Metimos la cabeza en el rico despliegue de las cuerdas, logrando beneficiarnos espiritualmente de toda la familia: del contrabajo a los violines. Aquel es el mayor de los instrumentos de la identidad de la cuerda y del arco, el más alto y respetable en volumen, también el de afinación más grave. Venerable acompañante de las composiciones musicales. Su participación en el área melódica viene siendo restringida, ocasional. Sin embargo, desde la voluta hasta la pica de metal, ese mundo de sonoridades limitadas, ofrece sorpresas. Esas se producen cuando se escucha el concierto para contrabajo de Giovanni Bottecini concebido en tres movimientos: allegro moderato, andante y finale (allegro).
Se convida a la imaginación a posar en la fiesta cadenciosa de las apoyaturas, acentuación de notas específicas sin que el solista del contrabajo, el ejecutante haya incurrido en algún retardo armónico. Oyéndolo, no viéndolo, Gottried Engels hace pocos esfuerzos para hacerse notar en la acción de los armónicos artificiales. El bajo por tenerlo es un difícil y también complicado acompañante en las giras de limitada extroversión cuya característica empero emite un sonido tierno y profundo, maduro como el acelerado encanecimiento. Tez blanca y sabia la suya, no tupido de altos y encendidos colores cuando de él saca el solista todo lo que tiene hasta expulgarlo todo y llegar a la conclusión de haber agotado todo lo que tiene en su indómita gravedad principalmente cuando quiere relacionarlo con la melodía.
Presentíase al virtuoso solazándose sobre los hombros caídos del imponente y bien realizado instrumento cuyo brillo de madera de piña no ha sido oscurecido desde que lo hizo el artesano italiano Guiseppe Baldán Toni en 1847.
Era más probable componer un concierto para contrabajo en esos tiempos por no permitir la inclinación de acentuar la gravedad a su resuello, una octava más debajo de lo escrito, como se estila ahora cuando básicamente, resignadamente si tuviera carácter, desempeña el rol de acompañante. Pero ahí tiene a su hermano siamés el cello, rescatándolo de la responsabilidad de hacer más explícito el tema melódico. Cuando saltan las primicias del contraste qué más apropiado valerse de sus cuerdas para resaltar el sonido de los violines y es cuando el compositor los pone para amortiguar las expectativas de esperar algo más de su registro. Pero sólo pareciera indefenso no siéndolo cuando el excéntrico Bottecini le concede categoría de concertino.
El objetivo es ejercitar el efecto dramático. Su trémolo en esa línea cautiva vista y oído. Vista, por estar ante el anchuroso instrumento. Oído, por atender los recursos dentro de su parquedad. Corpulento el contrabajo, de pié con su cuello corto y sus prolongados costados, sin embargo enjuto para llenarlo a uno del surtido sonoro.
Merece sentimiento y respeto la creación de Bottecini a pesar de los requisitos para obtener un resultado ejemplarmente satisfactorio. Entrega su conocimiento multicultural desprovisto de exigencias en plan de ser a veces el silencio, su asesor. Respetuoso de la concepción original, con poca severidad y notoria naturalidad en la batalla sutil de buscar y encontrar los milagrosos hallazgos de la armonía.