- Un fragmento de El Arcángel, Novela Sobre la Revolución Sandinista, donde su autor recrea vivencias y situaciones de la época
El Ángel Bueno
Un año, ya dormido,
alguien quien no esperaba
se paró en mi ventana.
¡Levántate! Y mis ojos
vieron plumas y espadas.
Rafael Alberti
Entre los pasajeros iba un hombre de mediana estatura, moreno, narizón, delgado, de anteojos, dedos gruesos y callosos, manos de albañil y de maestro de obra, que durmió plácidamente casi todo el trayecto hasta llegar a Sébaco, donde pidió al chofer que pusiera la radio. Parece que está malo, don Pedro, este jodido como que es retentado, cuando quiere suena como una roconola pero otras veces ni que le paguen, y hundió la perilla derecha del pequeño aparato incrustado junto al tablero frente al timón, sin resultado. Qué hijueputa radio más mañoso pero en cuanto llegue a Managua lo voy a llevar a donde un técnico amigo mío, dijo el conductor volviendo a ver a don Pedro, quien resentía no estar oyendo Pancho Madrigal, su programa favorito de todas las madrugadas.
Don Pedro Porras viajaba a Managua a cambiar un triciclo que días antes había comprado en la capital para Ivana Karelly, su pequeña y única hija de seis años, en ocasión de Navidad, pero que había resultado algo pequeño. El triciclo rojo, metálico, con su grande llanta delantera y sus dos pequeñas traseras, tenía un hermoso lazo de regalo, color blanco, de cinta de mantequilla, pegado a la pequeña montura negra de imitación de cuero. El ayudante lo había asegurado con cuidado encima de la capota del microbús. A las dos de la mañana don Pedro había escuchado por una radioemisora que Managua estaba temblando, pero nada más, y no le dio importancia a la noticia, además, estaba excitado porque esa medianoche había nacido su tercer hijo. ¿Será músico?, seguía preguntándose. Hombré Raúl, esto del terremoto está jodido, pero yo estoy contento porque la Estelita salió bien del parto, comentó al chofer. ¿Y cuándo tuvo doña Estelita, don Pedro? Pues no me vas a creer, hoy como a las doce, si estoy desvelado, ¿no me ves los ojos rojos? Qué casualidad que mi vecino de al lado me llegó a levantar a la medianoche porque se le adelantó el parto a su esposa. ¿La esposa de José? Sí, doña Engracia, va a ser sietemesino el cipote. A lo mejor ese niño nació a la misma hora que el suyo.
El vehículo no entró a la bulliciosa parada de buses de Matagalpa donde al chofer le molestaba el machacante y chillón pregonar de las vendedoras que tenía que soportar todos los días al regresar de Managua. (Tortillas calientes con cuajadaaaa, tortillas ricas calientes con cuajadaaaa, tortillas ricas calientitas con cuajadaaaa. ¿Va a querer señor, café negro caliente, el caféeee, el caféeee? Nacatamales especiales, los nacatamales. A ver, amorcito, las rosquillas, la cosa de horno, rosquillas, laaaaas rosquillaaaaaas. Chicles, chicles, a tres por un peso, ¿va a querer señora, síí, cómpreme doñita, hágame buen el día, a ver, ¿le doy?). En Sébaco varios pasajeros a la orilla de la carretera hicieron agitadas señales de parada al microbús desde que éste asomó su punta ñata pero el conductor no se detuvo y la gente que esperaba impaciente, le gritó improperios, eran personas urgidas de ir a Managua, seguramente para saber de sus familiares, luego de la tragedia, porque ellos ya sabían lo que había ocurrido, como casi toda la población de este lugar, punto de unión de la vía Panamericana, que hacia el oeste conduce a las ciudades y poblados de Las Segovias, al sur a Managua y el Pacífico, y al norte lleva a Matagalpa y Jinotega. Además de puerto carretero estratégico, el poblado de Sébaco se asienta en un valle feraz de producciones desaforadas de arroz y cebolla, como atestigua la eminente ingeniera agropecuaria y prestigiada filóloga Floricelda Rivas Aráuz, el único ser humano que escribe con C el nombre de este poblado (Cébaco).
