Al Dr. Alejandro Serrano Caldera, con admiración, y en reconocimiento a su fecunda obra filosófica.
1
Es el antiguo y famoso Griego que observando
el incesante correr del cristalino río
hondo y callado medita sobre el raudo Devenir
afluencia del Ser,
eterno movimiento
pues nadie
nadie por dos veces estático se baña
en las aguas que no paran de ese río.
2
Seguramente está hecha de tiempo
su invisible corriente que no cesa;
de ese tiempo que fluye y es Eterno presente,
y un segundo fugaz ya es inútil pasado
de ese tiempo impalpable,
inasible para el hombre que sueña,
y sentimos que pasa tenazmente y perenne;
y es su ignota corriente la que gasta mis ojos
la que deja su huella en mi frágil materia.
3
De noche, y en el silencio más profundo
he escuchado el doloroso rumor
de ese río que no para;
de ese río, que hace siglos hizo pensar muy hondo
al meditabundo Heráclito, allá lejos, en Éfeso,
he escuchado muy absorto con la Luz de mi Ser
el pasar inexorable de su eterna corriente.
(Hombres, utensilios, joyas, lujosos edificios
y ciudades
son arrastradas, van pasando
hasta llegar con Él al fin de su camino).
4
¿Acaso son las recias corrientes del sagrado Ganges
que miraron los ojos de Gautama y de Tagore?
¿ O las del río Nilo inmenso y misterioso
cuyo viajar penetraron los radiantes ojos
de Iknaton y Hermes Trimegistro?
¿O será el milenario y amadísimo Jordán
benditas aguas que una vez contemplaron
los ojos Divinos de Jesús y los Profetas?
¿O quizás sea el Neckar legendario y lejano
que rápido correr vieron un día los tristes ojos
del extasiado Hölderlin, de Goethe y de Novalis?
En realidad no sé, no sé cuál es el río
no sé su procedencia ni su nombre.
Quizás el Támesis del nebuloso Londres
en cuyas orillas estuvieron y se miraron
los ojos atormentados de Keats y William Bleik.
O a lo mejor el caudaloso Duero,
admiración de la mística de Ávila,
de Francisco de Quevedo y de Machado.
Aunque a veces,
a veces en el silencio profundo de la noche,
he cavilado, he pensado, que quizás es el Sena,
ese río que amaron las tristísimas vidas
de Rimbau, Paul Verlaine y Charles Baudelaire.
5
¡Ay!, yo lo ignoro, no tengo la certeza
pero no importa su fama ni su historia
puede ser un riachuelo corriendo silencioso
sin nombre, sin gloria
no conocido.
O quizás espumante y torrencial
entre rocas inmensas, raudales,
cataratas y guijarros;
yo se los digo, no conozco su nombre
pero sé que en sus aguas
¡voy pasando!