Mina de oro, mejor de generosidad

Sacerdote católico En cierta ocasión y de buena voluntad me dejaron un mensaje: “Padre Eslaquit: una persona desea conocerlo. Debe ponerse en contacto con ella, pues a usted se acercan muchos con carencias, buscando compartir la Palabra de Dios, pero también una ayuda a sus limitaciones económicas urgentes. No pierda la oportunidad, porque esta persona […]

Sacerdote católico

En cierta ocasión y de buena voluntad me dejaron un mensaje: “Padre Eslaquit: una persona desea conocerlo. Debe ponerse en contacto con ella, pues a usted se acercan muchos con carencias, buscando compartir la Palabra de Dios, pero también una ayuda a sus limitaciones económicas urgentes. No pierda la oportunidad, porque esta persona es una mina de oro y usted la necesita”.

Me puse a pensar: “De lo que verdaderamente siempre estoy necesitado es de la unción del Espíritu Santo, para que me recuerde todo lo que ha enseñado Jesús. Que somos templos de Dios y que cualquier cosa que hagamos al más pequeño a Él mismo la realizamos.

El amor verdadero consiste en acercarse al otro, descubrir sus necesidades, aún sin que él las manifieste y colaborar a restituir la dignidad humana que muchas veces la atropellamos. Si no tenemos ese amor verdadero, podemos convertirnos en manipuladores, pero en el fondo mostramos que estamos llenos de inseguridades, necesitados de una auténtica reconciliación, con la misión de comprender y aceptar que todos somos hijos del único Dios y Señor y por lo tanto hermanos. En la familia de Dios ninguno tiene mejor categoría. Esas exclusiones las hacemos nosotros.

El gran problema consiste, a mi modo de ver, en pensar que el pecado es exclusivamente el no cumplir un rito o un legalismo. Nada más alejado del mensaje de Jesús. El verdadero pecado, y de ese sí debemos arrepentirnos y pedir perdón y subsanarlo, es cuando sometemos al débil, y como decimos popularmente “empaparnos con el que nos podemos empapar”. Somos complacientes con los “poderosos a los ojos del mundo”, pero tratamos al frágil como lampazo, lo herimos con nuestras palabras y sobre todo con nuestras injusticias. Esto sí debe avergonzarnos. El pecado es no amar.

Cuando no combatimos la injusticia por miedo al qué dirán, por comodidad o por cobardía, no estamos cumpliendo la misión que Dios quiere de nosotros.

Creamos seriamente que la indiferencia, el derroche de los bienes materiales, cuando millones carecen de lo indispensable, es una falta gravísima a los ojos de Dios.

Miremos en nuestras casas y en guardarropas y actitudes cotidianas. ¿Realmente necesitamos tanta cosa inútil que compramos, y que permanece sin usarse, hasta que se pierde y se llena de polillas, solamente para satisfacer nuestra vanidad? ¿Hemos sido capaces de amar al otro, ayudándole y no solamente expresando el famoso “pobrecito”, sino compartiendo nuestros bienes materiales? Cuando se trata de tocar el bolsillo, preferimos hacernos los tontos. Es más fácil ir a rezar. Pero hacen falta muchas cosas, para conseguir la paz.

Existen familias enteras empobrecidas, que se hallan en condiciones indigentes, teniendo que mendigar para poder comprar una pastilla de cinco reales, o conseguir algo con qué alimentarse; y no porque quieran ser pobres, ni porque son perezosas, sino producto de la corrupción y pérdida del verdadero sentido del pecado.

Con nuestro egoísmo, además de violentar los Derechos Divinos que tiene cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios, lo hacemos con sus derechos humanos.

Las riquezas, (bienes de fortuna, talentos, posiciones en donde se toman decisiones para las mayorías) nos pueden hacer insensibles de dar, sin esperar más recompensa que la alegría de compartir. Lo que tenemos nos lo puso Dios, no como dueños, sino como administradores. En vez de ser minas de oro seamos minas de generosidad.

Religión y Fe

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