Evocación de Horacio

(1948-1949)Épodo IHoracio, mirando alguna vez este luceroen los anocheceres de su granja sabinasurgir de los alcores de su pequeño valle(fino en la lejanía el son de las esquilasy tibio el aire apenas húmedo de esta horay tierno el balar de las ovejas que a los corderos lamen), junto con alegrarse de coronar el día(y mientras […]

(1948-1949)
Épodo I
Horacio, mirando alguna vez este lucero
en los anocheceres de su granja sabina
surgir de los alcores de su pequeño valle
(fino en la lejanía el son de las esquilas
y tibio el aire apenas húmedo de esta hora
y tierno el balar de las ovejas que a los corderos
lamen),

junto con alegrarse de coronar el día
(y mientras los boyeros desuncen la
yunta cabizbaja)

lentos en el ritual del fin del laboreo,
y aliñan las mujeres las mesas de la cena
en una suave danza todos sus movimientos,
y un humo azul de fina leña se alza de las chozas,
y la paz es un bálsamo acorde con el olor de los pinares

habrá evocado a Safo —su maestra,
muerta de muchos siglos, para él la viva—
quejándose, sobre la lira eolia, de las muchachas de su pueblo:

Aeoliis fidibus querentem
Sapo puellis de popularibus…

Estrofa II

Y Safo, en la ardorosa Lesbos,
entre las rosas y violetas de su jardín de Mitilene,
mirando el mismo lucero salir del mar color de vino,
habrá gozado alguna vez de paz en su isla
estremecida de guerras como otras islas de tormentas,
habrá sentido esta hora redolente
correr dulce y espesa,
como miel chorreada,
habrá evocado a Arquíloco por el amor de Neóbule,
pensando en Pieria,
pensando en Afrodita y en su trono,
o sonriente de haber visto turbado al noble Alceo,
inquieta, más que su mente, su lengua
con el sabor y el calor y el temblor del recuerdo.

Antiestrofa II

Y Arquíloco, en Thasos nemorosa, añorando
las lagunas de Siris y la larga cabellera de Neóbule,
al ver surgir este lucero sobre el ancho lomo del monte,
de seguro que también evocara tarde a tarde
(en el collar de la conciencia que va, perla tras
perla)

cuenta tras cuenta, remontándose
hasta quién sabe qué troglodita enternecido,
qué cavernícola conmovido de súbito,
olvidada la caza, levantada la frente)

a algún cantor —anterior a Calino y a Terpantro—
de canciones impúberes
ahogadas en el piélago
del poeta de la ira de Aquiles,
poniéndose a degustar una palabra
de sabor y calor y temblor de recuerdo.

La Prensa Literaria

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