Cursaban las doce del mediodía de aquel domingo abrasador. El hambre arreciaba en la mesa familiar. Se hacían oír desesperadas las tripas. Se acomodó en la silla. Desabotonó camisa y pantalón. Escurrió el sudor de la frente, el cuello y la panza. Con furia le entró al mondongo hirviente. Se detuvo de pronto. Está de más describir el asombro dibujado en los humildes ojos de la esposa y los hijos al ver lo morado que se iba poniendo, la vista desorbitada antes de expirar asesinado por una vaca que con la deliciosa toalla de su mismo estómago, se vengaba.