(LA PRENSA / Archivo)

CULTURA Y DESARROLLO

En 1982, la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales convocada por la UNESCO, adoptó la Declaración de México, en la cual se incluye una definición de cultura que mereció aceptación universal. Según dicha Declaración, cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. […]

En 1982, la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales convocada por la UNESCO, adoptó la Declaración de México, en la cual se incluye una definición de cultura que mereció aceptación universal. Según dicha Declaración, cultura es el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, el patrimonio cultural, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.

Igualmente amplia es la noción de cultura que nos ofrece el ex Director General de la UNESCO, Profesor Federico Mayor, en su libro La Nueva Página: “La cultura es el conjunto de elementos simbólicos, estéticos y significativos que forman la urdimbre de nuestra vida y le confieren unidad de sentido y propósito, de la cuna a la tumba. La cultura modula la forma en que ejercemos el ocio, la dimensión y amplitud que damos a la vida, los horizontes que le fijamos y la forma en que superamos lo cotidiano e inmediato para buscar valores trascendentes. En un sentido tradicional, cultura —o más bien lo que solía llamarse alta cultura— era una prerrogativa de una minoría afortunada o privilegiada, que tenía dotes especiales para componer música, escribir versos, pintar o escribir, y de ese modo crear obras que otros afortunados —the happy few— disfrutaban. Sin embargo, la cultura es, sobre todo, comportamiento cotidiano, que refleja la “forma de ser” de cada cual, el resultado de sus percepciones y reflexiones, la elección íntima entre las distintas opciones que la mente elabora, la respuesta personal a las cuestiones esenciales, el fruto en cada uno del conocimiento adquirido, la huella de los impactos del contexto en que se vive .

La Declaración de México proclamó el derecho de los pueblos, naciones y comunidades a su identidad cultural. La UNESCO y sus Estados miembros han proclamado el principio de que identidad cultural y diversidad cultural son indisociables. La esencia misma del pluralismo cultural lo constituye el reconocimiento de múltiples identidades culturales allí donde coexisten diversas tradiciones. La comunidad internacional ha proclamado que es un deber velar por la preservación y la defensa de la identidad cultural de cada pueblo, partiendo del reconocimiento de la igualdad y dignidad de todas las culturas, así como del derecho de cada pueblo y de cada comunidad a afirmar y preservar su identidad cultural y a exigir su respeto.

Cuando la cultura se carga de prejuicios frente a otras culturas, se transforma en fuente de conflictos. La historia nos enseña que el etnocentrismo intransigente y la intolerancia son fuentes de prejuicios capaces de encubar un dañino concepto de superioridad y arrogancia cultural. Muchas de las guerras del pasado fueron alimentadas por esos prejuicios, que incluso ensombrecen el horizonte de nuestros días.

Una cultura de la diversidad implica el respeto al derecho a ser distinto o diferente, hoy en día considerado como uno de los derechos humanos de tercera generación. La negación del “otro” conduce a diferentes formas de operación y desemboca en la violencia. El “otro” puede ser la mujer, el indio, el negro, el mestizo, el marginal urbano, el campesino, el inmigrante, el extranjero. Esta cultura de la negación del otro genera la cultura de violencia, que ha sido una de las principales limitantes para nuestros esfuerzos democráticos y para la construcción de una cultura de paz.

En el caso de América Latina, el pluralismo cultural adquiere especial relevancia en relación con los pueblos indígenas, cuya cultura generalmente ha sido menospreciada o marginada, en vez de considerársele como lo que realmente es: uno de los factores raigales de nuestra identidad. El otro gran aporte de la Conferencia de México sobre políticas culturales fue el énfasis que puso sobre la dimensión cultural del desarrollo. “La cultura —dice la Declaración de México— constituye una dimensión fundamental del proceso de desarrollo y contribuye a fortalecer la independencia, la soberanía y la identidad de las naciones. El crecimiento se ha concebido frecuentemente en términos cuantitativos, sin tomar en cuenta su necesaria dimensión cualitativa, es decir, la satisfacción de las aspiraciones espirituales y culturales del hombre. El desarrollo auténtico persigue el bienestar y la satisfacción constante de cada uno y de todos”… “Sólo puede asegurarse un desarrollo equilibrado mediante la integración de los factores culturales en las estrategias para alcanzarlo; en consecuencia, tales estrategias deberían tomar en cuenta siempre la dimensión histórica, social y cultural de cada sociedad”.

Un estudio de la UNESCO sobre las relaciones entre Cultura y Desarrollo nos advierte: “La dimensión cultural no es una dimensión como cualquier otra, no es uno de tantos factores que tomados en su conjunto constituyen los elementos del desarrollo. Por el contrario, es el factor fundamental del desarrollo, la referencia básica por la que se miden todos los demás factores.

Un gran avance conceptual han significado estos aportes. Bajo la influencia de un desarrollismo economicista, la cultura, especialmente la tradicional, llegó a ser considerada como uno de los peores obstáculos para el progreso y la modernización de los países. Hoy en día la tendencia es a revalorizar los aportes de las culturas tradicionales dentro de un concepto de desarrollo endógeno, integral y humano, que promueva un encuentro de la modernidad con la tradición, que no son necesariamente excluyentes, y para lo cual es preciso denunciar tanto los fundamentalismos desarrollistas como los radicalismos indigenistas.

La UNESCO, desde hace décadas, promueve una mejor comprensión de las estrechas relaciones entre Cultura y Desarrollo. En particular en el marco del Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural (1988-1997) que proclamó conjuntamente con las Naciones Unidas, la UNESCO ha procurado promover un enfoque nuevo de la cultura en sus relaciones con las actividades humanas en conjunto. Aunque se trataba de una tarea difícil, la acción de la UNESCO ha contribuido ya en gran medida a cuestionar nuevamente la idea de un modelo único de desarrollo aplicable en todas las circunstancias y en todos los lugares.

“Nuestra diversidad creativa” es el título que para su Informe Final escogió la Comisión Internacional sobre Cultura y Desarrollo, que presidió el Dr. Javier Pérez de Cuéllar, ex Secretario General de las Naciones Unidas, designada por el Director General de la UNESCO para analizar, desde una nueva perspectiva, las estrechas relaciones entre Cultura y Desarrollo.

El título del Informe no puede ser más feliz, desde luego que en un mundo caracterizado por procesos de globalización, se corre el riesgo de caer en una empobrecedora homogenización cultural si cada pueblo o nación no fortalece y defiende su identidad cultural. El informe parte del reconocimiento de la riqueza que significa para la humanidad la existencia de una diversidad cultural creativa, es decir, de una diversidad que no erige muros de aislamiento para afirmarse en sus propios valores.

Una conclusión importante del estudio es que el desarrollo y la economía forman parte de la cultura de un pueblo. El desarrollo comprende no sólo los bienes y servicios sino también la oportunidad de elegir una forma de vida en comunidad que sea plena, satisfactoria, valiosa y cuyo valor se reconozca; en la que la existencia humana pueda desarrollarse en todas sus formas y de manera integral. “Un desarrollo disociado de su contexto humano y cultural es un crecimiento sin alma”, afirma el Informe de la Comisión. Además, agrega el Informe: “El principio del pluralismo es fundamental. Las culturas no están aisladas ni son estáticas sino que interactúan y evolucionan.

La Prensa Literaria

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