- Narración del tercer lugar. Su autor, Mario Alberto Narváez Muñoz, nació en Managua, el 21 de septiembre de 1984. Es licenciado en Comunicación Social con Mención en Radio y Televisión en la Universidad Centroamericana (UCA)
Cuando la batalla terminó, el cuerpo de Benigno fue envuelto en una sábana blanca y llevado por sus compañeros al cuarto donde él durmió las últimas dos noches. Allí permanecieron durante dos días los cuerpos de todos los caídos en combate, hasta que cada uno fue regresado a su hogar.
Habían pasado once meses desde que Benigno vio a su esposa por última vez. La tarde que el joven se marchó de su hogar, Esmeralda soportó las ganas de llorar y se limitó a alistar la ropa que él llevaría en su mochila. Benigno se uniría al ejército Democrático que combatía a los Legitimistas, en una de las tantas guerras civiles que Nicaragua sufrió en esa época.
Al despedirse, no dijeron palabra alguna. Las manos de Benigno acariciaron el vientre donde descansaba su primer hijo, y luego envolvieron con fuerza la pequeña figura de su esposa. Finalmente, el joven alto y delgado recogió su mochila del suelo y emprendió su incierto viaje.
Desde entonces, cada noche Esmeralda se sentaba a esperarlo en una hamaca colgada en el patio de la casita de madera, donde la pareja convivía con los padres de la joven, a sólo tres calles del hogar de la familia de Benigno, en El Sauce, León.
La noche del 13 de septiembre de 1856, mientras ella trataba de distinguir algo en el horizonte apenas iluminado por la luz de la luna, su mente regresó siete años en el tiempo, cuando ambos recién cumplían los quince y se veían a escondidas bajo un árbol de guayaba, en uno de los caminos poco habitados del pueblo, para que nadie supiera de su noviazgo.
Al día siguiente, Esmeralda se levantó como de costumbre a las 4:30 de la mañana. Luego de darle de comer a los pollos y cerdos que tenían en el corral, empezó a lavar la ropa en el patio de la casa. Al terminar, escuchó llorar al pequeño Benigno, quien apenas tenía seis meses y medio de edad. Ella fue al cuarto a atender a su niño, y después de dormirlo salió a barrer la entrada de la vivienda.
Eran las 7:04 de la mañana, cuando don Gregorio, un viejo amigo de la familia, regresaba a su casa después de cortar leña. Al ver a Esmeralda, se acercó a ella y le dio la noticia sobre un acuerdo firmado hace dos días por los Democráticos y Legitimistas, en el que se unían para luchar contra los filibusteros estadounidenses.
Mientras escuchaba a don Gregorio, un miedo intenso invadió a Esmeralda, pues le preocupaba que Benigno estuviera en mayor peligro. Tras despedirse del señor, ella salió corriendo a su cuarto a buscar a su hijito, y al entrar vio colgado en el respaldar de la cama un rosario que Benigno le regaló una semana antes de marcharse.
Señor, por favor, no dejés que le pase algo malo a Benigno. Protegelo donde esté. Que regrese bien, empezó a susurrar Esmeralda con el rosario enredado entre sus dedos.
En ese momento, San Jacinto, lugar de reclutamiento de Benigno, era invadido por los filibusteros, quienes superaban en número y calidad de armamento al Ejército Nacional.
Benigno se cubría detrás de una improvisada barricada hecha con sacos de arena, y mientras disparaba su arma, vio cuando su mejor amigo, Juan, hijo de don Gregorio, caía asesinado por las balas del enemigo. Inmediatamente, un filibustero que estaba escondido detrás de un árbol de chilamate, a unos 30 metros de la barricada, haló el gatillo y Benigno cayó de espalda con la frente ensangrentada.
Fue en ese instante que el rosario resbaló de las manos de Esmeralda. Al verlo en el suelo, con asombro en su rostro, sus lágrimas empezaron a brotar. Ella tenía un amargo presentimiento.
Al anochecer, el cielo nublado impidió que la luna iluminara El Sauce. No se distinguía nada en la oscuridad. Pero en el patio de la casita de madera había una muchacha sentada en la hamaca, esperando a su esposo, orando por él, recordando un fuerte abrazo y el roce de unas manos que nunca volvería a sentir.