Amarilla, pesada, sórdida,
la calumnia arrojó su moneda sobre la losa
y cobró de inmediato su espesor negruzco,
su tintineo de sabor a siglos.
Arrellanada
en sus grumos podridos, en su espejo de sombras,
en sus guantes de plata, la calumnia nació,
creció, tomó forma de espíritu,
de ley, de justicia, de bondad pura,
y modeló razones, infiltró conciencias.
Monstruo de mil cabezas,
a veces era un arrugado árbol de ramas
balanceándose al filo del crepúsculo,
un fantasma bordeando los aleros
de la calle asfaltada,
un sapo con su vientre lechoso,
una lagartija deslizada en las grietas,
una sustancia agria y sin destino.
A veces era un rostro feliz, pudoroso,
satisfecho, pagado de sí mismo,
un ciudadano tranquilo y buen cristiano
en función de condena y fiscalía.
La calumnia, señores,
creció, y su faz inundó al mundo,
y los filisteos se multiplicaron,
y la mentira, con su baba colgante,
lo confundió todo, y fue
una sola amargura la humanidad, un solo llanto,
una sola lágrima;
y las arpías devoraron
la carne de las jóvenes de los muslos henchidos,
y las monedas se reprodujeron en los bancos
y la palabra se convirtió en consigna, letrero,
cobre, escupitajo y esperma gastada y vil…