La decimoséptima letra del alfabeto español representa el fonema ñ. Para pronunciarlo, la lengua se eleva hasta ponerse en contacto con el paladar, quedando el ápice detrás de los incisivos superiores.
El aire escapa de la cavidad bucal, gracias al descanso del velo del paladar. Hay vibración de las cuerdas vocales. Por tanto, es una consonante palatal sonora.
Su nombre es femenino: la eñe (plural: eñes). Existente en latín, nació de la necesidad de representar un nuevo sonido de las lenguas romances derivados del mismo latín en la Edad Media. El italiano y el francés optaron por la grafía gn, el catalán prefirió ny y el portugués eligió la nh.
El castellano se decidió pronto por la grafía nn, que se abrevia por la n con una rayita encima, llamada tilde, como la del acento ortográfico. Así, nuestra lengua romance dejó atrás a las otras, al representar con una sola letra un sonido al que las demás requieren dos.
La ñ, pues, no es sino la aportación española al alfabeto latino y la simple duda de su carácter independiente constituye una ofensa a nuestra cultura. Y no sólo a su raíz ibérica (España de escribe con eñe), sino al sustrato aborigen.
Porque el castellano dio alfabeto a las lenguas precolombinas que tenían una consonante palatal sonora en su sistema fonológico: araucano, aymará, quechua, maribio, zapoteco, etc. Por eso en Nicaragua decimos ñajo (de labio leporino), ñambo (árbol de madera muy sólida y de corazón negro), ñato (de nariz aplastada), ñomblón (persona sumamente gorda y nalgona) y ñoca (tortuga de mar). Además, estamos exentos del peligro de escribir en una tarjeta navideña este deseo a una amiga o amigo (si usamos una computadora sin eñe): Feliz Ano Nuevo.