El Diccionario del Español de Nicaragua (DEN), obra magna concebida y ejecutada por nuestro Secretario Francisco Arellano Oviedo, es el segundo que se elabora en la Academia Nicaragüense de la Lengua. Dado a luz en marzo de este año, fue distribuido por su autor en Medellín durante el Décimo Tercer Congreso de la Asociación de Academias, que lo financió con una asignación especial y a través de filólogas jóvenes graduadas en España y, desde hace algunos años, becarias de nuestra corporación. Se trata, pues, de un trabajo institucional; pero, al mismo tiempo, de una labor tenaz y rigurosamente organizada por su autor.
Razones de parentalia consanguínea me impiden presentar debidamente el DEN que supera al DUEN (Diccionario de Uso del Español Nicaragüense), su único antecedente científico de 2002 que adoptó, en líneas generales, la planta (macroestructura y microestructura) del DAA (Diccionario Académico de Americanismos) que la RAE o Real Academia Española siglo de siglas llamó al XX Dámaso Alonso prepara con nuestra Asociación desde 1996.
Al respecto, Arellano Oviedo permaneció como Miembro rotativo de la Comisión Permanente de la última, entre el 10 de abril y el 28 de junio, consagrado en la colaboración con tres colegas un filipino, un paraguayo y una argentina de ese gran proyecto, representando a nuestra Academia. Sin duda, el DEN le sirvió de aporte y de herramienta básica al mismo, con lo cual despertó merecida admiración en las testas sabias de los lingüistas peninsulares.
Desde los años noventa, estos abandonaron su paternalismo y comprendieron que nuestra lengua debe ser considerada una superestructura, un archisistema al que están subordinadas sin ninguna preferencia jerárquica variantes nacionales autónomas, pero no independientes, en veinte países del continente americano, es decir, subsistemas diferenciados que poseen, sin embargo, tantos elementos comunes que la comunicación es posible entre todos los hispanoparlantes. Una contundente realidad se imponía: que sólo el diez por ciento de quienes hablan español en el mundo se ubican en España (México, como es sabido, es el país donde más se habla español: casi 100 millones).
A su vez, tales subsistemas presentan peculiaridades regionales y locales. Muchas de ellas se comparten fuera de los límites del país respectivo (americanismos). O pertenecen exclusivamente a nosotros (pinolerismos o nicaragüensismos). O son vocablos del español general o peninsular que en Nicaragua tienen otras excepciones. O proceden de las lenguas amerindias (como los nahuatlismos). O se han conservado aquí al siglo XVI, pero desaparecieron en España (arcaísmos). O los hemos heredado de otras culturas (afronegrismos, anglicianos, galicismos, etc). O los creamos en el campo e inventamos en la ciudad, o en nuestras regiones: Las Segovias, el Pacífico (con sus dos subregiones: occidente y oriente), la región chontaleña y la Costa Caribe.
Consciente de lo anterior, y de otras precisiones lexicográficas, Arellano Oviedo ha conformado un corpus que trasciende los cinco mil lemas y sustenta en las siguientes orientaciones: un diccionario de voces regionales, no enciclopédico; con muchas marcas: gramaticales, diatópicas o de lugar, de frecuencia de uso, etc.; más descriptivo que normativo, sincrónico (o sea vigente) que diacrónico (histórico). Un diccionario con definiciones claras y exactas, que incluye unidades fraseológicas o locuciones.
Aquí anticiparé no sin ilustrar con espontáneos ejemplos entre comillas de mi cosecha tres lemas como muestras ejemplares. I) agarrar (del ár. hisp. garfa, puñado, cantidad que se recoge con una mano.) tr. colq. Atrapar [a alguien] en algo. Agarraron a los narcotraficantes. //2. Entender algo. Por fin la agarré, entendí la ecuación. //3. Apropiarse [alguien] de algo. Agarrar la mitad del sueldo. No seás baboso. //4. Dirigirse en una dirección determinada. Agarré la Avenida Bolívar para ir al Palacio Nacional de la Cultura. //5. juv. Conseguir pareja. Luis agarró a la Chica. //6. don alguien: loc. v. Poner ojeriza [a alguien]. obs: usado también con significado pasivo. Sufrir indignación causada por una persistente maltrato. León Núñez ha agarrado de encargo a Jaime Morales. //7. de encargo: loc. v. colq. Maltratar o darle constantes bromas [a alguien]. Ser [alguien] objeto de constante maltrato o bromas. En fin, siete acepciones inexistentes en la península.
