“En algunas familias de América Latina persiste aún por desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del cristiano que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre”.
(Benedicto XVI)
A una joven, cuyo marido la maltrató verbal y físicamente por varios años, le preguntamos en cierta ocasión: “Pero, ¿cómo permitiste semejante trato de ese hombre?”. Y nos respondió: “Es que yo pensaba que así era el matrimonio”.
La violencia intrafamiliar se viene imponiendo en nuestro medio en proporciones alarmantes. Maltratos verbales y físicos, estupros y otros tipos de violaciones sexuales, forman parte del calvario que padecen los miembros más débiles y vulnerables, como son las niñas, niños, mujeres, ancianos y enfermos en miles de hogares por parte del cabeza de familia, quien tiene la misión de amar y proteger a los suyos. Este fenómeno sociocultural se deriva en parte de la mentalidad machista, que por siglos ha privado en América Latina.
Urge una “evangelización de la cultura”, un cambio profundo de mentalidad no sólo de parte de los hombres sino y principalmente de las mismas mujeres, que deben comenzar por recuperar ante sus propios ojos la imagen de su propio valor y dignidad como seres humanos. Porque el machismo es un problema social que debe inscribirse dentro del marco de los derechos humanos; no cabe duda.
Causa profundo dolor, además de indignación, ver a niñas lavando la ropa de sus hermanos, a veces bastante mayores que ellas, cocinando o limpiando, siempre afanadas, asumiendo responsabilidades que no corresponden a su temprana edad en el hogar, mientras ellos se distraen jugando pelota o viendo televisión. ¿Cuál es la razón de semejante injusticia? La cultura o el modo de pensar de la sociedad. Introducir los valores del evangelio en medio de esa realidad equivale a “evangelizar la cultura”.
La clave de la solución está en que los jefes de familia se decidan a toda costa a vivir en el hogar el “amaos los unos a los otros…”, ejemplo que deben preocuparse en brindar e inculcar a hijos e hijas. Sólo así se irá descubriendo “la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre”.
La niña que hoy es tratada en relación con sus hermanos varones como un ser de segunda categoría, se expone a ser la mujer maltratada y humillada por el esposo o compañero de vida el día de mañana. Y el varón que desde niño es enseñado a tratar a su pequeña hermana como una simple esclava, sin la consideración y el respeto que ésta se merece como una persona humana, como toda una hija de Dios, ese niño o adolescente de hoy, será probablemente el hombre que más tarde se atreverá a golpear a su mujer y hacer sufrir a sus hijos. Pues el machismo es padre de la violencia intrafamiliar, ¡un germen de la cultura de la muerte!, y el origen de cierto feminismo mal entendido que pretende sustituir los abusos del hombre por los abusos de la mujer. Muchas “amas de casa” se enorgullecen de ser ellas las que apalean a su respectivo marido y de asumir en su vida, no sólo las funciones de este sino también sus vicios y trasnochadas. Pero la clave radica en que cada quien conserve la conciencia de la propia y mutua dignidad. En aprender a amar para saber respetar, para no ser tan injustos, tan desequilibrados… En el hogar, como en la nación, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.