A cualquier gata
En Roma ciudad de vetustos tejados
las señoras suelen tener gatos
gatos desplazándose sutiles
entre las macetas de generosos geranios
o acariciándose el hirsuto lomo
bajo verdes dentados filodendros.
Algunas señoras llegan a tener
manadas de gatos ronroneando
alrededor para ufanarse rotundas.
Otras se jactan de tener
un solo gato sometido
a las inconstancias de su luna roja.
Las dulces señoras de Roma
cuando toman el vino vespertino
se quejan de los desastres de sus gatos…
Un hogar desastrado que zozobra
en medio del aullido libidinoso del celo
& a punto de infieles zarpazos.
Ebrias de sí por las vides
de Emilia Romana la fructuosa
inventan que los gatos las adoran
tanto para pedirlas en matrimonio
dispuestos a mantenerlas
colmarlas de autos joyas & divisas.
Pero en esta ciudad de eternos tejados
conocí una mujer dueña de mejores aires
antes que el licor del tiempo la mordiera
una bellísima adorada por los gatos de Roma.
Ahora esa mujer lánguida envejecida & loca
no gusta de tomar el agua primordial
el té vespertino o el café del Bósforo…
Su paladar se entrega a saborear
acres licores & fuertes vinos
para enloquecer más furiosa
& denostar improperios contra
sus célebres gatos centrípetos,
contra aquellos sabios austeros de Baudelaire
cuya locura no pudo retener en su sed ni en su red
sin darse cuenta que está sola como un cactus
& el único gato en acompañarla
es el ronroneo pulmonar de sus carcomidos alvéolos.
Roma, octubre de 2006