Vieja Managua.

Managua en el tiempo

La Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, reúne interesantes artículos históricos sobre la capital y sus gentes Managua en el tiempo, se intitula el tomo LXV de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (agosto 2007), edición acerca de Managua en los 155 años de haber sido […]

  • La Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, reúne interesantes artículos históricos sobre la capital y sus gentes

Managua en el tiempo, se intitula el tomo LXV de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (agosto 2007), edición acerca de Managua en los 155 años de haber sido elevada capital de Nicaragua, que también ha sido auspiciada por la Alcaldía de Managua. En 288 páginas se contienen importantes e históricos documentos de la vieja Managua, distribuidos en doce secciones. Incluye 6 dibujos y 46 fotografías, más una extensa bibliografía.

Entre los textos de particular significado se encuentran Managua, Hermana de Pompeya, de Pablo Antonio Cuadra; Análisis Sociosemiótico de Direcciones Managüenses, de Kart Ille; Un Ensayo de Juicio Final, de Horacio Ruiz; El Recuerdo de Managua en la Memoria de un Poblano, de Roberto Sánchez Ramírez; Recuerdos de la Vieja Managua, de Carlos Mántica Abaunza; Interpretaciones de las Fiestas de Santo Domingo, de Jorge Eduardo Arellano; El Lago de Managua, de Jaime Incer; entre otros. Se trata de una atinada selección de textos históricos, sociológicos y culturales que en su conjunto nos brindan una panorámica integral y multidisciplinaria de nuestra ciudad capital, tan flagelada por las fuerzas de la naturaleza como por la intervención humana inconsciente.

La labor de selección y estructuración del libro-revista estuvo a cargo del Dr. Jorge Eduardo Arellano, de quien ya conocemos su adicción por la Historia y sus compulsivos estudios e investigaciones. Sin duda, constituye un valioso aporte para la memoria histórica de los nicaragüenses y, particularmente, de los managuas.

Algunas personas con quienes trato o me unen lazos de amistad desde hace años, sabiendo de mi afición por la Historia, en distintos momentos me han dicho, enfáticas, que escudriñar el pasado no es más que una patología que pronto matará a los viejos empecinados en querer vivir de sus nostalgias, del tiempo que fue y ya no volverá. Es más, una de estas personas cuando me vio con el libro-revista que comento y leyó su índice, tuvo la osadía de reafirmarme lo que tantas veces antes había dicho: “Managua es ésta —refiriéndose a la actual ciudad—, no la de los años calzón chingo”. Y nos trenzamos en una discusión que bien vale condensar.

¿Buscamos verdades? Sabemos que muchas han quedado en el olvido, enterradas por el acelerado transcurrir del tiempo humano o por el efecto de los fenómenos naturales. Entonces, ¿es correcto hurgar las entrañas de la Tierra y de la memoria humana para determinar qué nos ha determinado en el tiempo? En las profundidades está el origen de nuestras verdades. En las superficies grabamos huellas —quizá heridas— que se solidifican y se hunden con su testimonio y sentencia. Ahí hay una incuestionable verdad de pasado, una historia cuyos remanentes y vibraciones viajan junto al bregar humano, influyendo en nuestra constitución psicológica, social y cultural.

Es cierto, lo actual es ahora. Esta Managua disparatada y congestionada, una vez fue aldea de pescadores y tuvo tan vital y virtuoso al Xolotlán. Pero es que el Ahora jamás puede construirse sin el Antes y el Después, de ahí que sus valores estén determinado por la orientación de las acciones de sus pobladores.

El ancestro que recorrió distancias y se asentó a orillas del lago, construyó un espacio y sembró su memoria a través del tiempo, aunque violentado y masacrado por los conquistadores, se transfirió y trasmutó en generaciones expandidas hasta nuestros días y más allá, amalgamando valores y símbolos, sentimientos, temores y tentativas, creando su imaginario, en definitiva, una forma de vida en cada una de sus épocas, las que para bien o para mal van heredando.

Y nos hemos extendido con una memoria subyacente, con ese ser inconsciente quizá determinado por las erupciones volcánicas e inundaciones —Acahualinca y sus huellas—, las pestes, la resistencia frente a los conquistadores, la arquitectura implantada, quizá también por aluviones como el del 4 de octubre de 1876, los sismos y sus efectos trágicos. Se ubica entonces a una ciudad flagelada de diversas formas, quizá castrada en su proceso de formación, donde la probabilidad de morir por terremoto es tres veces y media más alta que el resto del país, recordemos que 11,500 personas murieron en los terremotos de 1931 y 1972. Pero también el fenómeno humano con sus guerras y crímenes de Estado.

La Managua de ahora como la de antes está rodeada de lagunas volcánicas, montada sobre fallas tectónicas, sólo que más recientemente, cruzada por cauces que drenan escorrentías de una cuenca cada vez más deforestada.

Ahí está la historia, entonces, con sus bondades y perversidades, aunque nosotros siempre soberbios, sordos ante las voces enterradas, contaminadores y depredadores, mientras nuestro valioso patrimonio natural se arruina. Yo siento ese llamado profundo en la revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. Ojalá en alguna época los managuas reciten el verso de José Román en su Preludio a Managua en B Flat, que dice: “Lagunas que sueñan como viejos poetas/ y un lago que ríe, que canta, que tiembla”. O tal vez, que Managua vuelva a ser la novia del Xolotlán, como cantara Tino López Guerra, y el lago vuelva a ser una estampa de leyenda que “cuando asoma la luna entre las aguas, tranquila parece/ una inmensa lágrima de plata a todo fulgor”, como también cantara Erwin Krüger. Pero claro, ojalá también podamos cumplir la gran utopía de ver a Managua libre de marginalidad y pobreza, de consumismo atroz y desconcierto, urbana y ecológicamente amiglable, sin afán delincuencial ni suicida, aunque cada diciembre se nos vengan vientos de recuerdos funestos.

La persona que motivó este comentario, al final me dijo que la historia había ganado su voto. Espero así sea.

La Prensa Literaria

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