- La poesía de Rubén Darío, Alfonso Cortés y Salomón de la Selva le corre por las venas cuando la musicaliza. Esto ha tenido sus frutos en versiones modernas como su nuevo CD, Darío en la Memoria del Milenio
Nadie imagina que Ofilio Picón dejó la medicina para dedicarse a la música en 1982. A sus 50 años, en retrospectiva se le puede ver ocupando gran parte de su tiempo al estudio autodidacta de la guitarra, el piano y la música en general, fundador de grupos musicales, produciendo discos, cantando en peñas culturales, avenidas y bares de la ciudad de México en los años setenta.
Es en México entre 1984 y 1986, donde inicia su labor de musicalizar la poesía con el apoyo de la Universidad Autónoma de Puebla, graba tres canciones; Pequeña Cosa, con poemas de José Antonio Cedrón y música propia, Regreso del Fuego y Ritual, según Picón las tres con un enfoque artesanal y tirajes pequeños en cassettes para consumo universitario. También musicaliza poemas del argentino Jorge Boccanera, los uruguayos; Melba Guariglia y Saúl Ibargoyen y los mexicanos Helio Huesca y Carlos Arellano.
En 1987 regresa a Nicaragua realizando gran cantidad de conciertos por todo el país, junto a la cantante Colombiana Mariame Friederich, bajo el nombre de Dúo Amaranto. Luego, en 2000, se incorpora al grupo Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina, con el que realiza una extensa labor de difusión de la música nicaragüense en giras por Europa y Centroamérica. Y lo invitan a participar en el montaje de los poemas musicalizados Cantos de Cifar, de Pablo Antonio Cuadra y poemas de El Paraíso Recobrado, de Carlos Martínez Rivas.
Como cantautor también produjo el CD Ventana, en 1997 que incluye la poesía cantada de dos grandes poetas nicaragüenses: Alfonso Cortés y Salomón de la Selva y más tarde vendría Transiciones, un CD de canciones de su autoría, publicado en el 2001.
Este año alcanza uno de sus sueños: musicalizar la poesía de Rubén Darío, el padre del Modernismo, llegando a interpretar 13 de sus poemas; Lo Fatal, A Margarita Debayle, Canto de Esperanza, Canto Errante, La Marcha Triunfal, Campoamor, Nocturno, La Bailarina de los Pies Desnudos, entre otros, bajo el nombre de Darío en la Memoria del Milenio, una serie de canciones amenas con arreglos propios y, además, con el acompañamiento de destacados músicos nicaragüenses.
¿De dónde nace su interés de musicalizar los poemas de Rubén Darío?
Antes de Darío, musicalicé poemas de Alfonso Cortés y Salomón de la Selva. El poema La Bala, lo musicalicé en 1997, hace diez años. Siempre he tenido un interés en la poesía de Rubén Darío, algunos amigos me animaban a que lo hiciera y así nació.
En mi último disco musicalicé 13 poemas de Rubén Darío, hace cinco años empecé ese trabajo, tomé toda la información que pude, leí algunos libros de Rubén Darío, leí sus biografías y su autobiografía y una cantidad de artículos sobre su obra; asé fui nutriéndome de él para llevar a su palabra.
¿Como músico, qué le enseñó la poesía de Rubén Darío?
De alguna manera hay que trasfigurarse, hay que jugar a ser Rubén Darío, su vida, su pensamiento, las cosas que a él le gustaban, y verlo como a él le gustaría que lo vieran. En algún momento él dijo que era increíble que no se hubiera musicalizado su poesía refiriéndose a su Sonatina, dado que él había vivido la música, esto en palabras de Rubén Darío y que nos dejó un reto.
¿Qué aprende cuando musicaliza un poema?
Es un proceso complejo, tal vez no sea tan simple y es un proceso bien inconsciente y creerte y transfigurarte en Rubén Darío en un momento especial. Lo que aprendes es lo que nos deja la poesía que es vivirla más intensa. También te enseña cómo era la vida del poeta, cómo la vivió, te da ángulos diferentes en los que te encontrás con él.
¿Cuál de los estos poetas: Darío, Cortés y Salomón es el más rítmico?
Cada uno tiene un sentido del ritmo. Pero quien lo tiene más desarrollado en sus melodías, mucho más agudo es Rubén Darío; sin duda también hay cosas muy profundas en Alfonso Cortés y yo me identifico mucho con él. Pero el manejo de Darío es una cosa genial, superior.
¿De los tres cuál ha sido el más complejo para musicalizar?
Ninguno es fácil. Ponerle música a cualquier poema no es fácil. Como bien dice el doctor Edgardo Buitrago, los poemas tienen ya su ritmo, su melodía; entonces es difícil encajarte con otro ritmo y con otra melodía para que no choquen. Si hubo un poema que fue un reto muy grande fue La Marcha Triunfal, digamos, hacerle frente.
¿Qué complejidades tiene?
El sentido del ritmo, no perderlo, los cambios rítmicos los traté de respetar. Si escuchas ese poema, es como un catálogo rítmico; dejarse en ese sentido llevar por el propio ritmo del poema. Alguien me preguntó acerca de cuál era la metodología que utilicé para estos poemas. Yo afirmo que en la poesía de Rubén Darío, el verso surge de una forma natural, no hay nada forzado, que la poesía fluye en él. Antes traté de adaptarme a un método, traté de copiar su mismo método, dejarme guiar por el ritmo del poema, por eso es que de alguna manera logré meterme en ese espíritu. Otra cosa es entender los poemas y entrar en el clima de la poesía que es una cosa muy importante porque no es solamente el reto técnico de que coincidan los acentos sino generar un tipo de sentimientos que tengan que ver con lo que te está diciendo el poema.
¿Quiere popularizar la poesía llevándola a la música?
Siendo sincero, mi interés no es pedagógico sino estético y sí me interesa ese amarre entre la poesía y la música, que nunca han estado separadas sino unidas de raíz, es como hacerlas coincidir con énfasis especial.