El cielo se obscureció de rayas rojas
y llovió de la Muerte su castigo
matando al ilegal enemigo
una helada suerte entre estrellas y hojas.
Tapaba al sol, cual un triunfo del mal
y en días enteros provocó cizañas
y se derrumbaron ríos y montañas
en una insistente violencia criminal.
¿Por qué no cesaba su causa banal?
¿Por qué era su odio?… ¿Acabaría alguna vez?
Si el animal supiese de lo mortal
hubiese corrido aunque sin doblez
hasta la tibieza de la ciudad natal
a avisar que la vida perecía otra vez.