Dios o el dinero

Sacerdote católico La parábola de este domingo nos habla de un administrador que va a ser despedido de su puesto, pues el amo se da cuenta que es un incompetente. Va a echarlo por abusivo. En ese tiempo los administradores —como puede suceder hoy— trabajaban a comisión. El astuto administrador, usurero de primera categoría, lo […]

Sacerdote católico

La parábola de este domingo nos habla de un administrador que va a ser despedido de su puesto, pues el amo se da cuenta que es un incompetente. Va a echarlo por abusivo. En ese tiempo los administradores —como puede suceder hoy— trabajaban a comisión.

El astuto administrador, usurero de primera categoría, lo que hace, con las rebajas que realiza a los deudores de su patrón es renunciar a los excesivos intereses que colectaba por su labor. Y ejecuta esto, pues sabe que va a serle de utilidad, cuando caiga en desgracia.

Nos equivocamos al creer que Jesús quiere presentar la felicitación a la astucia del avaro y ponerlo como ejemplo. Nada de eso. Lo que ensalza del codicioso es que renuncia al dios dinero, que se le había vuelto su ídolo (dinero injusto) por algo que sí vale la pena, que es el tener sentimientos de humanidad.

¿Pero, hay algún dinero que sea justo? El único dinero justo es el que se emplea para auxiliar al necesitado, promoverlo, restituirle su decoro. El resto no. ¿Cuántas cosas horribles se cometen por la avidez de las riquezas y por su brillo engañoso? Se piensa que la salud, la seguridad, dependen del poseer, cuando en realidad todo proviene de la bendición de Dios. Donde no hay bendición es en la sola consecución de dinero. No está más protegido quien tiene millones en el banco que aquel que cada semana acaba como puede. Del pobre, empobrecido, cuida Dios. Pues hay otras pobrezas que dependen del pecado. Unos que gastan más de lo que pueden siendo imprudentes, o por pereza. Esto también hay que buscar cómo sanar de raíz.

Jesús señala categóricamente: “Ningún siervo puede servir a dos señores, porque necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero (cfr. Lucas 16, 1-13).

La ambición descomunal de dinero hace al hombre un desalmado y esclavo de su egoísmo. Se olvida de los demás velozmente y esa mezquindad conduce al hundimiento. Es la barrera que nos separa (ricos y pobres, opresores y oprimidos, pocos que dilapidan los recursos y millones que carecen de lo indispensable).

En la Sagrada Escritura encontramos que el ideal de Dios es una sociedad igualitaria. El Señor nos ha regalado talentos que debemos trabajar y hacerlos producir, para servicio de todos. No somos dueños ni siquiera de nuestra propia vida. Solamente administradores.

Ese es el dilema: o servimos a Dios, con lo que significa (responsabilidad, fraternidad, solidaridad, justicia, trabajo, libertad) o adoramos al dios dinero con lo que representa (marginación, hambre, guerras, muertes, injusticias, despojo, opresiones, desigualdades abismales).

El profeta Amós es conocido por su denuncia contra los ambiciosos y lo que les espera: “A ustedes me dirijo, explotadores del pobre… ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por algún dinero… pero no, el Señor jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que ustedes hacen” (Amós 8, 4.6.7.)

Convocados estamos a vivir esta radicalidad del Evangelio. Dios o el dinero. Esta frase nos haga reflexionar: “No hay predicador tan persuasivo como fray Ejemplo”.

Religión y Fe

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