Rubén Darío.LA PRENSA/CORTESÍA

El águila, Darío y Roosevelt

En Augurios, uno de sus cantos de vida y esperanza, Rubén Darío utiliza el recurso de la gradación descendente para presentar nueve animales, en su mayoría aves investidas de atributos que simbolizan los anhelos del poeta. Y a todas, menos a una, les solicita una virtud concreta. Al águila, que está sobre los hombres, le […]

En Augurios, uno de sus cantos de vida y esperanza, Rubén Darío utiliza el recurso de la gradación descendente para presentar nueve animales, en su mayoría aves investidas de atributos que simbolizan los anhelos del poeta. Y a todas, menos a una, les solicita una virtud concreta.

Al águila, que está sobre los hombres, le pide fortaleza; al búho, que roza su frente, sabiduría y serenidad; a la paloma, que toca sus labios, amor sensual; al gerifalte o halcón, ingenio; al ruiseñor, con quien se identifica como poeta, se limita a decirle: “No me des nada. Tengo tu veneno/ tu puesta de sol/ y tu noche de luna y tu lira/ y tu lírico amor”. Luego calla también su solicitud ante el murciélago, la mosca, el moscardón. “Una abeja en el crepúsculo” interrumpe el poema anunciando la nada y, finalmente, la muerte.

El águila de Darío es la de Júpiter, uno de sus símbolos con el cetro y el rayo:

Hoy pasó un águila
sobre mi cabeza,
lleva en sus alas
la tormenta,
lleva en sus garras

el rayo que deslumbra y aterra.
¡Oh, águila!
Dame la fortaleza
de sentirme en el lodo humano
con alas y fuerzas
para resistir los embates
de las tempestades perversas,
y de arriba las cóleras
y de abajo las roedores miserias.

No en vano el águila sería una de las criaturas más cantadas del repertorio zoológico de la poesía rubendariana. En el recuento electrónico que realizó del mismo, Francisco Gutiérrez Soto contabilizó 1,318 referencias a animales, cifra que debe suponer algo más que una simple casualidad inconsciente o el mero deseo decorativo. Después del genérico “ave” (citado 80 veces), los términos más numerosos son “caballo” (75) y “pájaro” (también 75), “paloma” (73), “águila” (72), “león” (68), “ruiseñor” (66), “toro” (62) y “cisne” (45). Curiosamente, al “águila” le corresponde el noveno lugar y al “cisne”, el más emblemático de todos, el cuarto.

El águila, como se ve, desempeña una función relevante, asociada a múltiples significados, predominando los siguientes (en orden alfabético): altanería, belleza, bravura, canto, caza, cólera, divinidad, drama, fuerza, gloria, guerra, libertad, luminosidad, muerte, peligro, poder, prodigio, valor, vista, vuelo; pero también a Bolívar, Júpiter, Estados Unidos, México e Historia: “Águila que eres la Historia”, dice el poeta en uno de los versos de El Canto Errante. “Fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas” —anuncia— en otro de Salutación del Optimista (1905), aludiendo al águila bicéfala bizantina de los zares de Rusia en guerra con el Japón.

Pero es en Salutación al Águila, el poema más polémico de El Canto Errante —editado hace 100 años— donde Darío vincula el icono a la potencia de los Estados Unidos, aunque no exclusivamente. Refiriéndose a las tres Américas, le pide:

¡Águila que estuviste en las horas sublimes de
Pathmos,
Águila prodigiosa, que te nutres de luz y de azul,
como una Cruz viviente, vuela sobre estas naciones,
y comunica al globo la victoria feliz del futuro!
Por algo eres la antigua mensajera jupiterina,
por algo has presenciado cataclismos y luchas de razas,
por algo estás presente en los sueños del Apocalipsis,
por algo eres el ave que han buscado los fuertes imperios.

