- Presenta una muestra retrospectiva de 35 años de pintar en el Banco Central de Nicaragua, el próximo jueves 4 de octubre, a las 6:00 p.m.
He repasado en la pantalla los cuadros de Ilse Manzanares a los que diversas veces me he acercado en las exposiciones, no pocas veces en soledad para librarme de los tumultos de las aperturas. La pantalla plena tiene también esa aura de aislamiento que el ojo necesita para desnudar la pintura.
Y como se trata de una retrospectiva la colección que tengo a la vista, puedo apreciar la evolución de la mano de la artista desde sus primeros cuadros de los años sesenta del siglo XX a la fecha. Sus primeros abstractos de juventud, y eso sorprende, no son de ninguna manera primerizos, ni una obra de aficionado. Muestran ya el dominio de quien se prepara para un largo camino en el que esperan cambios y evoluciones sustanciales, y se ha librado desde entonces de cualquier distracción o mal consejo que le impida ir adonde quiere ir.
Y esos cambios sustanciales, y de sustancia, habrán de sobrevenir cuando los planos armónicos del abstracto quedan atrás, y nos hallamos a la vista de la madurez de la mano que ha decidido tratar a fondo la sustancia de lo concreto. Y si un emparentamiento encontramos entre ambas etapas, es el uso sabio del color que aposenta siempre las armonías y no deja nunca que los planos entren en estridencias innecesarias.
El universo material de Ilse se nos viene a ofrecer entonces a los ojos en sus dos calidades esenciales, volumen y vacío, aire y solidez. Y lo sólido asume diferentes formas que en tanto son armónicas, porque unos objetos se corresponden a otros, nos aseguran la idea de la perfección. Esa perfección que tiene que ver con la materia inerte que queremos tocar, acercarla al entendimiento y al sentimiento con la yema de los dedos. Regalarnos con el tacto de la continuidad lisa y la tersura de las superficies cuando vemos, es una manera de la sensualidad.
Es lo que nos fascinó desde siempre al abrir la caja de piezas de muestra en la clase de geometría, la madera torneada, aserrada, pulida. Esferas, cubos, conos, conos truncos, cilindros, trapecios, pirámides. Puertas abiertas a la materia y a la conciencia de la materia, que entonces se vuelve tacto y entendimiento. Todo lo que puesto junto no debe dejar de calzar ni desentonar.
En esas formas con sustancia reside el todo visible que Ilse nos representa en sus cuadros. Volúmenes para la arquitectura, piezas que se corresponden unas a otras, y que responden a la vez a la idea que tenemos de lo estético, porque la belleza precisa de continuidad y armonía. Es el mismo equilibrio que sustenta las bielas del universo, sus ruedas dentadas y cojinetes.
La fealdad es el desarreglo permanente de los elementos visibles que componen el mundo real. Desarreglo, pero no desorden, porque entonces negaríamos toda virtud al caos. Ni tampoco interrupción, ni tampoco ruptura, ni rotura, que son las maneras estéticas que tiene Ilse de desafiar la perfección de la máquina del universo, el orden eterno de las cosas que viene siempre de lo plural.
En estos cuadros donde figuran sólo objetos como naturalezas muertas podemos apreciar el instante congelado en que la materia en reposo, dueña de su propia armonía, ha sido ya sometida a la alteración. Estamos frente a un universo interrumpido, roto. Una naturaleza muerta revivida por la mano que la desgarra.
Un pintor que se propone el desafío de la interrupción, que es por eso mismo irrupción, y que se propone la rotura, que es ruptura, debe demostrar que el mundo de objetos que se propone agredir es palpable, fiel al tacto. Que es un mundo que tiene sustancia, peso y volumen. Es lo que logra Ilse. Trata esos objetos como lo que son, materia que requiere de violencia para ser modificada. Guantes y escafandra de soldador. Tijeras para cortar láminas.
Lo que fue sellado con fuego necesita del soplete. Láminas y latas que al abrir y desgarrar necesitan de sierras circulares, sierras de mano, alicates, tenazas, limas y punzones. Es lo que la superficie del cuadro debe dejarnos figurar, que los objetos representados han sido sometidos a un trabajo de fuerza y de esfuerzo.
La visión subjetiva, que es la visión estética que el artista se propone al irrumpir en el mundo real armónico, sólo sobrevendrá como consecuencia del uso de esos instrumentos. Y sus estragos deben ser reflejados en el color y la textura, en el acabado fiel, para que entonces lo grosero traiga como consecuencia la delicadeza. Del devorador salió comida y del fuerte salió dulzura, según el acertijo de Salomón a los comensales de su boda, que consta en el libro de los Jueces. El panal en las fauces del león cuando el león es ya sólo osamenta, objeto, naturaleza muerta.
Sólo bajo la violencia deliberada el metal en jirones parecerá una flor azotada por el viento, la textura del metal abierto en tiras parecerá de papel. Es el trabajo virtuoso de una artesana triunfante que ha trasladado con sus manos el mundo de su cabeza al mundo real. Y nada de lo que busca perfección como fruto de la mano deja de suponer un dilatado y paciente trabajo, porque se trata de someter superficies y volúmenes concretos.
Porque el cuadro así concebido y ejecutado no es parte del mundo figurado, sino del mundo real. Un mundo armónico que se deja violar para volver a ser armónico, que pasa de una propuesta estética a otra en cuyo tránsito media la mano febril que trabaja. El fruto de esa mano febril será lo que siempre puede tocarse.
Pienso entonces en Ilse como una pintora que al doblegar la materia y crear volúmenes, y figurar su continuidad y su desguace, lo hace en la doble dimensión del cuadro como lo haría un escultor. Sólo que ella crea la imagen de la materia, y es lo que ofrece en la tela. Materia pura, materia interrumpida. Reposo interrumpido.
Masatepe, marzo 2006.