El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega es evidentemente una persona muy conflictiva. Por eso, durante toda la campaña electoral del año pasado lo hicieron permanecer callado; no dio entrevistas ni participó en debates. No le convenía. Luego de ganar las elecciones con el 38 por ciento de los votos gracias al pacto con Arnoldo Alemán y el PLC, por algún tiempo siguió callado. Tenía que dejar pasar al menos unas semanas para no provocar pánico entre los empresarios y ciudadanos en general.
Pero aparentemente el Presidente ya se siente consolidado y ha comenzado a hablar sin restricciones. Ahora, cada vez que aparece en televisión, deja ver un poco más de su verdadera identidad y de su viejo estilo. Habla contra la oligarquía (aunque él representa a un poder oligárquico, aunque diga que es el pueblo), de inversionistas «de buena fe» -dejando entrever que los hay de mala fe y que está en su potestad decidir cuáles son éstos y aquéllos.
En los años ochenta Ortga habló de «empresarios patrióticos» vs. «empresarios contrarrevolucionarios». Ortega ahora habla como en los tiempos de la guerra, contra el imperialismo yanqui y los medios de comunicación que según él están al servicio de la Embajada estadounidense.
En política exterior Ortega se ha alineado con gobiernos dictatoriales y agresivos, mientras endosa alegremente sus medidas represivas y sus ataques contra los derechos de sus ciudadanos.
Daniel Ortega apoyó el cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV) y el «derecho» de Irán a refinar uranio para fabricar armas atómicas, cuando prácticamente el mundo entero -incluyendo a la gran mayoría de ciudadanos venezolanos e iraníes encuestados- rechazan estas medidas de sus gobiernos. Ortega prepara las condiciones para establecer una dictadura monopartidista en Nicaragua, utilizando como estructuras de proselitismo y de control los llamados Consejos del Poder Ciudadano organizados en los barrios de las ciudades y municipios del país y dirigidos por los secretarios políticos del partido.
Además, el presidente Daniel Ortega cuenta con el auxilio de medios de comunicación al servicio suyo los cuales tienen, entre sus principales tareas, difamar a los demás medios de comunicación así como a ciudadanos que denuncian la corrupción de funcionaros públicos y de mafiosos que extorsionan a inversionistas nacionales e internacionales amparados en un sistema judicial de mala reputación.
Así que con más confianza y siguiendo su misma línea controversial y conflictiva, Ortega ha visitado Venezuela, Libia, Argelia, Irán y Cuba, según él para buscar ayuda. La Cancillería nicaragüense informó que el propósito de esta gira es fortalecer los lazos con estos países: «Va buscando (Ortega) el acercamiento entre nuestros pueblos, los pueblos de Centroamérica», subrayó el canciller Samuel Santos. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Cuál es la agenda con Muammar Kadaffi o Mahmoud Ahmadinejad? ¿No hubiera sido más productivo y más inteligente desde el punto de vista diplomático, que Ortega asistiera a la reunión de alto nivel convocada por el Secretario de Comercio de los Estados Unidos, Carlos Gutiérrez, en Atlanta del 10 al 12 de junio? Desde luego que sí.
El problema es que Ortega ya no se molesta a estas alturas del juego en proyectar aquella sobriedad y mesura de los tiempos de campaña electoral. Entre Kadaffi, Ahmadinejad y Chávez —tres de las figuras más peligrosas y controversiales del mundo— Daniel Ortega se siente como en casa, a sus anchas, totalmente identificado, en familia. Pero estos son personajes completamente ajenos a nuestra realidad nacional y latinoamericana. ¿Qué tenemos en común con ellos los nicaragüenses? ¿Qué nos van a vender? ¿Qué les venderemos nosotros a ellos?
El canciller Samuel Santos ha pedido que Estados Unidos respete las «amistades de Nicaragua» pero en realidad debería especificar que se trata de las «amistades de Ortega y del FSLN» y no del pueblo nicaragüense. Y no es que tampoco esos países y sus gobernantes deben ser nuestros enemigos. Es sencillamente que son, al tenor del decir popular, «harina de otro costal». Nicaragua debe ver hacia sus socios comerciales históricos: Estados Unidos, México, la Unión Europea.
Con estos países es que Nicaragua debe consolidar y fortalecer relaciones, al margen de que algunas veces el presidente Ortega disfrute de vacaciones pagadas entre sus pares.