El festival clásico y Sibelius

Se asoman los aires del Renacimiento cada vez que abre su ventana el Festival Internacional de Música Clásica. Se nos dio la oportunidad de tocar el pulso de la actualidad latinoamericana, dentro de la cual se insertó a nuestro Carlos Ramírez Alvarado, cuyo nombre llevó en justo homenaje el Festival y del espléndido Raúl Martínez […]

Se asoman los aires del Renacimiento cada vez que abre su ventana el Festival Internacional de Música Clásica. Se nos dio la oportunidad de tocar el pulso de la actualidad latinoamericana, dentro de la cual se insertó a nuestro Carlos Ramírez Alvarado, cuyo nombre llevó en justo homenaje el Festival y del espléndido Raúl Martínez Salas. Asimismo, desfilaron nombres retadores de siglos como el de Beethoven y Sibelius. Esta vez —y gracias al evento— hemos concomitado arrobados por la novedad y la genialidad innovadora, con autores e intérpretes de El Ecuador, Cuba, El Salvador, Panamá, Estados Unidos, Costa Rica, Alemania y por supuesto, Nicaragua. Pudo integrarse la Orquesta Sinfónica del Festival —nunca será tarde para situarlo en el énfasis— al director invitado Vollhardt, de Alemania, teniendo como solista al ecuatoriano Jorge Saadr, a quienes deben sumarse 38 ejecutantes, número suficiente para interpretar obras como la Quinta Sinfonía de Beethoven. Ofreció la uniformidad requerida desde aquel 1750 de definiciones en la formación y numeración instrumental en los cuales la madera y el metal hicieron grupos respectivos de dos siendo aquí dos efectivamente quienes siguieron ese proceso mínimo de evolución en la orquesta sinfónica, dos para las flautas (Raúl Martínez Salas y Raúl Valdez) y dos para los oboes (Ramón Rodríguez y Luis E. Castro). Hago la mención concreta para dejar constancia de la demostración de respeto hacia la estructuración orquestal en cada una de las específicas secciones. Sólo faltaron los tres trombones (hubo uno: Leonel González) y el contrafagot, introducidos por Beethoven especialmente para su célebre Quinta, también introducidos en la Novena.

Pero es en Juan Sibelius (8 de diciembre 1865 — 21 de septiembre 1957) donde debo hacer un alto en las generalidades aquí modestamente expuestas. La inclusión de su poema sinfónico Finlandia la sentí como un homenaje en la conmemoración que se hace en el Mundo de los 50 años que tiene de haberse separado de esta vida. Su música ha roto la barrera del olvido. Confirma la perdurabilidad.

Dueño de 7 sentidas sinfonías, autor del vals triste en concordancia con el carácter luctuoso que él siempre puso, predominando sobre un genio que debió ser alegre por su holgada posición, no puede dejar de advertir la sombría inclinación, saturada empero por una de las más bellas y gratas concepciones de la melodía. Melodista como Brahms. Fúnebre desde que hizo suya la escena de la muerte de Jarnefelt.

Desde que se oyen los primeros compases de Finlandia se da por entendido —poema patriótico además— que el cortejo va a los umbrales de la eternidad, siendo por ello comprensible su utilización en las ceremonias donde caben los responsos sonoros. Pieza llena de brillo espectacular por la privilegiada concesión que le hacen los metales, estremecida por ritmos saturados de persuasiva e incontenible energía. La idea principal recuerda el lied de Schumann de la suite Karelia.

La Prensa Literaria

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