Ruinas de la Cruz
Una visión
del tiempo.
Derribadas paredes.
Torres inservibles
y la interminable
danza de la muerte
con la vida.
Esas Gracias. Esa
incansable pareja.
Y usted, José, fisgón
huroneando por el Río
Chiquito pudo verlas
y no quiso correr.
No tembló
su corazón. Tembló
el Parque
cuando llegaron
esplendentes ruinas
a los tejados
a mezclarse y perderse
con el aire de la noche.
José trino,
José valse, José
y su cruz, sombra
en los rincones,
duende girando
en su centro, José
vagamente pensando
en otro tiempo.
José, un treno
en León
de Nicaragua
huroneando
por Río Chiquito.
Entre derribadas paredes.
Torres inservibles.
Polvo de Estrellas
Me esfuerzo por hacer duradero tu nombre
que es mi nombre, mientras recuerdo
que no has muerto porque te recuerdo,
bañando al niño que era yo
y que tal vez sigo siendo; dando lustre
con devoción a sus zapatos mínimos
y blancos; diciéndole palabras
que no comprendía del todo; pero,
claramente seguro, importantes.
Íbamos sobre los cementos del antiguo
Malecón de Managua de Nicaragua
o sobre el palafitado muelle del lago
de Managua de Nicaragua como viejos
amigos, hasta el íngrimo Copacabana
de la tarde provinciana.
Alguien innominado ahora me dijo
a quemarropa que había muerto
y en mi cuerpo secreto se abrió
un oscuro hueco de nada nunca más.
Hoy, con tanta agua pasada bajo el puente
ilusorio de la vida vivida, sin la vergüenza
de la debilidad, puedo decirte, sin miedo,
que lloré; que hay una memoria de tu figura
silbando polvo de estrellas, esa Star doss
que te gustaba tanto. Estrellas para invocar
sonidos bellos como silencio.
También la silbo ahora. La he silbado
en tardes doradas y noches silenciosas,
como si fuese ave nocturna que fuera
todas las aves nocturnas; con el mismo tempo,
con idéntico gusto y cerrados los ojos
como los cerrabas, antes de cerrarlos.
Ahora mi música es otra. Pero música al fin,
con la que invoco tu nombre es mi nombre,
mientras veo caer polvo cósmico de estrellas.