(LA PRENSA/CORTESÍA)

La novela de Arquímedes González

Maité ni siquiera es bonita, y allí comienza su seducción como personaje. Maité está casada pero no ha conocido el amor. Maité, que tiene en su padre energúmeno a un verdadero enemigo, y en su madre dócil una cómplice indolente de sus infortunios, ansía una vida y un mundo diferente, quiere alas para volar, y […]

Maité ni siquiera es bonita, y allí comienza su seducción como personaje. Maité está casada pero no ha conocido el amor. Maité, que tiene en su padre energúmeno a un verdadero enemigo, y en su madre dócil una cómplice indolente de sus infortunios, ansía una vida y un mundo diferente, quiere alas para volar, y abre las puertas a la tragedia, como quien abre la caja de Pandora.

Esta novela de Arquímedes González, ya bien probado en la primera que escribió, La Muerte de Acuario, nos muestra habilidades nuevas; la primera de ellas, organizar una trama con elementos de la vida diaria de unas personas de las que, en su acontecer ordinario, parece que no podemos esperar nada. Pero de la rutina de la oficina y de la rutina de la vida conyugal, aún de la rutina del pasado, es de donde brota la chispa que incendia las páginas de la novela.

La rutina del pasado de Maité, porque su escenario, el del país, el que recuerdan sus padres, es caótico y contradictorio, y la historia entra en escena con colores violentos y tonos ambivalentes. Son dos cauces que van a dar a la misma corriente estremecida por la desgracia, las aguas de la vida privada y las aguas de la vida pública que mezclan sus colores turbulentos, y cuando se aplacan, sólo quedan las desilusiones, y la soledad. Qué sola estás, Maité.

La Prensa Literaria

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