Incluso, fue más directo: “E pluribus unum! ¡Gloria, victoria, trabajo!/ Tráenos los secretos de las labores del Norte,/ y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos, y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter”. Y este cuarteto provocó la carta recriminatoria de su amigo el literato venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1949): “…leo el divino e infame poema de usted al Águila, que yo no conocía/ ¿Cómo no lo han lapidado a usted, querido Rubén? Lo juro que lo merece. ¿Cómo? ¿Usted nuestra gloria, la más alta voz de la raza hispana de América, clamando por la conquista? El dolor que me ha producido esa su Águila maravillosa, usted sí, lo comprende, porque usted sí me conoce (…) ¡Oh, poeta de buena fe descarriada! ¿Por qué canta usted a los yanquis, por qué echa margaritas a los puercos?”

Y Rubén desde Brest, Francia, el 18 de agosto de 1907, contesta la acre censura justificando que su Salutación… no es sino una pieza ocasional, surgida dentro del clima armónico de la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, a la que asistía. “Saludar nosotros al Águila, ¡sobre todo cuando hacemos cosas diplomáticas!… no tiene nada de particular. Lo cortés no quita lo Cóndor…” Y añade: “Los versos fueron escritos después de conocer a Mr. Root y otros yanquis grandes y gentiles, y publicados junto con los de un poeta del Brasil”.

Y éste era Fountoura Xavier, quien había asimilado las declaraciones de Elius Root, Secretario de Estado norteamericano: “Consideramos la independencia e igualdad de derechos de los pueblos débiles, miembros de la familia de naciones, con tanto respeto como a los de los grandes imperios” —decía una— y luego otra: que la meta de los Estados Unidos no era la “de arruinar a las demás naciones y enriquecerse con sus despojos, sino al contrario, ayudar a todos nuestros amigos a alcanzar una prosperidad común”. Pedro Salinas explica que esta coyuntura Darío la hizo suya también. Y en su Salutación… no se traiciona, ni contradice su precedente oda A Roosevelt. Espera del Norte no un ideal sino una técnica, una manera (v. 34), capaz de forjar multitudes disciplinadas para hacer Romas y Grecias de hoy (v, 35). O sea: naciones fieles a los patrones de helenismo y latinidad, (v. 38), destinadas a “¡un áureo día para dar las gracias a Dios! Es decir, que se suman al fecundador espíritu cristiano.

Darío fue más explícito en su respuesta epistolar a Blanco Fombona: “Por fin acepto un alón de águila, y lo comeré gustoso —el día que podamos cazarla—. Y allí, fíjese bien, anuncio la guerra entre ellos y nosotros”. Sin duda, pensaba en los versos 12 y 13: “Si tus alas abiertas la visión de la paz perpetúan, /en tu pico y tus uñas está la necesaria guerra”. Asimismo, en la Epístola a la Señora de Lugones, del mismo año de 1907, aclararía que en la misma Salutación al Águila: “panamericanicé/ con un vago temor y con muy poca fe”. En otras palabras, no experimentó un cambio ideológico, ni el poema implicó en nuestro poeta una “voltereta política”, según el chileno Jaime Concha.

El español Juan Larrea leyó justa y correctamente la Salutación… “Rubén —afirma— no concibe sus esperanzas puestas al servicio del imperialismo yanqui, mas sí en la libre América, en el Nuevo Mundo de Paz y de Concordia que abarca, para ponerlos al servicio del hombre, de Norte a Sur todas las latitudes” (Cuadernos Americanos, México, vol. 14, No. 4, julio-agosto, 1942. p. 221). Entre nosotros, Ernesto Gutiérrez acota que “no es un poema declinante, sino un himno a la concordia americana”. Y ambos transcriben su estrofa medular: “Águila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas. /Los Andes lo conocen y saben que, cual tú, mira al Sol. / May this grand Union have no end, dice el poeta. /Puedan juntarse ambos en plenitud, concordia, y esfuerzo”. Claramente, lo que proclama Darío no da lugar a malas interpretaciones. ¡Está claro!

