El uso de la “ñ” en Nicaragua

Un recorrido por la “ñ” y sus diferentes empleos en el vocabulario nicaragüense, su historia en el alfabeto y cómo ésta ha ido ganando terreno en el lenguaje Preliminar. La consonante “ñ” estuvo aun de moda, desde que en 1991 fue protagonista de una noticia harta fantaseada, pero con algo de verdad (“mucho ruido y […]

  • Un recorrido por la “ñ” y sus diferentes empleos en el vocabulario nicaragüense, su historia en el alfabeto y cómo ésta ha ido ganando terreno en el lenguaje

Preliminar. La consonante “ñ” estuvo aun de moda, desde que en 1991 fue protagonista de una noticia harta fantaseada, pero con algo de verdad (“mucho ruido y pocas nueces”), como que partía del hecho de que la industria europea de equipos informáticos, salvo la de España, no fabrica teclados españoles de ordenadores, por la sencilla razón de que los idiomas inglés y alemán, por ejemplo, carecen de dicha consonante como grafía y como fonema; mientras la casi totalidad de las lenguas románticas sólo tienen este último que, como es sabido, se articula de modo semejante en francés (ligne), en italiano (sígnale) o en portugués (sennor).

También se dijo entonces, en los medios informativos que los avatares de nuestra “ñ” se remontan a las Glosas Emilianenses (v.gr.¨ > dueño), pero sin advertir que, en dicho texto, solamente aparece la “ñ” como fonema y no como grafía, a pesar de ser ésta la única manzana de la discordia. Porque ese comino que es la tilde de la “ñ” indica nada menos que un conocido proceso de contracción y, sobre todo, de palatización de la “n” simple o geminada (CANNA > caña) o en la secuencia “n”+“i” (Hispania > España), o en el otro grupo 7 “gn” (Stagnu > estaño), durante la época latino vulgar.

Pero, retomando la quimérica noticia, el “ruido” o el exponente que denotaba la elevación de la potencia imaginaria de la misma era la llamada entonces Comunidad Europea, verdadera caja de resonancia, y la cual parecía haber tomado cartas en el asunto, conminando a las autoridades españolas en el sentido de que suprimiesen de nuestro alfabeto aquella consonante palatal africada sonora y, para colmo, nasal, molesta y rara en el mercado de las multinacionales. Y hemos calificado de “rara” la referida letra, no únicamente por serlo en el resto de Europa sino porque, como inicial, tampoco abunda en nuestro Diccionario académico, puesto que su presencia allí se reduce apenas a cuarenta y nueve voces que empiezan por “ñ”.

Sin embargo, el español trasatlántico es rico en vocablos con “ñ” inicial, como los muchos que proceden del guaraní, no tan conocidos como ñandú, pero que resultan insustituibles por designar a especies o variedades de la flora y la fauna americanas, o bien, aquellas costumbres folclóricas y las típicas labores de artesanías. Otro tanto podría decirse de la auténtica multitud de palabras de origen quechua y, desde luego, más necesarias que ñapa (propiana), entre otras acepciones que trae el léxico oficial. Y lo mismo cabe expresar respecto de bastantes voces araucanas de uso corriente en aquel Chile de nuestra juventud, amén de las ya recolectadas académicamente, como ñire (cierto árbol).

II

Pero vayamos concretamente a la vida y milagros nicaragüenses de la letra en cuestión. Esa “ñ” de origen indígena que se integró en el español del país centroamericano, llegó por dos vertiente importantes:

1. La náhuatl, cuya área lingüística comprendía la parte meridional del territorio de Nicaragua, entre el Lago Cocibolca (al este) el Océano Pacífico (al oeste) y posiblemente el Río Tamarindo (al norte), alcanzando las islas de Ometepe y Zapatera, en el mencionado lago y teniendo su núcleo en el istmo de Rivas.

2. La lengua chorotega, cuyos dominios abarcaban la zona ancestral, especialmente la situada entre los lagos Cocibolca y Xolotlán, extendiéndose luego hacia el oeste, en el espacio que va de ese último lago al Mar Pacífico, ya mediante la lengua mangue, derivada de la chorotega, y que se impuso en las siguientes ciudades o poblados principales: Diriamba, Diriomo, Jalteva (hoy, barrio de Granada), Managua, Masatepe, Subtiava (actual barrio de León), Tipitapa e Ymabita (modernamente, Puerto Momotombo).

