El clavecín es el reflejo del individualismo ciclópeo de Juan Sebastián Bach. Atrevido. Temerario, de una proyección egómana bella e incalculable. Por mucho que el anticipo en el universo del teclado haya sido opacado por el piano moderno, reluciente y de elegante cola y con sonoridades dimensionadas por su estructura, no puede ser este el instrumento propicio para que en él sea interpretado El Concierto Italiano. Y si el palacio teatral carece de los servicios del clavecín por estar fuera de circulación, pues mejor que eluda del programa la obra especialmente concebida para sus graciosas limitaciones.
El estilo del concierto propone a un solista y a la orquesta. En el caso sui generis de esta versión, le concede la participación única al clavecín sin nadie más pervertidor de la cuna donde nació y de la época para la cual vino al mundo, porque tendría la añadidura la calificación de ser intrusa.
Valga el comentario porque una noche de estas en la pretensión de vivir la pantalla culta para la cual hay canales especiales fuimos videntes de la exposición que se hizo del concierto no sólo excluyendo al instrumento preferido del barroco alemán por el de la majestad forte, sino agregándosele un violín que lejano anduvo de la imaginación de su autor. La modificación hirió a la pureza ancestral y la pretendió poner al lado de las piezas modernas enriquecidas por la evolución de las joyas sustitutivas siendo una de ellas ese piano orgulloso de posar para los grandes escenarios.
El Concierto Italiano fue invitado desde su siglo a ser fielmente ejecutado, plasmado en el teclado si se quiere frágil o aparentemente frágil porque los contrastes, una de las razones de su reiterada variación tonal fueron urdidos con la ayuda total del registro y de sus fibras, razón por la cual los recursos están completos, programados y no puede aceptarse ninguna transferencia aunque esta cuente con superiores recursos.
Bach le puso en la partitura al gusto italiano para dejar constancia de puño y letra de la filiación del manuscrito con los conciertos para violín de Vivaldi para hacer énfasis en el acto de la cortesía en el cual el obsequiante Bach desplegó las banderas de su homenaje. Pero eso no justificaba la adición caprichosa del violín anárquica diría un purista en la formulación de un dúo sin razón de ser. Una de las tantas irreverencias por los inclinados a poner adornos o fantasías donde no caben. Pareciera El Concierto Italiano por su andante un solo para violín. Pareciera pero no es. Lo que hace la seguidilla de los tonos menores acompañantes de otros instrumentos de cuerda es complacer a Vivaldi en su justa predilección por el violín. Los solos solamente le corresponden al clavecín. Nadie más puede competir con su rol protagónico llevado a las cumbres por el genio de la fuga. Basta con acudir a la más contundente ejemplificación El Clavecín bien temperado para comprobarlo y afirmar que con esa obra desbordó los límites de su maestría en el arte de ensalzar purificándola a la fuga, llevada a la perfección. El mismo Bach con ella hizo el anagrama de su propio nombre.