Desde que existe la humanidad como sociedad organizada se ha reconocido la importancia fundamental de la educación, en el sentido de que es el medio indispensable para transmitir a cada nueva generación los conocimientos acumulados en el pasado, las experiencias laborales, los valores y las buenas costumbres adquiridas por las generaciones precedentes; así como para desarrollar en cada persona sus facultades intelectuales y sus capacidades para desenvolverse socialmente de manera apropiada, lo mismo que para trabajar con el fin de proveerse sus propios medios de subsistencia y los de su familia de manera honrada, y a fin de contribuir al desarrollo y la prosperidad de la sociedad y de la nación de la que forma parte.
“Sólo la educación hace hombre al hombre”, preceptuó el filósofo alemán y universal Enmanuel Kant (1724-1804). Es muy cierta y siempre actual esta máxima kantiana y en la actualidad se considera que la educación no sólo es un medio de humanización de la persona individual, sino también un componente fundamental del desarrollo, la prosperidad y la lucha contra la pobreza. En condiciones de una portentosa revolución de la tecnología, la comunicación y los conocimientos que impregna con sus logros y sus exigencias a todas las naciones de la tierra, incluyendo a las más atrasadas, los pedagogos contemporáneos aseguran que ahora la educación no sólo debe preparar a la gente para cambiar de trabajo las veces que sea necesario, sino también para cambiar de carrera al menos tres veces a lo largo de la vida.
Hacemos estas reflexiones a propósito de la crisis que sufre actualmente la educación pública de Nicaragua, cuya mala calidad es agravada por la inestabilidad laboral magisterial. Se estima que la pérdida de clases durante varios días perjudica gravemente el proceso de la educación y peor aún cuando los paros generales o parciales e intermitentes suman varias semanas. De manera que independientemente de cuales sean los motivos que tienen los maestros para protestar y hacer huelgas, es preciso señalar que las consecuencias de dichas protestas las pagan muy caro los alumnos, sus familias y toda la sociedad nicaragüense en su conjunto.
Sin duda que la actual protesta de los maestros es justa. Aparte de que sus salarios siguen siendo miserables, el incremento salarial para este año que el Gobierno anterior fijó en unos 400 córdobas mensuales, el nuevo gobierno sandinista lo mutiló y dejó en sólo trescientos córdobas. Además, las nuevas autoridades del Ministerio de Educación suprimieron de manera autoritaria y abrupta la autonomía escolar, siendo que la inteligencia y la prudencia aconsejaban que por lo menos se debía hacer democráticamente, de manera gradual y consensuada con los maestros, directores de los centros escolares y los padres de familia. Y las consecuencias de ese autoritarismo “revolucionario” no se hicieron esperar.
En efecto, al abolir bruscamente el sistema de autonomía escolar, los directores y maestros fueron privados de un ingreso complementario a sus míseros sueldos que venían obteniendo desde hace varios años. Por otra parte, al dejar de recibir las contribuciones de los padres de familias, sin ser sustituidas con aportes gubernamentales, los centros escolares carecen ahora de recursos para su mantenimiento y las condiciones en que los maestros imparten las clases se han vuelto prácticamente intolerables. Y de remate, el nuevo ministro sandinista de Educación además de imponer de manera dictatorial sus concepciones centralistas sobre la educación y la administración escolar, acusó indiscriminadamente a los directores de escuelas e institutos de ser ladrones y corruptos.
No pocos educadores creían que al ser nombrado un maestro normalista como nuevo Ministro de Educación, la situación iba a ser mucho mejor para ellos. Pero más bien ha empeorado, porque el nuevo Ministro se ha comportado más como hombre de partido —pero de un partido verticalista, autoritario y dogmático— y no como un maestro que por la propia naturaleza de su formación y vocación pedagógica tiene que dialogar en vez de imponer, debe respetar en lugar de insultar, dialogar con quienes no comparten sus ideas y promover consensos, antes que abusar de su poder y aplastar a los demás.
Pero lo más triste de todo eso es que, como lo señalamos arriba y debemos repetirlo, quienes sufren las consecuencias de este autoritarismo “educativo” son los alumnos, las familias de los estudiantes y la sociedad nicaragüense en términos generales.