanza y no de terror. La literatura apocalíptica floreció en Israel de manera tardía (en la época de los Macabeos) y se prolongó hasta los escritos del Nuevo Testamento. Ella responde a un contexto de catástrofes sociopolíticas y de persecuciones. Tenía como función mostrar que las fuerzas tenebrosas de este mundo, necesariamente pasarán y al final triunfará la gloria y el poder de Dios por medio de su Ungido.

A partir de una interpretación precipitada y superficial de los textos apocalípticos han surgido en diversos momentos de la Iglesia y de la historia, milenarismos atemorizantes que profetizan el fin de la humanidad. El último se dio al concluir el siglo veinte y comprobamos que la historia y el universo siguen su curso con aciertos y equivocaciones.

Jesús nos invita a atender los signos de los tiempos y a partir de ellos asumir una respuesta comprometida de obediencia a la voluntad de Dios. Los desastres naturales no son más que la consecuencia del modo irresponsable como hemos tratado nuestro planeta con sus nefastos resultados: el calentamiento global, la reducción de fuentes de agua potable, la deforestación de los bosques, la producción de desechos contaminantes a escala industrial, el enriquecimiento inmoral de naciones que provocan muchas veces la guerra para sus intereses financieros.

A pesar de los impresionantes avances que el hombre ha tenido en tecnología, comunicaciones, industrias e infraestructura, aumenta el número de seres humanos que mueren de hambre, de sed, de enfermedades tratables; los excluidos de la sociedad “industrializada” son más numerosos y las conflagraciones por los recursos naturales siguen siendo el pan de cada día.

¿A esto le podríamos llamar progreso? Evidentemente no. Progreso significa desarrollo humano integral, distribución equitativa de los bienes de la tierra, participación en las decisiones del destino de los pueblos, preservación del medio ambiente y la construcción de una cultura de esperanza como legado a las generaciones que nos sucederán.

Muchos andamos buscando por todas partes “signos de los tiempos” que no nos comprometen y más bien nos llevan a dar la espalda a nuestros problemas reales, viviendo un cristianismo individualista, fanático e irresponsable. Es más sencillo andar como “aves de mal agüero”, pregonando la llegada del fin del mundo, que trabajar, darse, compartir, solidarizarse con los otros. Ya reza el refrán: Obras son amores y no buenas razones.

Religión y Fe

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