Gloria Guardia.LA PRENSA/M. MATUTE

Gloria Guardia en la Academia

Si existe una mujer letrada en el área centroamericana con un auténtico arraigo en Nicaragua, esa es Gloria Guardia. Pero no por esta vinculación (ella, en su hoja de vida, se presenta como panameña-nicaragüense) Gloria se encuentra aquí recibiendo un lauro más en su fecunda carrera de escritora. No por nieta del general Benjamín F. […]

Si existe una mujer letrada en el área centroamericana con un auténtico arraigo en Nicaragua, esa es Gloria Guardia. Pero no por esta vinculación (ella, en su hoja de vida, se presenta como panameña-nicaragüense) Gloria se encuentra aquí recibiendo un lauro más en su fecunda carrera de escritora.

No por nieta del general Benjamín F. Zeledón (1879-1912) está ahora con nosotros sino por su obra literaria que desde hace no pocos años se destaca en nuestra lengua. No en vano ha merecido reconocimientos internacionales, comenzando con su primera novela publicada a los 21 años: Tiniebla Blanca (Madrid, 1961), distinguida por la Sociedad de Escritores Españoles e Iberoamericano: una sorprendente revelación de su talento precoz, no ajena a su experiencia formativa del Vassar College, que la presenta como una transgresora socio-moral.

En su patria recibió dos veces el Premio Nacional “Ricardo Miró”: el primero con la investigación los Orígenes del Modernismo Hispanoamericano y el segundo con la novela Despertar sin Raíces (1961), ambas inéditas. Diez años después, obtuvo el Premio Centroamericano de Novela Educa en San José, Costa Rica, con El Último Juego: recreación dramática y testimonial que admite parangonarse, pues un trasfondo sociopolítico y epocal las nutre, con otra dos novelas: El Valle de las Hamacas (1970), del salvadoreño Manlio Argueta y ¿Te Dio Miedo la Sangre? (1977), del nicaragüense Sergio Ramírez. En la suya, aparecida en 1976, Gloria logra que el fluir de la conciencia del protagonista se escinda en dos discursos; uno amoroso y otro político, vida personal y vida pública, ambas asumidas con falsedad. En el fondo, el personaje con que se identifica —Marina— transgrede las normas de su clase.

El Último Juego, reeditada en 1986, se tradujo al ruso y se editó en la URSS tres veces entre 1980 y 1983. De ahí que un exceso de modestia haya conducido a Gloria a omitir su nombre en el ensayo, Aspectos de Creación en la Novela Centroamericana (1998), cuando afirmó que sólo tres novelistas de la garganta pastoril de América habían traspasado la barrera del silencio, “donde comúnmente hemos quedado atrapados los centroamericanos”. Se refería, naturalmente a Miguel Ángel Asturias, nuestro único premio Nobel, a otro guatemalteco, Arturo Arias, ya casi olvidado; y a Sergio Ramírez.

Asimismo, cabe subrayar el Premio de la Revista Lotería en Panamá tanto de ensayo (1971) como de narrativa (1977), y el Nacional de Cuento, ciudad de Bogotá, obtenido con Cartas Apócrifas (1996), pequeña obra caracterizada por su alarde heterogéneo de voces femeninas: aquellas de sus maestras; y la desgarradora Carta (1997): un homenaje a su abuela Esther Ramírez Jerez, esposa del héroe anti-intervencionista y defensor de la soberanía nacional.

Posteriormente, su novela La Libertad en Llamas (2000) resultó finalista del Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro, Guadalajara, México; de hecho y por derecho “una novela nicaragüense —observa Julio Valle Castillo— no sólo por los paisajes y personajes, por su afinidad con otras de Salomón de la Selva, Sergio Ramírez y Lizandro Chávez Alfaro sino porque es, en estos álgidos años de fin de siglo (1990-2000), una reflexión, una lectura y una crítica de la vida patria”.

Dos novelas más se suman a su poder de invención novelística: Lobos al Amanecer (2007) y la que actualmente elabora, sin título aún, que conformará con El Último Juego una trilogía: Maramargo que No Es Sino el Caribe. En otras palabras, la realidad de los países de su cuenca se halla ficcionalizada en esas obras que marcan el aporte de Gloria a la narrativa contemporánea de Latinoamérica.

Pero también no puedo eludir, al trazar su personalidad, las exégesis críticas que ha emprendido, centradas en el pensamiento y el verbo mitopoético de Pablo Antonio Cuadra (su tesis doctoral en la Complutense de Madrid y su discurso de recepción en la Academia Colombiana de la Lengua lo desarrollan profundamente), ni sus asedios a Cervantes, Bécquer, Unamuno, Miguel Hernández; ni los consagrados a Darío, Rogelio Sinán y Stella Sierra. Ni sus reportajes y recuerdos Con Ernesto Cardenal (1974) y Aquellos Años de Solentiname (2000). Finalmente, debo subrayar su preocupación por el destino democrático de nuestros países y su labor como columnista de opinión de la Agencia Latinoamericana (ALA) y corresponsal de la cadena televisiva ABC News.

El estudio que Gloria nos ha leído se inscribe en una tradición crítica con muchos representantes europeos, todos contemporáneos, que ella conoce a fondo. Entre otros, Bernardote Bricout, autora de La Mirada de Orfeo: Los Mitos Literarios de Occidente. Es decir, del divino poeta y músico griego que con su canto educaba a los humanos, pacificaba a los animales y descendió a los infiernos consiguiendo que le devolvieran las divinidades a Eurídice, muerta por una serpiente el mismo día de su boda.

En esta ocasión, Gloria Guardia realiza un análisis de literatura comparada detectando las huellas de Dante en nuestro Rubén Darío quien, en su afán de apropiación global de la cultura de su tiempo y de todas las épocas, asimiló las figuras mitológicas y el sincretismo religioso, desarrollado milenariamente en todo el Viejo Mundo, concreto en sus manifestaciones herméticas, enigmáticas, misteriosas. Basta citar su Coloquio de los Centauros, de Prosas Profanas, en el cual recupera del arsenal mítico griego a los centauros: hombres-bestias a quienes idealiza y configura “como sabios que hallan sobre lo Ontico, la Vida y la Muerte, el Amor, la Belleza y la Naturaleza, comprendidos en el Todo” . Por eso uno de ellos, Quirón proclama: “Las cosas tienen un ser vital, las cosas / tienen raros aspectos, miradas misteriosas, / toda forma es un gesto, una cifra, un enigma, / en cada átomo existe un incógnito estigma, / cada hoja de cada árbol tiene su propio cantar / y hay un alma en cada una de las gotas del mar”.

Gloria opta por analizar textos comunes de ambos clásicos que son “fiel reflejo de sus creencias y conocimientos esotéricos”. En esa línea, ausculta el sistema de correspondencia del universo, regido por la numerología y el ritmo, que intuyó y expresó magistralmente nuestro Rubén. Al mismo tiempo, Gloria señala que sólo el mito órfico “es capaz de revelarnos el secreto de la comprensión del prodigio” poético de Darío. “Su mirada es la fuente, es el camino para saltar por encima de las trabas conceptuales, de las divisiones herméuticas, axiológicas o filosóficas”. Sin Orfeo, podría simplificarse, no se explica Darío; pero Gloria apunta más: “Darío ha realizado su anhelos, convirtiéndose en el homologo y contemporáneo de Alighieri”.

La Prensa Literaria

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