El trueque de los Sam-7

Sin duda que es una buena propuesta la que hizo el presidente Daniel Ortega a Estados Unidos, el martes de la semana pasada, durante la celebración del 28 aniversario de la Fuerza Aérea, de canjear misiles Sam-7 por equipos médicos de alta tecnología y última generación. En realidad, en esa ocasión Ortega habló de trueque de misiles por equipo aéreo militar moderno y alguna tecnología médica, pero el jueves precisó que el canje sería sólo por esta última. De manera que cabe suponer que el presidente Ortega piensa resolver el problema de la renovación del equipo técnico del Ejército de Nicaragua, apelando a la ayuda de Irán y Libia a donde viajó recientemente acompañado por un alto cargo militar.

De todos modos, nos parece positiva la propuesta de canjear los misiles, que el Gobierno estadounidense está dispuesto a considerar positivamente una vez que Nicaragua la formalice, según declaró en Washington un vocero de la Administración Bush.

A esos misiles de origen soviético se les conoce como SAM, por sus siglas en inglés (Surface Air Misil) y son operados por dos soldados, uno de los cuales lo dispara desde su hombro, o se les puede colocar en una superficie para facilitar su lanzamiento. El Sam puede recorrer una distancia de siete kilómetros y se guía por un sistema infrarrojo, por lo que “en el intento de derribar un avión o helicóptero, el proyectil se dirige directamente al calor de los motores”, según información obtenida de Internet. Y agrega dicha información que la sofisticación de esta arma le permite también derribar aviones de combate en una guerra convencional, debido a que alcanzan una velocidad por encima de la barrera del sonido.

De manera que por un lado es comprensible el temor de las autoridades de Estados Unidos, de que si por cualquier razón algunos de los Sam-7 llegaran a caer en manos de terroristas, serían una grave amenaza contra la aviación civil estadounidense y de otros países. Pero por otra parte también es razonable el argumento del Ejército de Nicaragua, de que los misiles son defensivos y que necesita por lo menos 400 para el caso de tener que repeler incursiones aéreas.

En cuanto al uso de los Sam-7 con propósitos terroristas y criminales en general, cabe recordar que el periódico El Universal, de México y El Diario de Hoy, de El Salvador, informaron a mediados de febrero de 2005 que “una red de narcotraficantes mexicanos, llamada Los Zetas, posee dos misiles tierra-aire de fabricación rusa Sam-7, presumiblemente vendidos por militares nicaragüenses, de acuerdo con un informe que la agencia de inteligencia Straffor entregó al Departamento de Estado y al Departamento de Defensa de Estados Unidos”.

Esa información no pudo ser confirmada pero aumentó la incertidumbre por la existencia de los Sam-7 en el arsenal de Nicaragua. Sin embargo hasta ahora no ha pasado nada malo con los Sam-7, de manera que es cierto que el Ejército los tiene muy bien protegidos. De todos modos, en los últimos años se ha reducido notablemente la cantidad de esos misiles que hay en Nicaragua. En el año 2004 fueron destruidos 666 Sam-7 en dos lotes de 333 cada uno, quedando 1,061 en poder del Ejército. Posteriormente se estableció que los Sam-7 sólo pueden ser destruidos por ley de la Asamblea Nacional; y a propósito de la propuesta del presidente Ortega cabe señalar que en el Parlamento hay un dictamen favorable a la destrucción de la mayor parte de los Sam-7, que dejaría en poder del Ejército sólo los 400 misiles que según la autoridad militar son indispensables para garantizar la defensa nacional y mantener el balance razonable de fuerzas en Centroamérica.

Cuando el tema de la conservación o destrucción de los Sam-7 estaba en el centro del debate político nacional, LA PRENSA sugirió que se negociara con Estados Unidos la destrucción de los misiles a cambio del equipo militar indispensable para renovar la vieja técnica de origen soviético. Sin embargo, en aquella ocasión no había condiciones propicias para hacer un arreglo de ese tipo. Pero ahora, con el repentino cambio de posición de Daniel Ortega —quien antes defendía de manera intransigente la conservación de todos los misiles, al precio que fuera—, se plantea una magnífica oportunidad para lograr un acuerdo sobre los Sam-7 que sea de la mutua conveniencia para Nicaragua y Estados Unidos.

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