Que no se diga más, se me dijo; y dile vuelta al reloj con aire veloz, como quien quiere sufrir las gotas de la espera: las arengotas, las arenosas gotas frías que, cuando niño, acicalan el tiempo segundo a segundo, ritmo infinito que puntea incertidumbre. Llegó el día y volvieron, volvieron los días en que, sentados a mi mesa, devoramos el pan cotidiano; el sabor ausencia que aún sentíamos en nuestros labios avinados; avenidos encuentros y despedidas, lo que se habló. Y se jugó a las cartas y se vivió con desfachatez la bebida espontánea que ya del ambiente emanaba. Hubo ese tiempo y reímos y fuimos a derrochar la edad que apenas asomaba en nuestros ojos. Pero también llegó la hora en la que algunos ya daban empujones, pujotes de puntapiés invisibles sobre la madrugada, cuando el sueño es profundo y la tierra calla. Levantaba yo mis brazos para sacudir cansancios y un harem de dedos hincaba las costillas y las astillas volaban y yo retorcía mis músculos adormitados. Hube entonces de erguirme y vigilar y comprobar con pesadumbre la frigidez de la falacia, pues fue la lumbre de la certeza la que pedía a gritos, ya confundida o indignada, un poco de tierra que pisar, un trozo de alfombra para aterrizar. Hay que decirlo: se me volteó el panorama, el primer mundo, ese mundo era el primero en aplastarme; su blanca sangre vertía caliente entre mis ojos; sus manos delgadas estrangulaban las venas, mis hieráticas venas insaciables que aún se atragantan. Lo que miré y no deseé haber mirado: los rostros burlescos y amenguados, los aguados rostros, los de aquí y los de allá, alienados, juntándose para mirar a otro lado, para oscilar al lado donde mi sombra de animal se perdía desahuciada. Y no me conocieron, se hubieron de ir sin dar un céntimo de lo que habían recibido, me han dejado aquí, ablandando la carne, dejando que salga cualquier raíz que de mí quiera agarrarse. Porque habré de soltar la carne de la carne, y ser unas manos, una simple y sencilla mano que dibuja el rencor para hacerlo visible.
El Güegüense. Escultura de Miguel Ángel Abarca. (LA PRENSA /Moisés M. Matute R.)
Otras Contemplaciones
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