Cada Mujer tiene su luna. Óleo sobre tela de Ramiro Lacayo.LA PRENSA/Ariel León

Ars-poétrica

Vuelvo a decirte —de un fauno a otra—El asunto es buscar adonde se interceptan las palabras.Por más que uno quiera cuando caminan,van andando, pero a su ritmo.No al deseado de métrica apretado,sino al mantenido.Es como si de pronto las frases quedaran mudas. La orquesta, osordo el bailarín,sin saber en qué antes estábamosy todo ese párrafo […]

Vuelvo a decirte —de un fauno a otra—
El asunto es buscar adonde se interceptan las palabras.
Por más que uno quiera cuando caminan,
van andando, pero a su ritmo.
No al deseado de métrica apretado,
sino al mantenido.
Es como si de pronto las frases quedaran mudas. La orquesta, o
sordo el bailarín,
sin saber en qué antes estábamos
y todo ese párrafo recién leído cayera —chocoplós— en el abismo.
Tampoco averiguamos qué querían decirnos, o
si era a nosotros a quienes les decían nada;
y es que uno espera que con el tiempo,
en la noche, qué se yo;
al ir volteando página tras página,
en la siguiente combinación de letras,
asome una pista,
algo que entender, si
es sobre la Matilde, la Julia o el gato…
Y allí, al final, quizás haya algo.
Aunque a veces no, o estaba y lo perdimos,
quedando sólo el montón de imágenes, metáforas, retruécanos,
alguna descripción rayando en lo sexual.

Fantasías del lector mas que de autor,
que todo lo interpreta desde ese ángulo genital, o
simplemente juega con nuestras mentes castas,
poniendo un punto cada vez que aspira el cigarrillo,
cuando empieza a fallar la pluma,
cuando se cansa;
y allí no mas acaba.

Sto. Domingo, 2007

La Prensa Literaria

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