Ahora bien, la “ñ” inicial resulta predominante en las voces chorotegas, como las recogidas por Alfonso Valle, en su Diccionario del habla nicaragüense, y en su mayoría incorporadas a nuestro vocabulario usual. He aquí algunos ejemplos: ñajapiñao (sol) ñimbu-kuki (escorpión o alacrán), ñoca (tortuga de mar), ñugo (varón) ñumpié-nandi (tapir americano, al que nosotros conocemos también como danto o danta, y que etimológicamente significa “macho de monte”) ñundo (pececillo de agua dulce), ñuri (culebra, etc.). Sin embargo, el pecado original de Valle consistía en no precisar las raíces de las palabras de cuño origen ni, por lo tanto, su significado etimológico. Curiosamente, una de las pocas raíces de que él se vale y además con machacona insistencia, comienza por “ñ”. Nos referiremos a ñep o nec, que según él mismo, quiere decir “guerrero” en azteca y que parece ser común al chorotega y al náhuatl, aunque Carlos Mántica (El Habla Nicaragüense y Otros Ensayos), a pesar de haber rastreado tal raíz voluntariosamente, no pudo encontrarla en diccionario alguno. El propio Valle derivó de la misma el anualismo ñeque (fuerza, valor, coraje, y que usamos más en plural: “Ser hombre de ñeques”). Por lo demás, el Diccionario de la Lengua Española registra el término en Nicaragua pero como adjetivo, cuando lo cierto es que allí sólo tiene oficio de sustantivo.

He aquí otras muestras de anualismos que contienen las consonantes “ñ”: jiñocuao (de shiotl, sarna, y cuahuitl, árbol, según Mántica; o bien, de xiotl, herpe o herpes, árbol según Valle). Parece que la diferencia entre uno de los elementos de ambas etimologías es un problema ortográfico en la transcripción y, por añadidura, sus respectivos significados guardan un parentesco evidente: “árbol sarnoso”, árbol como esa erupción cutánea que ya la medicina del renacimiento llamó “herpes”. Y debe añadirse que el pueblo nicaragüense pronuncia jiñocuabo, y se trata, desde luego, del “bursera simaruba” (Ponsol, zonas biogeográficas de la flora y la fauna nicaragüenses). Hay incluso palabras híbridas de español y náhuatl (cañahuate), pero no precisamente caña-sanate, como cree Carlos Mántica, puesto que sus dos elementos vienen del latín: canna-sanatum.

Y aquí cabe detenerse en una breve pieza de teatro callejero bailable, en verso y con rima asonante en “a”, titulada Loga (o lo del Niño Dios; representación escénica mestiza del español y mangue, recogida por Berendt en Namotivá, Santa Catarina, en 1874). Contiene entre ciento setenta y nueve versos de arte menor, seis íntegros en lengua mangue (éstos, a su vez, con ocho palabras que empiezan por “ñ”) y casi todos compuestos en forma de jerigonza o de español corrompido, más propio de verdad, esta pieza no tiene nada (salvo el sabor de los términos mangues salpicados) de una lengua popular y dialectal, al estilo de Gabriel y Galán, sino que suena a fingimientos o simulación, como que su autor fue el mismo que escribió estos octosílabos de factura correcta y, desde luego, no puestos en labios de indio: “Indio, si quieres saber/lo que aquí debes hablar, /en la sagrada escritura/todo lo debes hallar”. O, incluso, la forma sintáctica peninsular, inusual entre nosotros, de este verso de ocho sílabas, y sin exceptuar el apócope de su palabra final, en el sitio de la rima: “larga vida le ha de dá”. La referida Loga tiene, pues, valor documental, por su relativa antigüedad y por transmitirnos algunas muestras del vocabulario mangue, de la gran familia chorotega.

