La cafetería, antes repleta, comenzó a ralearse poco a poco, unos cuantos espacios quedaron ocupados, el bullicio, el ir y venir de las meseras se apaciguó, el silencio relativo, casi total, se impuso. Quedaron cinco clientes, tres casi juntos en una mesa y dos de ellos sentados en mesas individuales al otro extremo del local, entre ambos, una mediana distancia que hizo imposible divisarse mutuamente con anterioridad ante el tumulto de personas, el murmullo de las pláticas y los chillidos de cubiertos, escudillas y tazas sorbiéndose, ruido de sillas arrastrándose y agitados movimientos por el despachar a los inquietos comensales. Quienes quedaron, podrían verse y hasta escucharse en el silencio de sus meditaciones y soledades, distraídos ahora en ellos mismos.
Aquellos dos, creyeron identificarse en la distancia, uno cerró el libro que estaba leyendo, el otro cruzó la hoja de la libreta en la cual hacia anotaciones. Ambos se pusieron de pie, indecisos, se acercaron, sonrieron, apresuraron el paso, se reconocieron, extendieron sus brazos y los cruzaron efusivamente, en un entusiasmo franco y desinhibido de quien recuerda al amigo después de rebuscar en la memoria confusa su recuerdo. Un encuentro casual después de casi dos décadas de haber concluido la universidad en donde compartieron aulas, amistades, rebeldías y desvaríos. El tiempo ha pasado, aunque los rostros conservaban los viejos rasgos que permitieron reconocerse. Se vieron a los ojos, se palmearon los hombros, rieron, decidieron compartir la misma mesa y tomaron asiento. Intercambiaron tarjetas, números telefónicos y otras referencias rutinarias. Por un momento pareció olvidaron las inquietudes que minutos antes absorbieron separadamente su atención. ¿Qué haces ahora amigo, qué hay de tu vida? ¡Cuánto tiempo! Ejerzo la profesión litigando en asuntos penales, respondió, ¿y vos? Igual, me defiendo, no me quejo, a pesar de la crisis, tengo clientes y realizo asesoría en ciertas empresa; tal como yo, creo tenemos éxito en nuestra profesión.
Por un instante guardaron silencio. El primero en romperlo, contó algo más. Precisamente, antes de verte reflexionaba sobre mis últimas ocupaciones, acerca de la sentencia que dictó ayer el judicial, sobre ello anotaba en esta libreta, mi confidente. Mala práctica amigo, tener un confidente que además recoge por escrito las confesiones. Bueno, para mí, es una rendija para el desahogo; como te decía, ayer obtuve una sentencia favorable para mi cliente, quien acusó, a través de mis servicios legales, a un hombre. Era para mí un desconocido, después supe que el acusado vivía con su madre y dos sobrinos menores a quienes mantenía, era un joven trabajador, estudiante universitario, de extracción humilde. Fue condenado a cinco años de prisión por el delito de estafa. El amigo preguntó: ¿pero era culpable? Bueno, si lo que quieres saber es que si mi cliente fue realmente estafado por ese hombre, tendría que reconocerte que no, las circunstancias son las que lo han condenado; si lo que quieres saber es si era culpable del delito de estafa, la sentencia así lo ha confirmado. Hay en esto una contradicción que me ha embargado entre el éxito por mi gestión y la duda por la justicia.
Hermano, le dijo el otro, ¡qué pequeño es el mundo!, todos, a fin de cuenta, nos enredamos en las mismas dudas. Casualmente, yo también pensaba en la sentencia que al medio día de hoy me fue notificada a favor de mi cliente. Fue absuelto, afortunadamente, del delito de asesinato por el cual era inculpado, mi cliente es un personaje honorable, un empresario de buenas influencias y generosos honorarios. Entonces el amigo, pregunta: ¿pero era culpable?, interesante cómo me devuelves la misma pregunta, colega; si lo que quieres saber es si mi cliente fue declarado inocente, tal y como la sentencia lo confirma, indudablemente lo es; ahora, si la cuestión busca saber si él fue quien causó la muerte de la víctima, tengo que confesarte, tal y como me lo dijo en la privacidad de nuestro ejercicio profesional y las circunstancias podrían aseverarlo, sí, mi cliente, un hombre casado, administrador de empresas, de generales conocidas y de este domicilio, mató a aquella mujer, fue por celos, hubo premeditación, compartían encuentros ocasionales, dos niños menores quedaron huérfanos. Como en tu caso, según me has contado, el hecho de señalarlo como inocente es un asunto judicial, dicha autoridad, de conformidad con la ley, ha decretado la absolución definitiva, por lo tanto mi cliente es inocente.
Ambos dejaron de hablar, pidieron otra tasa de café, se escuchaban en silencio sus propios pensamientos. Se vieron a los ojos, uno de ellos dijo, es una mierda esto del derecho, el otro replicó, el derecho es lo que es, ¿quién dice que tiene algo que ver con la justicia? El uno repudió al otro sin decírselo; mutuamente, dudaron si aquel era el mismo compañero estudiante de los tiempos idos, vieron en el otro lo que no querían aceptar de sí mismos. Rechazándolo, se autoperdonaron.
Se abstuvieron de contar los vericuetos enmarañados sorteados para lograr el éxito de su caso. Vieron simultáneamente el reloj, se levantaron, dejaron el efectivo de la cuenta sobre la mesa, era tarde, la cafetería estaba por cerrar, mientras se daban la mano para despedirse, uno afirmó con certeza: somos actores en un teatro cuyo escenario no se limita al espacio que descubre el telón. A propósito, pregunto el otro, ¿Qué lees? Una novela, no importa el título, puedo asegurarte que tiene menos ficción que los códigos.
Cuando iban saliendo, uno de los teléfonos celulares timbró. Aló, sí, aló, ¿quien habla? Al otro lado una voz: doctor, pasó lo previsto , el estafador parece ha tomado la fatal decisión que presumimos ¿cómo?, no le escucho, hable mas fuerte Aló ¿sí?