- Gran lector, crítico de arte. Desde muy niño dijo que sólo quería ser poeta. Una vida dedicada a la literatura y al estudio de la filosofía. Se revela con un nuevo libro, Tierra sin Tiempo, que ya está en las librerías
Álvaro Urtecho representa a uno de los intelectuales más completos de Nicaragua. Se le respeta como crítico de arte por sus amplios conocimientos sobre la pintura latinoamericana y europea cultivados en sus estadías en Francia, España y Costa Rica en los años 60 y 70. Al igual, se le reconoce como un maestro de la poesía por la profundidad de sus pensamientos que le vienen de sus estudios en filosofía y su larga trayectoria de lector desde sus primeros años de adolescencia cuando sentía fascinación de leer las historias de Julio Verne.
Su trayectoria de intelectual lo ha llevado a publicar libros de poesía como Cantata Estupefacta, que para algunos críticos literarios representa un poema de largo aliento poético y madurez; Esplendor de Caín, Cuadernos de la Provincia, Auras del Milenio y Tumba y Residencia, una antología de toda su obra poética anterior.
Esta semana, su quinto libro, Tierra sin Tiempo (publicado por la Academia Nicaragüense de la Lengua) está en los estantes de las principales librerías del país. Su nueva publicación sorprende: Fémina Suite, por su inusitado despliegue sensual (¡toda una celebración galería de mujeres!); y La Corona de Espinas, por su transfiguración humana de Jesús, culminante en la oración, dice Jorge Eduardo Arellano, su editor en la contratapa de su nueva publicación.
A sus 56 años, en la entrada de su vida otoñal, Álvaro celebra su vida con la poesía y la aparición de su nuevo libro pese a su diabetes y su insuficiencia renal crónica que lo trunca de su oficio de escritor.
¿Cómo debe leerse Tierra sin Tiempo?
Es una selección de poemas escritos en cinco años que tratan el tema del erotismo, lo místico, la meditación sobre el tiempo, descripciones de lugares y paisaje, donde abunda el cultivo de el prosema, como los dedicados a Masaya por Carlos Martínez Rivas.
Esa pregunta ya me la han hecho y el primero fui yo. La poesía no se comprende racionalmente como la ciencia o el lenguaje de todos los días, como enigmáticos, por ejemplo, Trice, de César Vallejo no significa nada, hay otros títulos que son clarísimos como La Realidad y el Deseo, de Luis Cernuda. Este título, Tierra sin Tiempo, es enigmático, es como que el tiempo se escurre, es una contraposición entre el tiempo y la tierra, el tiempo se escapa como la arena entre las manos. Un título de un libro no te revela las ideas de un poemario.
¿Cómo concibe la poesía?
Dije hace poco, hablando con unos amigos, que la poesía es fundamentalmente memoria. La poesía tal como la entiendo, que es la poesía lírica, es una poesía de profundización, de la experiencia vital y no es poesía temática, ni es épica ni de referencia social sino que fundamentalmente trabaja con la memoria. En la poesía vas sacando extractos de tu memoria, al final, la poesía es la profundización en esos estratos últimos del espíritu humano.
¿Cómo fueron sus años de infancia en Rivas?
Fue muy feliz. Si es que podemos hablar de felicidad en la familia, creo que toda familia tiene un infierno adentro, en ese sentido soy pesimista como todos los existencialistas que son los que me han formado. Pasé muy encerrado como Jorge Luis Borges, para mí el mundo más fascinante era el de la lectura, no era el de los juegos. Para mí no hubo ninguna experiencia vital de juegos de todo lo que viven los chavalos y para mí fueron vitales las lecturas de Julio Verne, Los Miserables, de Alejandro Dumas.
¿Cómo fue la relación con sus padres?
