Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte…
Jorge Manrique: Coplas…
Tan querido por todos
y tan decepcionante
para todos. El indómito,
el inasible, el recluido,
el que no quiso tener una cara
para labrarse un destino:
un rostro fijo,
etiquetable, ubicuo,
discernido, en perspectiva:
un destino, una imagen
que vender, una cara
que acomodar en la gran sala
de butacas lista
para las encandiladas funciones
del Teatro Público.
El que no quiso,
el que no aceptó, el que se negó
a inscribirse en la función,
el que no asumió un papel.
Cercano y lejano en todo.
Sintiéndose otro, siempre
en fuga, siempre en ondas
de imagen borrándose.
Acechando en las imágenes
habitando opuestas orillas.
El esperado. El inesperado.
Tan querido por todos
y tan decepcionante para todos.
Buscando inútilmente la transparencia,
la comunión de las palabras verdaderas,
la pureza como una estatua contenida.
Fuera del espectáculo fuera
del juego, fuera de la tramoya,
anonadado por el poder y la impostura
del dinero y la mentira,
la estafa y la calumnia,
la danza siniestra e inacabable
de nombres y apellidos, caras
y caretas, figuras y figurones,
maquillajes, máscaras y mascaradas,
celadores, arpías y comparsas.
Ámbito
Palacios abandonados:
Una ráfaga escabrosa de tiempo
pasa por ellos, un hálito de ausencia,
una explosión de pétrea melancolía.
Y sin embargo están allí:
con sus muros altísimos
y sus vastos recintos dispuestos
para la escena sublime del ritual desplegándose
frente a la pregunta permanente
de los ojos humanos, ¡ceremonias
de la grandeza y el asombro
Entrada y fuga precipitada de aves agoreras,
cenizas y fantasmas de príncipes
emperadores y reyes
con sus voces borradas como ríos secados.
Copas de vino denso y arpas
de sonido recatado en la sombra.
Flauta de aurífero gorjeo.
Palimpsestos de inscripciones cifradas.
Cofres de sellados fulgores.
Sarcófagos impenitentes.
Palacios abandonados
por siervos y señores,
vencidos y vencedores.
Historia cerrada y abierta,
descubierta y reencontrada
hasta la sordamente e imprevista
consumación de los siglos.
Escena con Laúd
Absorto, con su atuendo de cuero
y terciopelo bien abrochado,
los encajes de la capa y la manga
listos para el requiebro amable,
y el sombrero de plumaje vario,
el tocador de laúd emprende
su viaje hacia la música
acercándose a la dama.
Al fondo,
en la encendida pared, escenas
de caza y de jardines, agrupaciones
de trovadores y arlequines deteniendo
de pronto sus gestos y sus máscaras
para captar la nota última.
Viajes, conquistas, recorridos
del alma sobre cuerdas y voces
que no acaban, que nos llegan todavía
con su sabor a incienso,
a palacio y ceniza. Voces perdidas
en procesiones avanzando sobre senderos
iluminados por hachones,
atravesando, hendiendo
la penumbra húmeda de la selva,
infinitamente física y sagrada.
Caballo sin Nombre
¡Palmeras, sí palmeras divisadas
desde el camino trotante, notan largo ni cercano
ni de ladrillos rojos o amarillos
pero sí alzándose, empinándose, trotando,
ensillándonos como en el acto sexual:
Así
tus ancas brillando y rebrillando, sudando
los apetitos del poema en la memoria!
Nada. Todo: la historia del caballo
sin nombre cabalgando
por las verdes praderas de América
extendiéndose…
La música
del disco acabándose, la cabellera dorada
sobre su cuerpo, la cabellera dorada
sobre el caballo rozándose
y deslizándose.