El novelista español Francisco Umbral. (LA PRENSA/EFE)

Umbral, espíritu indómito

“La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo”, sentenció Francisco Umbral, escritor que falleció recientemente (Madrid: mayo, 1935— agosto, 2007). El célebre madrileño destaca por comunicar ideas cortas y profundas, adornadas cuidadosamente con cierta dosis de ironía, que transmiten verdades, sus verdades, construidas desde el camino autodidacta que transitó con consagración y entrega. […]

“La mejor manera de conocerse a uno mismo es escribiendo”, sentenció Francisco Umbral, escritor que falleció recientemente (Madrid: mayo, 1935— agosto, 2007). El célebre madrileño destaca por comunicar ideas cortas y profundas, adornadas cuidadosamente con cierta dosis de ironía, que transmiten verdades, sus verdades, construidas desde el camino autodidacta que transitó con consagración y entrega.

El literato tiene algo en común con Julien Sorel, el protagonista de la novela de Stendhal (Rojo y Negro): de niño buscó el conocimiento por sí solo. Aunque ingresó tardíamente a la escuela, de donde lo expulsaron, se ilustró por otro medio: entre el sendero de los libros y la colina del inicio prematuro de la vida laboral (14 años).

Lectura, escritura y espíritu indómito innato fueron los ingredientes que convirtieron a Umbral en un prominente columnista. Desde ese espacio ganó admiradores y enemigos, muchos: “Umbral es un escritor que despierta pasión y rechazo a partes iguales”. (BBC).

Juan Cruz, columnista de El País (España), refiriéndose al escritor, dijo: “Era un hombre de agreste muchas veces, reaccionaba con el sable, pero tenía en el fondo de un corazón acentuado por la soberbia literaria el alma de un niño que nunca le abandonó del todo. Se diría que su amplia biografía, a la que le dio todas las vueltas que pudo, jamás pudo tocar el techo que él buscaba, a veces por pudor, a veces por el compromiso que los hombres pretenden sellar con el tiempo”.

En una ocasión lo invitaron a participar en un programa de televisión para conversar sobre sus libros. Durante la entrevista, arremetió contra la presentadora (Mercedes Milán) y posteriormente se fue.

No podía ser de otra manera en un hombre que vivió su tiempo estudiando el pasado, interpretando el presente y pronosticando el futuro con “alas de libertad” y con un hilo transversal de humanismo (“La vida nos necesita para ser vivida y que la vida sin nosotros no es nada. Por eso deberíamos respetar el mundo plural que creamos y volver a él paso a paso”, escribió).

En su columna se encuentra poesía, irreverencia, humor y sarcasmo (rasgos que hacen difícil la traducción de sus obras): “España no es un desmán provinciano sino una realidad católica donde los amos suelen ser los polancos, o sea los que más y mejor trabajan. Es decir, un cachondeo de frutas y verduras, un almacén de coloniales”.

Creatividad, sensibilidad lingüística y originalidad son los faros que alumbran su estilo, asimismo, su calidad lírica y estética.

Parafraseando a Humberto Eco, Umbral era un hombre de bien: guardián del “deber ser”, ideales, y crítico de lo que “es”, realidad. Su arma: la pluma y su blanco: todos (El Gobierno, el Papa, Hollywood, etc.).

“El Gobierno ha caído en el error de siempre: subir el tabaco a primeros de año (…) Se puede subir la lencería fina, ahora que vuelve a hacerse el amor con la luz apagada, como manda el Papa Wojtyla”, escribió en una columna en 1994.

Su tiempo fue el tiempo de la Guerra Civil, de la dictadura del General Francisco Franco, de la transición a la democracia, del Estado democrático de derecho, y, finalmente, de la globalización. “¿De qué he posado yo en la vida? De quinqui, de dandi, de revolucionario, todo”, dijo una vez.

En 1986 fue candidato, junto a José Luis Sampedro, al sillón F de la Real Academia Española, apoyado por Camilo José Cela, Miguel Delibes y José María de Areilza, sin embargo, fue elegido Sampedro.

Además de escribir y publicar centenares de artículos, dio vida a más de ochenta libros. Su producción literaria fue su carta de presentación para ganar un sinnúmero de reconocimientos y premios, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1996) y el Premio Cervantes (2000).

Entre sus libros destacan Las Ninfas (1975), La Moche que Llegué al Café Gijón (1977), Trilogía de Madrid (1984), El Socialista Sentimental (1999), ¿Y Cómo Eran las Ligas de Madame Bovary? (2003) y Días Felices en Argüelles (2005).

Murió, dice José Andrés Rojo, con las botas puestas (mientras dictaba su última columna). Pero revivirá cada vez que se tenga contacto con sus líneas. Desapareció de este mundo pero aparecerá gloriosamente al ser leído.

“Quizá la literatura sea eso (…) Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. Toda lectura tiene, por lo menos, este doble fondo. Hay una superficie de prosa, de ideas, y debajo, como figura inmovilizada dentro del hielo, está el autor”, escribió en Mortal y Rosa.

Umbral, espíritu indómito, has dejado un tesoro literario en tus líneas. Al escribir te conociste a ti mismo y anunciaste nuevos tiempos.

La Prensa Literaria

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