Si algo me gustaba, era ir a Diriamba los domingos. Mi mamá preparaba unos espaguetis de chuparse los dedos, o una suculenta sopa de gallina india con albóndigas.
Cuando llegué a Diriamba me encuentro que la Rosa, nuestra empleada de años, está medio llorosa y con cara amarga. Hola, Rosa, ¿cómo estas?. Te veo enojada. ¿Qué te pasa?
¿Cómo no voy a estar enojada si hace un rato Doña Zobeida me pegó una gran tratada porque salí sin permiso a ver a mi suegra? Le dije a su mamá que era una gran desconsiderada en la forma de cómo me trataba, habiéndole servido durante cuarenta años como una esclava. ¿Y qué te dijo mi mamá? Nada. Me miró y me dijo: Qué pendeja que te veo Rosá: si cuarenta años me serviste, cuarenta años te pagué.
Bueno, Rosa, no le hagas caso, vos ya sabés cómo es ella. Mi mamá siempre quiso mucho a la Rosa. Cuando la revolución sandinista, se fue a vivir con mi hermano Saúl a California y le dejó de regalo a la Rosa nuestra casa, incluyendo los muebles.
Me fui a la cocina para ver qué estaban cocinando y, para suerte mía, era sopa de albóndigas. Le comenté a mi mamá que ya había aprobado mi examen público en el Ramírez Goyena. Los bachilleres del Bautista, que era colegio privado, teníamos que revalidar el título en un colegio del Estado. Y le dije: ya soy Bachiller en Ciencias y Letras.
En mis tiempos, la moda era salir retratado, en la sección Notas Sociales de los periódicos capitalinos; así que le comenté a mi mamá que mi ilusión era salir retratado como todos los bachilleres de mi colegio.
Mi mamá me volvió a ver muy seria y me dijo: Sólo chochadas sos.. Además, para qué salir retratado en el periódico si al final de cuentas se van a limpiar con vos.
Me quedé pensativo e inmediatamente entendí lo que me quiso decir. En nuestra casa había inodoro para nosotros y excusado o pon pon para los empleados. En el baño de los patrones se ponía papel higiénico, pero en el de los empleados, papel de periódico que se cortaban con una tijera en pedazos cuadrados, y se ensartaban en un clavo en la pared frente al excusado.
Ahí acabó mi ilusión de salir como todos los bachilleres retratado en las Notas Sociales de los periódicos.
Cincuenta años después, mi hijo Gilberto vino a pasear a Nicaragua con su esposa, Mónica. Los llevé a conocer todo el país y sobre todo los invité a comer un típico mondongo en el restaurante más antiguo del mundo, el de Masatepe. Como toda española, a Mónica le encantó el mondongo; muy poca diferencia encontró con los callos madrileños.
Antes de irnos del restaurante, Mónica me pidió que le indicara dónde quedaban los servicios higiénicos de damas. Le dije que en este restaurante los servicios eran unisex y le señalé una casita pintada con cal al fondo del jardín.
Como tardaba mucho, empecé a preocuparme pensando que le había hecho mal el mondongo, pero al rato la vi salir muy tranquila comentando que los nicas somos unos adictos a la lectura, pues hasta en el excusado ponían el periódico para leerlo.