Por otro lado, poco, muy poco ha sido el aporte africano a la presencia de la /ñ/ en Nicaragua; es decir, el aporte debido a los lenguajes de tribus dispersas o de comunidades de zambos (mezcla de indios caribes y negros llegados de Jamaica, sobre todo), y que ocuparon la Costa Atlántica nicaragüense (con preferencia La Mosquitia o Costa de los Mosquitos), desde el río Coco hasta Laguna de Perlas, aproximadamente.

El más característico de los términos de origen africano corrientes en Nicaragua y que contienen la letra “ñ” es ñame (Dioscorea sp.), planta a la cual nosotros llamamos “papa caribe”, por abundar en nuestra Costa Atlántica y ser un alimento consumido por buena parte de quienes allí habitan. Pero esta voz data ya de 1492 (Corominas) y procede del África Occidental, concretamente del Congo (Academia). Parece que una variedad de la misma se llevó primero a México (H. Jonson, The Forest, 1981). Ahora bien, Corominas, que duda la autenticidad africana de ñame, supone que tal vocablo nació de ñam, onomatopeya de la acción de comer, y a través de los contactos iniciales entre la lengua portuguesa y el bantú; lo cual se muestra muy imaginativo, pero poco probable.

En cuanto a la palabra ñámbar (el Amyris balsamífera, de Linneo), o ñambaro, como escribieron C. H. Berendt (Palabras y Modismos de la Lengua Castellana Según se Habla en Nicaragua, 1874) y el P. Ponsol (1958, 22), la Academia no la reconoce todavía en 1992. Y, aunque sea cierto que dichos nombres son más usados en la región atlántica de Nicaragua, que en la del Pacífico, donde este árbol se conoce mejor como “granadillo”, tratándose además de un árbol propio de la zona nombrada en primer lugar (Ponsol); el Diccionario de Valle incluye este vocablo como de raíz chorotega. En fin, se hace difícil pensar en una posible etimología africana de ñambar.

Por lo demás, el Diccionario de la Lengua Española trae la forma reducida ña como correspondiente sólo a “señora”. Pero el caso es que en Nicaragua esa forma también atañe, a la vez que a “doña” al tratamiento de “niña”, este último, familiar y extendido en aquel país, para dirigirse a toda mujer de cierta edad y cierto nivel social, particularmente las solteras. Algo parecido conviene decir respecto de “ño”, no empleado por los nicaragüenses, aunque sí “ñor”, que no figura en el léxico oficial. He aquí ambas formas muestran, dentro del relato costumbrista “Con permiso de la concurrencia…” (Peña Hernández, Folklore de Nicaragua): “Petronila, única hija del honrado matrimonio de Ñor Trinidad Pavón y ña Petrona Requene, va a contraer nupcias…”

El mismo Diccionario académico registra la voz “ñaña” como propia de Chile y de Argentina, pero no como nicaragüensismo, el cual por añadidura, tiene la acepción exclusiva de “excremento”. En lo que concierne a ñato, en el sentido de “chato” (de nariz) debe indicarse que en Nicaragua podría reclamar cierta predilección por el vocablo y, por lo mismo, algún derecho de conquista, como que el término abunda en nuestra paremiología: “calma, pueblo, que el cura es ñato” o “No importa lo ñato, si puede resollar”. Por último, anotamos que nuestro adjetivo “ñaco” no aparece en el diccionario oficial, cuando estamos ante un nicaragüensismo genuino. Allí decimos “tamal ñaco” al pastel de masa de maíz y frijol, con sal y en forma de rollo alargado, envuelto en hojas de plátano, cocido y elaborado especialmente en la ceremonia matrimonial de Monimbó, barrio indígena de la ciudad de Masaya (Peña Hernández, 1968, 43). Y no queremos pasar por alto tres apellidos, también propios de Monimbó, con “ñ” inicial, a saber: Ñamendi, ñoriogue y ñurinda. (idem).

III

En consecuencia, la Academia Nicaragüense propone: que se enriquezca el apartado de la letra “ñ” en nuestro Diccionario común, mediante la incorporación al menos, de buen número de las voces hispanoamericanas autóctonas con “ñ” inicial, incluyendo por supuesto, los nicaragüensismos que no estén allí reseñados, así como las acepciones propias de Nicaragua y que aún no hayan sido contempladas en las páginas del mismo diccionario.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí