La música no tiene lengua. Ningún arte como el suyo lleva el privilegio de tener al tiempo como tutela de su engendro, al vacío como el soporte de su inspiración.
La poesía es la verdad del arte, es lingüística afirma Félix Azúa, es el tiempo que hace cada día. No erige mármoles como la escultura, ni dibuja como la música, signos en el espacio intangible. Existe, está presente cada vez que es esmaltada por el brillo de las manos, relámpagos puestos sobre el piano en los conciertos.
Cuando oigo un arabesco, un opus de cámara de Beethoven, siento la dulcería en la boca, se me llenan las orejas de lo melifluo nacido en una alcoba sin piso, sin techo, sin nada porque el tiempo carece de todo eso. Pero mientras suenan los caprichosos arabescos en el piano acompañados por la romanza del violín, son plenos, mojan las cuencas de la visión. La efigie de oro está levantada por su genio, su genio es el donante, su fantasía la bella evasión.
Pero cuando leo poesía (la siento tanto como la música) en los otros tronos de la diversidad anímica, cae encima la verdad como si tatuara la piel, y si es de Borges, la valoro más profunda, más intelectual que florida y la palpo como no lo puedo hacer con la música, la mimo valiéndome de la solidez donde se instala.
Entre música y poesía divaga la conciencia hay confines que le permiten a cada una ser soberanas en sus holguras, una necesitada de la tierra para esparcir los frutos, otra sin portada, sin pedestales tangibles, hecha de tiempo la música, vibrando, provocando murmurar sobre la muerte cuando Federico Chopin se pone fúnebre en su marcha inmortal sin decir una sola palabra porque no la requiere y si se le agrega, sale ilegítima e intrusa. Orbe la poesía. Tiempo la música… Dicho lo anterior, cuando se le pone música a la poesía se advierte a un elemento inclinado a distraer la pureza literal de su mensaje. La poesía tiene una musicalidad propia. Rubén Darío wagneriano hizo rítmicamente marcial su epopeya. Se puede marchar tocando trompetas, leyendo La Marcha Triunfal. Para qué agregarle algo más, un sonido, si este es descubierto en sus estrofas acompasadas.
Moralimpia, de Justo Santos, no es una canción, es pieza lo dijo cuando la compuso hecha especialmente para la guitarra. Su más nutritivo componente es la melodía concebida para ser tocada. Es originalmente sólo música. No lleva letra. Se la puso el doctor Juan Velásquez Prieto, jurisconsulto y poeta. Precisamente para complacer sus antojos de poeta le puso letra, con lo cual la melodía toral fue puesta en el plano de ser el fondo oculto o semi oculto de un poema.
Últimamente oímos versos de Rubén Darío. En ellos sobresale inevitablemente la música que le ha puesto Ofilio Picón. Presentada y justificada la musicalización por el eminente dariano doctor Edgardo Buitrago, cabe el reconocimiento a una labor llena de nuevos y atractivos matices, enriquecedora de la opción de oír o de leer esos versos. El poema transformado en canción. Trece poemas escogidos, trece canciones, para darnos la revelación de tiempo de la música esta vez cantada, vigente cuando suena principalmente en el largo trayecto de Margarita, está linda la mar.