De las palabras a los hechos

Daniel Ortega se acerca vertiginosamente a su primer año de gobierno y lo que se observa es, por un lado, un asombroso incumplimiento de sus promesas de campaña y, por otro lado, un agravamiento preocupante de la situación económica del país. Ya se sabe, por ejemplo, que Ortega no va a compartir el gobierno —como prometió que haría- con sus aliados políticos de la llamada Alianza Unida Nicaragua Triunfa, mucho menos con sectores de oposición. Desde el 2001, el actual presidente había anunciado que si ganaba las elecciones no gobernaría solo porque “en Nicaragua no tiene viabilidad el gobierno de un partido”, decía. Sin embargo, una vez instalado en la Presidencia, este “dicho” de Ortega se lo llevó el viento. Más bien ha hecho exactamente lo opuesto. Desde el mismo acto de toma de posesión quedó claro que los miembros de Alianza Unida Nicaragua Triunfa serían simplemente piezas decorativas en su gobierno. Que no pasaría de oír algunas de sus opiniones, pero que las decisiones las tomaba él y su esposa con la cual comparte el cincuenta por ciento del poder, según sus propias palabras. El absolutismo gubernamental de Ortega es tal que hasta algunos de sus correligionarios del círculo más cercano —incluyendo al alcalde Dionisio Marenco y a Bayardo Arce— han sido vistos de lado. Últimamente, dos connotados miembros de su alianza expresaron su total desacuerdo con las previstas reformas constitucionales planteadas por el Frente Sandinista que incluyen el cambio del sistema político. Sin embargo, Ortega ya tomó esa decisión, le disguste a quien le disguste.

Además de participación, el actual Presidente prometió crear miles de nuevos empleos. En esto tampoco ha cumplido. Al contrario, no sólo no ha creado nuevos puestos de trabajo sino que ha mandado a la calle a miles de trabajadores —muchos de ellos altamente capacitados— para poner en su lugar a obedientes testaferros incompetentes. Una de las secuelas de estos despidos arbitrarios es la terrible ineficiencia que hay en la mayor parte de los programas de inversión pública, ahora a cargo de gente que sólo es buena para repetir consignas. Los empleos no llegaron además porque en vez de promover políticas que atraigan la inversión de capitales, Ortega actúa como si estuviera en plena campaña electoral. Si fuera posible medir el tiempo que ha invertido para vociferar contra el “imperialismo” y para celebrar “acuerdos de amistad y mutua cooperación” con países como Irán y Venezuela —que no han tenido ninguna incidencia positiva en la economía— quedaría un estrecho margen para los actos de gobierno.

Daniel Ortega también prometió que disminuiría la pobreza, pero la gente está hoy mucho más pobre que en enero pasado. Además del desempleo, han aumentado los precios de los alimentos. El colmo de las cosas es que los frijoles subieron de precio alrededor de un doscientos por ciento desde enero. También subieron de precio el maíz, el arroz, la harina, el azúcar, el gas para cocinar, la gasolina, la electricidad, a pesar de los apagones que según Ortega iban a terminar en cuanto iniciara su gestión, etc. ¿Adónde están yendo las ganancias que deja la venta del petróleo venezolano vendido concesionalmente a Nicaragua? Después de varios intentos fallidos de dejar fuera del Presupuesto estos fondos, el Gobierno decidió crear una empresa privada para que los maneje. Pero el pueblo no sabe quiénes están al frente de esta empresa ni cuánta ganancia ha generado ni en qué se ha estado usando. De tal manera que este Gobierno tampoco es transparente ni está luchando contra la corrupción como Ortega dijo que haría.

Tomás Borge, refiriéndose al gobierno sandinista de los ochenta, dijo: “Hicimos confiscaciones inadecuadas (…), establecimos restricciones a la libertad de expresión, nacionalizamos el comercio exterior, confiscamos lo que producían los campesinos y hubo violaciones a los derechos humanos… al llegar al poder nos volvimos arrogantes y prepotentes. Esos fueron los principales errores y no volverán a ocurrir”. Sin embargo, Ortega está repitiendo la historia. Apenas se sintió presidente, se volvió arrogante, arrogante como nunca. Podría ser que en su gobierno de los ochenta, Ortega —equivocado o no— fuera tras un ideal revolucionario. Pero hoy día, al Presidente sólo le obsesiona mantenerse en el poder al precio que sea.

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