A María Kindling
En la línea de ambos mares
nuestro silencio oscila como una moneda.
Derramado en la mesa,
es un vino rojo
donde ensaya su huevo un pájaro muerto.
Su eco rompe en nuestra orilla,
su humo hiere a nuestro aire,
su presencia abre al tiempo,
su angustia trae, en botellas rotas,
ironía, impotencia, absurdo, el poema.
Silencio
Balsa perdida en su oscuro vagar de navajas,
cielo encerrado en el cuenco de una mano.
Tendrá sólo el deseo de la sal y la luna,
el insólito afán por los atardeceres.