Tuve la orientación de mi papá que era un gran lector, un médico (el doctor Rafael Urtecho Sáenz) de aquellos humanistas que eran a la vez intelectuales. Mi padre fue un hombre que nunca se enriqueció pese a la gran ciencia y al conocimiento que tenía. La lectura la heredo de mi papá, que estuvo en los primeros años de la consolidación de la Revolución Mexicana y, además, era historiador. Él tenía colecciones de música clásica y una gran biblioteca, mi formación más que en la universidad fue la biblioteca de mi padre que era inmensa, eran los libros heredados del General Isidro Urtecho, mi bisabuelo, un conservador de la época que traía libros de Francia y España en aquella época. Lo que explica también la cultura rítmica de mi poesía, porque me considero un poeta musical, influyó que desde niño escuchaba las óperas que mi padre me ponía, él primero me leía el libreto de las óperas y después las escuchábamos. Me crié de una manera muy aislada de lo que es la sociedad y sus relaciones sociales.
¿Entonces no fue un niño travieso pero sí recuerda alguna travesura de infancia?
Quizás no de infancia pero sí de adolescencia. Cuando conocí la poesía de Ernesto Cardenal, me enamoré tanto de la figura Cardenal que me quería ir a Solentiname pero cuando me dijeron que había culebras no quise ir, digamos eso es lo que más se apresura o se aproxima a una travesura mía (ríe).
¿Qué experiencias tuvo en el Instituto Rosendo López en sus años de joven estudiante?
Estudié en ese instituto, podría decirte que me mantenía leyendo. Mi papá era un hombre muy serio y muy autoritario; además, era mi profesor y me mantenía solo estudiando, le tenía miedo siempre cuando me llamaba para la lección. Era severo, me crié con miedo a la autoridad; por eso, una de mis lecturas preferidas es El Castillo, de Franz Kafka, el miedo al poder y ante eso, el trauma de tener un padre y que a la vez me dio toda una cultura y me metió el culto a Rubén Darío.
¿Cuándo es que decide ser poeta?
A los 12 años. En contra de la opinión de mi familia, porque querían que fuera médico como lo fueron todos los Urtecho y como quien dice ya la mesa estaba servida y me ponían el ejemplo de Fernando Silva que es escritor y médico pero ante eso yo dije: quiero ser sólo poeta, nada más. Sabiendo a lo que me exponía porque el hecho de tomar conciencia tan temprano de que quería ser poeta, ya sabía que ibas a ser un ser socialmente fracasado en una sociedad subdesarrollada donde no hay mercado de libros, o un ser raro, una ave rara como Los Raros, de Darío.
En su poesía hay siempre referencias maternales. ¿Cómo fue la relación con su mamá?
Era una mujer joven. Mi padre se casó con ella en segundas nupcias con Lilliam Lacayo Marenco, fui su primogénito y fui súper protegido en la infancia, estuve rodeado de una madre que todo el tiempo estaba conmigo y a la vez con miedo al papá, un temor al padre y afecto permanente con la madre.
¿Era su confidente, su amiga?
Era muy buena. Andaba por todas partes con ella pero cada vez que hacía algo malo o llegaba tarde a clases, ella me preparaba para ir donde mi papá que me regañara y esa relación fue creando en mí un temor a la autoridad, a todo lo que tiene que ver con poder y eso ha hecho en mí una vocación de marginalidad. Sin ser marginal siempre le he tenido miedo a toda relación con el poder y he cultivado durante toda mi vida una relación a partir de valores humanos, artísticos y espirituales e identificado con la gente marginal pero no con los exhibicionistas.
¿Cómo la muerte de su madre influyó en la literatura?
Mi madre murió cuando acaba de venir de España en 1976 y un mes después murió mi papá; de esa doble muerte viene Cantata Estupefacta, el poema largo que yo escribo en Costa Rica en el verano de 1979, que es un sólo poema de 34 páginas. Este poema largo es producto del dolor y del sentimiento de orfandad producido por la muerte de mis padres y a la vez por la destrucción de Nicaragua, la guerra y ese sufrimiento.
