La gratitud

Sacerdote Católico Escuché una narración, que por su significado considero hermosa: Que en el jardín del cielo existen flores preciosas, con los más lindos colores y los perfumes más delicados, pero entre todas ellas, hay una que sobresale, por ser la más exquisita y a la vez escasa. Su nombre es Gratitud. El evangelio de […]

Sacerdote Católico

Escuché una narración, que por su significado considero hermosa: Que en el jardín del cielo existen flores preciosas, con los más lindos colores y los perfumes más delicados, pero entre todas ellas, hay una que sobresale, por ser la más exquisita y a la vez escasa. Su nombre es Gratitud.

El evangelio de hoy, (cfr. Lucas 7, 11-19), nos relata que se acercan a Jesús diez leprosos, suplicándole: Jesús, ten misericordia de nosotros. Ha sido la expresión desgarradora que ha salido de lo más hondo del corazón del hombre, cuando clama la compasión de Dios.

Jesús se detiene, escucha su petición y los envía a que se presenten ante los sacerdotes. Recordemos que en el tiempo de Jesús, según mandato del libro de Levítico, el leproso era una persona que era aislada de la comunidad, no sólo por el hecho que podía contagiar a los demás, sino porque se consideraba impuro y tenía que vivir al borde de los caminos y desde lejos pedir la caridad de los otros, gritando, impuro soy, impuro soy.

Obedecen los diez leprosos al Señor y en el camino se ven curados. Uno regresa y da gracias. Jesús interroga: ¿Dónde están los otros nueve? Sólo uno tuvo el gesto de agradecer.

En nuestra vida personal y a nivel general, pocas veces somos agradecidos. No pensamos que el mismo pan que comemos, los vestidos que usamos, la tecnología que aprovechamos, ha pasado todo un proceso. Cuántas personas han trabajado el campo, hilado las telas o sacrificaron sus vidas en aras del progreso, de la técnica, de la cultura, de la medicina.

En nuestras propias familias, somos pocos o nada agradecidos con aquellos que nos han regalado el don de su amor, de su protección, de sus sacrificios. Y el agradecer no es el pagar a nadie o regresarle lo mismo que nos dieron. Es algo más hermoso, es el sentimiento de acción de gracias, que se muestra en ternura, en cariño, en comprensión.

Nos sentimos tan bien pagados de nosotros mismos, que somos ineptos para reconocer que en la comunidad humana, no somos seres aislados, que no podemos vivir sino por el engranaje maravilloso y solidario de quienes en el pasado o en el presente, hacen posible que sigamos adelante.

Y en nuestra relación con Dios, si somos creyentes pedimos y pedimos y no captamos que Dios nos ha dado tantos regalos maravillosos: el sol, el aire que respiramos, nuestra vida, nuestros ojos, nuestras manos.

Cada ser humano es infinitamente sorprendente, porque es único e irrepetible, salido del pensamiento y del amor de Dios y por lo tanto, con una dignidad que cuando la quebrantamos la pervertimos; nos aprovechamos del hermano, estamos siendo no solamente desagradecidos con Dios, sino inhumanos.

Estamos acostumbrados a escribir sobre la arena los favores recibidos de los demás, mientras que las ofensas recibidas por otros las calamos sobre la roca

Gracias Padre del cielo, porque nos has dado la vida, porque nos has enviado a tu hijo único Jesucristo. Te suplicamos nos concedas el don de la Gratitud para reconocer que lo que somos te lo debemos a tí y por lo tanto debemos ponerlo al servicio de todos. Amén.

Religión y Fe

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