La educación y la política

En su comparecencia de ayer en el programa de televisión de LA PRENSA y el Canal 2, el economista independiente Adolfo Acevedo Vogl invitó a los medios de comunicación social a poner la educación —en vez de la política— en el primer lugar de su agenda diaria y, por lo tanto, del debate público nacional. Tiene razón, en parte, el economista Acevedo Vogl. Discutir el problema de la educación para buscar formas y medios de resolverlo; priorizar la educación sobre la base de propuestas como las que él presentó durante su comparecencia televisada de este miércoles, significaría comenzar a pensar en el mediano y el largo plazo, a tener visión de nación, a salir del coyunturalismo que mantiene al país en una especie de morbosa impotencia.

“Es indiscutible que en el mundo de hoy la capacidad competitiva de las naciones descansa sobre lo que cada una sabe, mucho más que sobre lo que cada una tiene”, asegura el filósofo y ensayista argentino Santiago Kovadloff. Lo cual es cierto, sin duda, pero hay que agregar que también en el caso de los individuos su capacidad competitiva descansa más sobre su educación que en lo que tienen. El desarrollo, la prosperidad y el bienestar de Nicaragua y de los nicaragüenses, no depende de los 88 mil millones de barriles de petróleo que según dicen hay en el territorio marítimo que estaba en litigio con Honduras, y el cual se acaba de ganar gracias a la sentencia de la Corte Internacional de Justicia. Depende más bien del trabajo de los nicaragüenses, y de su educación para potenciar su capacidad laboral y creativa.

Por otra parte, la educación, para ser fecunda y promover realmente el desarrollo humano, tanto social como individual, debe ser cultivada e impartida en condiciones de libertad y democracia. Cabe señalar al respecto que la expresión del eminente filósofo alemán Inmanuel Kant (1724-1804), de que los hombres sólo pueden llegar a ser hombres por medio de la educación, tiene valor en el sentido de que la formación educativa no es sólo para que el individuo tenga capacidad de procurarse el bienestar material, sino también para vivir en libertad.

Ciertamente, la educación —aunque no cualquier educación, como la que hay ahora en Nicaragua, sino una educación de calidad— es indispensable para salir de la pobreza y progresar. Pero por sí sola la educación no basta para alcanzar esas metas, requiere de un ambiente de libertad y democracia para ser eficaz y conseguir sus fines. En consecuencia, la educación es también un problema político, aunque no partidista ni politiquero.

El país necesita de una estrategia de educación de largo plazo, que ponga fin a la irresponsabilidad de que cada partido que asume el Gobierno cambia el plan nacional educativo que la anterior administración venía ejecutando. La estrategia nacional de educación para el largo plazo no la puede imponer un partido, ni un solo sector social, sino que debe estar basada en un consenso de país; el cual es indispensable no sólo para aprobar el plan permanente de la educación nacional, sino también para cumplirlo y respetarlo, independientemente de qué partido coyunturalmente esté en el poder.

En este orden es conveniente comenzar por discutir públicamente y resolver problemas como la incapacidad del Gobierno para ejecutar el modesto presupuesto que se le asigna a la cartera de educación pública primaria, secundaria y técnica, una vergonzosa situación administrativa que es propia de casi todas las entidades gubernamentales. Hay que discutir sobre la participación educativa que fue borrada de un plumazo por la actual administración, más que todo por fobia ideológica a la autonomía escolar. Hay que discutir todos y cada uno de los problemas, de la educación nacional, así como aprobar y ejecutar las soluciones correspondientes.

Pero eso no significa que se deba quitar la atención de la opinión pública de los problemas políticos, como por ejemplo la confabulación pactista para cambiar el sistema de gobierno sin consultar al pueblo, no con el propósito de mejorar las formas de gobernar y resolver los problemas del país sino para repartirse mejor el botín del Estado e imponer una dictadura bicéfala. Sin lugar a ninguna duda, lo peor que se podría hacer es permitirle a los políticos hacer sus “cosas” en silencio y amparados en las sombras.

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