Se ha dicho que Cantata Estupefacta es un libro de largo aliento poético y madurez literaria. ¿Qué opina al respecto?
Honradamente, a veces creo en la tesis romántica sobre el origen de la poesía que esgrima mucho en los surrealistas, que uno no escribe el texto pero que el texto lo escribe a uno, de que la poesía escoge al poeta para expresar un espíritu poético determinado, o sea, no es el poeta mismo el que escribe sino como que alguien dicta, como un vidente. Ese poeta lo considero producto de una videncia, así como Octavio Paz, decía Vicente Huidobro, yo sentí así en la Cantata y la hice en una semana. En ese sentido es una hazaña poética. Lo escribí a los 27 años.
En su nuevo libro hay poemas místicos. ¿Cómo le interesa que vean la figura de Cristo?
En la sección La Corona de Espinas, eso es nuevo en mí porque no soy cristiano, he sido un agnóstico precisamente por mi formación de la filosofía griega y existencialista moderna, soy escéptico en cuanto a los dogmas religiosos pero la figura de Cristo es apasionante. En esos poemas quiero rescatar a Cristo del oficialismo, de la ortodoxia, quiero que lo vean como el hombre que sufre, el ser humano.
¿Esta visión del que sufre tiene que ver con la diabetes y la insuficiencia renal que padece?
No necesariamente. Todo el mundo, con raras excepciones, se refugia en las religiones porque es un calmante más que la ciencia y que la filosofía. En Cantata Estupefacta podés ver en toda mi poesía una vena no religiosa sino mística, porque además todo eso que habló de mi poesía, que iba a las procesiones con mi mamá, había una cuestión religiosa pero cuando me di cuenta ya adolescente de quiénes eran los que iban a misa, los falsos con sus misales, los hipócritas, los explotadores del pueblo que eran los más cristianos entre comillas y que iban después de explotar a los campesinos, llegaban a lavarse su mala conciencia, desde ese entonces me retiré de la Iglesia.
¿Nunca optó por el ateísmo?
No, no, el ateísmo no existe, el mismo Unamuno lo decía que el solo hecho de creerse ateo ya estás suponiendo que existe un Dios, no creo, el ateísmo puro es muy difícil eso.
¿Qué tal eran los años 60 en la UCA? ¿Cómo fue su vida en esos tiempos?
Muy buenos tiempos, es interesante contar esto, siempre fui muy solitario. Cronológicamente soy de la generación del 60 que es la generación de Julio Valle-Castillo, Erick Blandón y Rosario Murillo. Me crié sin grupo literario, en cambio yo, como vivía en Rivas, todo mi bachillerato, nunca me relacioné con poetas hasta que vine a Managua. Cuando llegué a la universidad tenía 17 años y tenía un Bagraon cultural que me lo había dado mi soledad y mi aislamiento que me permitió leer buenos libros. Carlos Alemán podría ser el que me descubrió, él llegaba a Rivas andaba bajo el brazo la edición príncipe de La Insurrección Solitaria, de Carlos Martínez Rivas, un libro que se salvó de las llamas porque dicen que toda se quemó y era uno de los pocos ejemplares rescatados, leí tanto y me golpeó tanto su lectura que dejé de ser cardenaliano, no es que no le tenga admiración, se la tengo por su condición de poeta y profeta pero el estilo que yo cultivaba era un estilo de la tendencia de Ernesto Cardenal y cuando leo a Carlos Martínez cambié totalmente porque lo que él me ha enseñado es la depuración de la palabra poética, la búsqueda de la perfección verbal.
La poesía tiene una matemática interior y toda poesía tiene como un sistema métrico decimal, ese sistema quedó profundamente grabado en mí. Y no lo digo para que se alegren mis enemigos o mis detractores o los que minimizan mi obra poética y dicen que yo soy un epígono de Carlos Martínez Rivas, lo cual es totalmente falso. Neruda decía: El arte es un taller donde todos trabajan y no se sabe quién es el maestro y Borges dice que son ecos de otras voces.