II

En cuanto a Theodoro Roosevelt (1852-1919), gestor de la política imperial e intervencionista de los Estados Unidos en la cuenca del Caribe, ya Darío lo había fustigado con su oda, en la que preconizó —sostuvo en Historia de Mis Libros (1913)— “la solidaridad del alma hispanoamericana ante las terribles tentativas imperialistas de los hombres del Norte”. Mas se desconocen tres crónicas suyas posteriores al clamor continental de su famosa oda.

El Arte de Ser Presidente de la República. Roosevelt, se titula la primera, datada en París el 10 de octubre de 1904 y aparecida en La Nación el 13 de noviembre del mismo año; la segunda Roosevelt en París, (La Nación, 22 de julio, 1910) y Las Palabras y los Actos de Mr. Roosevelt. Protesta de un Escritor, la última (Paris Journal, 27 de julio, 1910). Tres piezas en las que amplía y explicita su visión del “riflero terrible”.

Ya en campaña para un nuevo período presidencial, Roosevelt era para nuestro poeta, a un año de sus protestatarios versos memorables, “un poco teatral en nuestra América. Se sabe que junta, entre otras condiciones que se creían contrarias: el ser hombre de letras y hombre de sports. Hace libros y caza osos y tigres. Se hace así simpático para sus compatriotas, que tienen en medio de sus cosas colosales y de sus ímpetus y plétoras, mucho de niños, hijos del enorme pueblo adolescente que encarna hoy en el mundo la ambición y la fuerza” (El Arte de Ser Presidente…).

Desde su celda parisina de la rue Marivaux, Darío percibía “el influjo del nombre de Roosevelt bajo la grandeza conquistadora del pabellón de las estrellas”, haciéndose eco de sus “prácticas lecciones de energía y audacia”, pero —advertía de nuevo— “y esto es lo más grave para nosotros”: siendo aún “un peligro para la América conquistable, el peligro de un director de apetitos imperialistas que se han manifestado desde (1898 en) Filipinas y Puerto Rico hasta la reciente broma de Panamá”. Mejor dicho: a la toma de su istmo para independizarlo de Colombia (y construir el canal) el 3 de noviembre de 1903, legalizada en el tratado Hay-Bunneau Barilla, suscrito en Washington quince días después. Y concluía su primera crónica, tras reconocer la pletórica personalidad de Roosevelt y los ejemplos tenaces de sus ancestros familiares:

“Ha demostrado perseverar en el gusto de sus arduas proezas. Es digno de su pueblo. Es un yanqui representativo. Tiene en su cerebro grandes cosas. Tengamos cuidado”.

Desde luego, el lúcido cronista y testigo de su tiempo —nuestro Rubén— se dirigía a los pueblos “de la América nuestra de sangre latina” por citar uno de los versos de su otra Oda a (Bartolomé) Mitre, prócer fundador de la República Argentina, escrita y editada en 1906 e incluida por él, al año siguiente, en El Canto Errante. Sin embargo, el elogio que hizo Roosevelt a la poesía y a los poetas había impactado favorablemente a Darío hasta el punto de iniciar con esa excepcional referencia sus Dilucidaciones o prólogo del poemario citado: su más profunda y extensa prospección en la teoría poética.

“Ese Presidente de República juzga a los armoniosos portaliras con mucha mejor voluntad que el filósofo Platón. No solamente les corona de rosas; mas sostiene su utilidad para el Estado y pide para ellos la pública estimación y reconocimiento nacional. Por eso comprenderéis que el terrible cazador —reitera este concepto de su oda— es un varón sensato”. No obstante, esa sensatez intelectual no anuló la imagen que Darío trazara en su segunda y tercera crónica (ambas de julio 1910, como fue indicado): Roosevelt en París y Las Palabras y los Actos de Mr. Roosevelt. Protesta de un Escritor, cuando éste ya no era gobernante y se había perpetrado la antidiplomacia de la Nota de Mr. Philander Ch. Knox en diciembre de 1909 contra el gobierno de J. Santos Zelaya; más aun: cuando Mr. William Taft, que sucedió a Roosevelt en la Presidencia, fomentaba una revuelta armada en la Costa Atlántica de Nicaragua.

