- Una breve semblanza de Luciano Pavarotti, tenor dotado de una voz fenomenal, con agudos electrizantes y de gran amplitud, sólo comparable con la popularidad de Caruso
El reciente fallecimiento de Luciano Pavarotti (1935-2007), ha causado una gran conmoción en el mundo de la ópera y del espectáculo, ya que, con la sola excepción de su compatriota Enrico Caruso (1873-1921), ningún otro tenor ha llegado a alcanzar la popularidad de Pavarotti, que como Caruso, no poseía dotes actoriles ni el físico adecuado para los papeles románticos.
Sin embargo, dotado Pavarotti de una voz fenomenal, con agudos electrizantes y de gran amplitud, su voz, de notable potencia y gran brillantez, su fraseo, su dicción, su afinación impecable, su vibrato parejo en toda su emisión, su energía vocal, la belleza y homogeneidad de su timbre en toda su extensión y su gran carisma, lo hacen un tenor irreemplazable, no sólo por la generación actual de tenores, sino, sabrá Dios, por cuanto tiempo en el futuro. En efecto, no existe ningún tenor activo, entre los tenores jóvenes que pueda igualarlo. Cuando realizó sus primeras grabaciones, únicamente fue comparado con el legendario tenor francés Leonce Escalais (1859-1940), quien pudo realizar grabaciones de su voz en medios primitivos, al inicio del siglo XX. Escalais, un tenor de los denominados tenores heroicos y dotado de una voz descomunal, a diferencia de Pavarotti, que fue un tenor lírico que contaba con un potencial vocal para llegar a convertirse en un tenor heroico, como lo había vaticinado el crítico musical John B. Steane en 1974, jamás perdió su condición de un verdadero tenor lírico, ya que su voz, si bien con el tiempo adquirió un mayor volumen y un timbre un tanto más oscuro; sus intentos de pasar a los papeles más pesados del repertorio italiano, sobre todo el de Otello de Verdi, como lo demuestra su grabación completa de esta ópera, fueron desafortunados. Como muchos otros grandes cantantes de ópera que le precedieron, entre ellos el bajo italiano Ezio Pinza (1892-1957) y el tenor, también italiano, Giuseppe di Stefano (1921-), Pavarotti confesó que no llegó a dominar el solfeo y por tanto se valía de su extraordinaria memoria para suplir esta deficiencia musical. Desde sus inicios, Pavarotti causó una gran impresión por su potencia vocal, por la belleza y brillantez de su voz, por su aliento para emitir frases interminables y, sobre todo, por sus espectaculares agudos, que hasta le valieron el título, que escasos tenores han logrado, de Rey del Do de Pecho. Ciertamente, ningún otro tenor anterior había intentado revivir óperas como La Hija del Regimiento, de Donizetti, que en una de sus arias Pavarotti emite nada menos que nueve do agudos (popularmente do de pecho) o, como en Guillermo Tell, de Rossini, emitir seis do agudos a plena voz en uno de sus pasajes. Su versión discográfica de la famosa aria Di quella Pira de El Trovador, de Verdi, nos ha dejado un do agudo de entre los más brillantes y el más prolongado de todos, porque Pavarotti se entregaba al público sin dosificar sus medios vocales, que por lo general no lo hacen los tenores para preservar más tiempo su voz o, en la mayoría de los casos, porque sus voces adolecen de limitaciones que no les permiten explayar los agudos que emocionan a tirios y troyanos, ni cantar con amplio fraseo. Pavarotti, como otros grandes tenores que en la historia le precedieron por ejemplo, los españoles legendarios Julián Gayarre (1844-1890) y Miguel Fleta (1897-1938), y modernamente el danés Lauritz Melchior (1890-1973) y los italianos Beniamino Gigli (1890-1957), Mario del Mónaco (1914-1982), Franco Corelli (1923-2003) y Carlo Bergonzi (1924-) también antepuso a la conveniencia de preservar su voz, la entrega de todas sus capacidades a su público y, desde luego, con el resultado del deterioro prematuro de su voz. Es común que tenores que no cuentan con las cualidades vocales de un Pavarotti o de un Corelli, que critiquen a éstos de exhibicionistas, cuando en el fondo es que sienten celos porque, no poseyendo voces tan fenomenales, encubren, disimulan o justifican de esa forma sus limitaciones. Pavarotti fue comedido en la elección de sus papales. Así, esperó que su voz madurase hasta los cuarenta años, para acometer papeles más pesados; así, el Manrico en El Trovador, a los cuarenta años; el de Calaf en Turandot, de Puccini, a los cuarenta y uno; el de Cavaradossi en Tosca de Puccini, a los cuarenta y tres; y el de Enzo en La Gioconda, de Ponchielli, a los cuarenta y cuatro. Su intento con Otello fue un lamentable error porque su voz no tenía el timbre ni la redondez vocal requerida que escasamente han tenido tenores como el chileno Ramón Vinay (1912-1996), el estadounidense James McCracken (1926-988), el canadiense Jon Vickers (1926-), el español Plácido Domingo (1941-) o el ya citado Mario del Mónaco, para imponerse sobre una masa orquestal demasiado densa para su voz lírica. Giuseppe di Stefano, admirado por Domingo, Carreras y Pavarotti, siendo inicialmente un tenor lírico de gran extensión vocal y de inigualable belleza tímbrica, forzó muy temprano sus medios vocales al asumir papeles muy pesados, y a sus cuarenta y ocho años, con su voz ya deteriorada, se atrevió a cantar el Otello, con el consecuente fracaso que era de esperarse. Carreras, el popular tenor que siguió el mal ejemplo de di Stefano, su modelo, también consiguió arruinar su voz al encarnar papeles demasiado dramáticos para su voz. Pavarotti nos ha legado una copiosa discografía, grabaciones en vivo y filmes de varias de sus presentaciones en el teatro, que nos permiten disfrutar de una voz irreemplazable, sino en siglos, quizás en muchos años.
* El autor escribe comentarios para la revista internacional Web La Ópera.