Cuando el microbús cruzó el viejo puente de hierro de Sébaco sobre el Río Grande de Matagalpa, en cuya desembocadura en el Mar Caribe, Cristóbal Colón escapó de perder la vida hace más de quinientos años, el conductor dijo, entre dientes, Ahora sí. ¡Vamos de viaje para Managua! Por ese río penetraban furtivamente a los dominios españoles en el siglo XVII hordas de aborígenes miskitos y sumos aliados de comerciantes y contrabandistas ingleses armados que asaltaban negocios y secuestraban mujeres y niños en los pueblecitos norteños situados a la orilla de los ríos navegables, en pequeños botes de remo construidos de una sola pieza por los habilidosos e irreductibles indígenas caribeños. Braulio Machuca comenzó a contar una leyenda aborigen: todas las mañanas una bella hija del cacique de Sébaco salía con una vasija de barro llena de frutas hacia una laguna en forma de ocho de aguas traslúcidas, formada en un recodo montoso del ondulante río, donde ella se sentaba unos minutos sobre un montículo de rocas coronado por una piedra ancha y plana, como piedra de moler, al cabo de los cuales surgía de entre las aguas calmas una enorme serpiente café amarilla que devoraba ávida los manjares. Un día, varios indígenas siguieron discretamente a la princesa sin que ella se percatara y vieron cómo el reptil tomaba su desayuno de manos de la bella y, luego, estupefactos y lujuriosos, contemplaron deslumbrados cuando ella se desnudaba y la sierpe, saliendo de entre aguas, se dirigía al montículo y se enrollaba delicada y suavemente en el cuerpo perfecto de la princesa que se contorsionaba, jadeante, hasta el éxtasis. La noticia se regó entre los aborígenes, llegando a oídos del cacique, quien mandó a degollar a su propia hija, allí mismo en la laguna. Desde entonces, furioso, el río ha causado varias inundaciones, castigando a la gente hasta el extremo que el poblado tuvo que ser cambiado de lugar varias veces. El chofer, que iba volado, disfrutó el cuento, y por primera vez en su vida se imaginó convertido en una víbora.
Ninguno de los viajeros se preguntó por qué el chofer del autobús tuvo tan inusitada y enérgica reacción a favor de ellos frente al guardita del puesto de salida de Jinotega y más bien todos lo interpretaron como una actitud de solidaridad, excepto el tapudo de Braulio Machuca, quien sabía que el hombre de la chaqueta negra tenía una queridita por el Estadio Nacional, en la Colonia Somoza, cerca del populoso Mercado Bóer, y daba mil gracias a la existencia de esa graciosa morenita de 17 años originaria de Muy – Muy, al norte de Matagalpa, ya que por sus encantos llegarían rápido a Managua. O a lo que quedaba de la destruida capital.
No sonó el reloj de la Catedral de Managua a la seis de la mañana como todos los días porque en su campanario resquebrajado, las agujas se habían detenido a las doce y media, tan sólo al inicio del nuevo día, cuando la furia telúrica destruyó la ciudad, ahogándola en gritos, polvo, fuego, dolor y muerte. A esa hora llegó el microbús a Managua pero no pudo pasar más allá del mal llamado Callejón de Portezuelo (más bien era una amplísima vía doble donde a ambos lados operaban varias empresas industriales) que marcaba el límite oriental de la capital. Allí, atemorizados aún antes de haber visto la destrucción y la muerte, se bajaron los pasajeros, espoleados por la ansiedad de saber de sus seres queridos. Don Pedro tomó su triciclo rojo y poniéndoselo sobre sus espaldas se dispuso a caminar hacia abajo, al occidente de la ciudad, hacia la Colonia Somoza, donde Juanita, su tan querida hermana mayor. El chofer iba casi a la misma dirección pero ninguno de ellos lo sabía y cada quien tomó por su lado, además, Raúl se demoró, pues antes tenía que dejar a buen recaudo el vehículo en la Terminal. Desde Portezuelo se miraban las columnas de humo que salían del centro de la ciudad destrozada, a unos tres kilómetros. Había que cruzar toda la Carretera Norte, llena de establecimientos comerciales, para llegar al corazón herido de la capital.