Darío, entonces, observó —como en su oda de enero, 1904— que el pacifista afirmaba la necesidad de la guerra, relacionándolo otra vez con Nemrod, personaje bíblico, rey fabuloso de Caldea, “el primero que se hizo poderoso en la tierra y gran cazador” (Génesis 10: 8-9). Anotaba Darío: “el jovial Nemrod ha tenido una buena prensa… y no ha dado… un paso que no haya sido notado por las gacetas, aun aquellas que han querido emplear inútilmente por cierto su ironía bulebardera, que no ha pasado de seguro sin ser notada por el hipopotamicida y rinoceróntono” (Roosevelt en París). He aquí dos desconocidos neologismos rubendarianos —hipopotamicida y rinoceróntono— que le inspiró el “cazador” por antonomasia que era Roosevelt.

Precisamente, al terminar su segundo mandato, había pasado un año cazando en África y ya estaba, a su regreso, en París, este “yanqui extraordinario —según Darío— a quien algunos quieren llamar el primero en la paz, el primero en la guerra, y el primero en el bluff de sus conciudadanos…” Y agregaba, identificándolo como una auténtica fiera: “¿Qué le van a hacer a esa potencia elemental, a esa fuerza de la naturaleza, a ese belnario que se ha visto con leones, elefantes y rinocerontes en África y con Rockefellers, Goulds y otras fieras de oro en su tierra…?” (Roosevelt en París).

Inmediatamente en el París Journal —en francés y español— Darío criticó la moral política del ex Presidente, quien predicaba a los franceses “los deberes del ciudadano”, comentando: “Él repite en muchos estribillos y bajo diversas formas que lo principalmente necesario al ciudadano es la actividad y la honestidad. Estas son como las virtudes teologales de su catecismo cívico. Él debe hacer, tan grande como sea posible, su lugar en el Sol; pero no dirá a su débil vecino: quítate de mi sol. Será egoísta y altruista a la vez. Un excelente gorila, según Taine”.

Como era de esperarse, este texto tuvo alguna repercusión, al menos en el Caribe. Por ejemplo, el dominicano Federico Henríquez Carvajal le dedicó estas líneas que resumen la actitud desplegada por el poeta:

“RUBÉN DARÍO. El insigne poeta, Ministro que fue de Nicaragua en Madrid, se hallaba en París cuando Míster T(heodoro) Roosevelt fue agasajado huésped de Francia, lo mismo que de la mayoría de las naciones europeas. Y mientras el infatigable ex presidente recibía, en los círculos oficiales o científicos, toda suerte de demostraciones de adhesión y de simpatías, y mientras la universalidad de los periódicos saludaban al hábil estadista con no pocas hipérboles de concepto en honra del leader del imperialismo norteamericano, dejose oír, serena e insinuante, la voz del ilustre nicaragüense (…) para decir al potísimo jefe del partido republicano de la Unión Americana que sea justo e influya en pro del respeto de la soberanía del Estado de Nicaragua. Es una cívica defensa de su patria, y con ella de todos los pueblos latinoamericanos, a la vez que un viril llamamiento a la gran nación federal, en la persona de Míster Roosevelt, a favor de la moral internacional y del augusto derecho de los pueblos libres, de los Estados constituidos, soberanos e iguales, aunque pequeños y débiles todavía. Esa página, ese gesto, honra a Rubén Darío” (Ateneo, Santo Domingo, No. 7, agosto, 1910).

Incluso el mismo poeta, satisfecho de su protesta, el 27 de mayo de 1910 le había escrito desde París a su amigo y diplomático —también dominicano— Fabio Fabio: “Ahora no dirá Blanco Fombona que yo adulo al águila norteamericana”. (Cartas Desconocidas de Rubén Darío. Introducción, selección y notas de Jorge Eduardo Arellano. Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2000, Pág. 431).

La Prensa Literaria

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