¿Qué otros autores son esenciales en su vida como escritor?
Soy un gran lector y eso es lo que me salvó de ser un calcador de Carlos Martínez por que hay gente calcadora de él. En cambio mi poesía tiene cosas que no tiene Carlos Martínez: lo metafísico, lo filosófico. Mi poesía es meditativa.
¿Toda buena poesía debe conservar además de la búsqueda estética, una filosofía?
No necesariamente pero al fin, toda poesía tiene una metafísica como toda ciencia. De los autores que me han influido son lo que me ha salvado. Conozco perfectamente los clásicos españoles, como la poesía de la generación del 27 y de la post guerra española, probablemente es la que más me influye junto con Carlos Martínez.
Los 60 marcaron a muchos poetas. ¿Cómo era la vida de los jóvenes escritores? ¿Quiénes eran?
En la UCA me relacioné con todos los poetas de la generación del 60, fui gran amigo de Julio Cabrales, Jorge Eduardo Arellano, Carlos Perezalonzo, todos los poetas de la época, fundamentalmente los que llegaban al café La India, los pintores Genaro Lugo, Efrén Medina, había un buen ambiente cultural; además, ese tiempo fue la época de oro de la UCA, los mejores maestros, Pablo Antonio Cuadra en Literatura; Eduardo Zepeda-Henríquez en estilística; Juan Bautista Arríen en antropología filosófica; Romano García, un filosofo que venía de España y un cura valenciano Juan Bautista Beltrán, que ese nos enseñó estética y eran los momentos grandes cuando Ernesto Cardenal estaba escribiendo las Coplas a la Muerte, de Tomas Merton que es probablemente el poema que más me gusta de él. Además, la ciudad de Managua era de una belleza natural que cualquier ciudad de Centroamérica.
Confronté mi mundo poético con los de la Generación del 60 y vi que teníamos cosas que compartir pero no los veía muy metidos en el estudio de la poesía del pensamiento filosófico y siempre noté que es algo característico de la poesía nicaragüense el estar alejado de la filosofía y de su pensamiento; por ejemplo, no estoy hablando de Darío y de Alfonso Cortés que tienen toda una filosofía. Vi que había una tendencia enorme al coloquialismo, al exteriorismo de la influencia de Ernesto Cardenal y vi que mi poesía no iba a tener una fama inmediata, por eso siempre he sido alistado.
¿Tumba y Residencia es una antología de casi todo tu trabajo poético?
Sí. Es la reunión de todos los libros desde Cantata Estupefacta (escrito en 1979 y publicado en 87), Esplendor de Caín, que son poemas de 1974 a 1991, los Cuadernos de la Provincia, de 1976 a 1994 y Auras del Milenio, que son poemas de 1995 al 2000. Ahí está todo reunido y ahora este libro.
¿También ha trabajado como investigador literario y periodista cultural?
Sí, con Julio Valle-Castillo, pero en tiempos de la revolución no se podía hacer nada porque no había dinero, trabajé con Fran Galich y Gustavo Adolfo Páez por unos tres años. Ya en el Ministerio de Cultura, desde 1982, escribo artículos y empiezo el periodismo cultural. También trabajé en 1988 en Ventana, no de planta sino de colaborador. Luego, después de eso, he venido haciendo crítica literaria y plásticas.
Están pronto a salir otros de sus libros, uno de crítica y otro de arte.
Sí. La Figuración Demoníaca y Otros Ensayos por la editorial Amerrisque, que incluye mi tesis sobre Carlos Martínez Rivas, ensayos sobre Neruda, Machado, Martí, Pellicer, Camus, José Coronel Urtecho como pensador y una ensayo sobre la pintura de Danilo Torres. Luego está mi libro sobre crítica literaria de poetas nicaragüenses que será publicado por el Centro Nicaragüense de Escritores y mi otro libro de crítica de arte.