II) aguacate (del nah. ahuacat o aucatl. N. cient. Persea americana). m. Fruto del árbol del mismo nombre. //2. pl. euf. Testículos del varón. var. o sin: alforja, bolas, cojones, compañeros, coyoles, güevos, huevos, morral, semillones viejo chancho aguacates al viento/que regresa a su hogar haciéndose el Santo. S. Molida. LDA. p. 80. //Por los loc. v. Muy distante del objetivo. Payo vive por los aguacates. | Fuera de contexto. Yo creo que usted está por los aguacates le dije a una joven por teléfono que preguntó en la Biblioteca del Banco Central si allí era la Embajada Americana. En conclusión, se trata de un nahuatlismo vivo.
III) bola. f. Pelota de futbol, básquetbol, béisbol. //2.Mujer ebria. U. t. c. Adj. //3. Rumor, noticia que generalmente no es cierta. o simplemente comentar las últimas bolas. Ch. Blandón, N.A. p.404. //4. bola de cuero: loc. sustantiva. Pelota de béisbol. //5. bola de hule: loc. s. Pelota de esponja usada en juegos informarles en los que no se usa manopla. //6. Tirar bola: loc. v. [En el juego de béisbol] hacer mal lanzamiento, el pícher. //7. Dar bola: loc. v. Resultar bueno para algo. //8. Parar bola: loc. v. Prestar atención. Cuando salía con sus compañeros de Universidad como que no le paraban bola, lo único inteligente que tenía, era que administraba bien su silencio. C. Siles, LSHL. p.64. Es decir, un nicaraguanismo legítimo. Como se ve, faltaron las expresiones tan comunes en nuestra política como jugar bola suave y jugar bola recia, además de estar en bola (desnudo).
Entre sus autoridades fuentes: utilizadas para documentar el uso actual de los vocablos Arellano Oviedo privilegia 42 obras narrativas: en primer lugar, las antologías Cuentistas de Nicaragua (2ª. ed.: 1966) y Minificciones de Nicaragua (2004), seleccionadas, anotadas y prologadas por quien les habla; la Antología del cuento centroamericano (1973) de Sergio Ramírez, seis obras personales del mismo autor consagrado, tres de Juan Aburto, otras tres de Fernando Silva, dos de Clemente Guido padre, Rosario Aguilar y Gloria Elena Espinoza de Tercero y una de los siguientes autores (se consignan por orden de aparición): José Román (Cosmapa), Omar Cabezas (La montaña es algo más que una inmensa estepa verde: saturado de oralidad), Jorge Eduardo Arellano (Timbucos y calandracas), Julio Valle-Castillo (Réquiem por Castilla del Oro), Enrique Alvarado Martínez (Doña Damiana). Franz Galich (Managua salsa city), Henry A. Petrie (Guanaca), Hugo Torres (Rumbo Norte), Chuno Blandón (La noche de los anillos), Ramiro Abaunza Salinas (Santos Ferrufino/El nica mojado), Róger Mendieta Alfaro (Hubo una vez un general). Erick Aguirre (Subversión de la memoria), Pedro Avellán Centeno (Balastro) y Francisco Bautista Lara (Rostros ocultos).
En cuanto a los anexos aparte de las abreviaturas de obras y autores citados, el Diccionario se completa con la imprescindible conjugación del habla nicaragüense, citando todos los modos del verbo amar; con más Locuciones y vocablos latinas ciscunstrutas a los estudiantes de Leyes; con una lista de Ciudades, poblaciones principales y departamentos de Nicaragua con sus gentilicios, pero sin documentación escrita; y los principales extranjerismos usados en Nicaragua.
Para mí, este último anexo es el más interesante, pues en la mayoría de los casos de los vocablos beisboleros, Arellano Oviedo sostiene que deben escribirse adecuados a las normas de nuestro sistema lingüístico. Así enumera Bóer, cacher (sin tilde a la a y sin t), center fielder, foul, home, inc., left fielder, right fielder, short, spike strike, two base, palabras que conservan su grafía inglesa y que aquí todo el mundo entiende.
En resumen: el DEN es un punto culminante de la tradición lexicográfica nacional y la consolidación de Francisco Arellano Oviedo como nuestro mayor diccionarista.