Tarde de Marzo

Tal vez eras vos que yo esperaba en algún corredor de mi infanciacuando las sirvientas cerraban las persianas frente al solazoy de pronto se levantaba un frescor de cántaro al mediodía,tal vez eras vos que yo esperaba cuando llegaba la tardey mamá me ponía una mecedora en la aceray yo alegre porque era la hora […]

Tal vez eras vos que yo esperaba en algún corredor de mi infancia
cuando las sirvientas cerraban las persianas frente al solazo
y de pronto se levantaba un frescor de cántaro al mediodía,
tal vez eras vos que yo esperaba cuando llegaba la tarde
y mamá me ponía una mecedora en la acera
y yo alegre porque era la hora que pasaba
un niño que vendía manís azucarados
y mamá decía: ya va a venir
sólo se atardó por el calor,
mirá allá ahorita debe estar bajando las lomas
y esperaba divisando en la nada ese niño de marzo
porque siempre he esperado algo en el tiempo
y cuando hace un calor así que le esconde los pájaros al cielo
me acuerdo del polvasal en la calle que volvía más lejana la espera
con el niño que nunca bajaba de las lomas
porque el sol no lo dejaba salir a vender
o porque lo quería tener adentro para siempre.

En el Albergue de la Osa Mayor

Cuando Rimbaud deseaba hospedarse en La Osa Mayor
pensaba en que albergado en ese alto y lejano lugar
es que uno puede tener una opinión y una certeza
y un recuerdo de la vida en su eternidad,
entonces el abrazo sólo puede suceder
viviendo ya en el Albergue de La Osa Mayor
pero si uno se agarra al otro y el otro se agarra a uno
pero si uno casi llora y el otro también está llorando
pero si uno está gozando y el otro también está gozando
pero si uno está poseído chamánicamente
y el otro está recorriendo en silabeos toda su historia totémica
y el pasado y el presente y el futuro penetrados
según el tiempo verbal de San Agustín
y los mundos de Leipniz y la cinta de Escher
que no acaba nunca de dar vuelta
hacia abajo hacia arriba
en forma de pez o pájaro pero siempre ascendiendo
en un dulce remolino
la Ronda del Amor de Matisse
una danza llena de movimientos marinos
la alianza de nuestros cuerpos sagrados cuando se sienten alegres de existir
porque el orgasmo es un vientazo de la existencia
y ese amor sólo puede sentirse cuando ya se vive en el Albergue de La Osa Mayor
y ahí todo es ternura y los cometas a veces
se detienen por siglos con su cola de zorra estelar
iluminando la ventana donde están dormidos los amantes.

Octubre

Un vientecito fresco o helado por las tardes,
los bosques se ponen dorados y los helechos
se confunden con el color de los zorros y los venados,
a veces se escucha un cuerno de caza en la distancia
podemos recorrer en bicicleta la comarca si queremos
pero subimos a las colinas y ahí nos damos un abrazo,
idos quedamos en calma mirando
los caseríos en el poniente con la luna blanca
colgando como una herradura en la puerta del cielo,
regresamos a casa y los comentarios se vuelven interesantes,
hablamos de cualquier cosa al azar de nuestros pasos
hasta uno se detiene y muestra al otro un objeto encontrado,
algo que tiene forma de algo,
un gancho largo de palo que puede ser una escultura de Giacometti,
una vieja bañera sarrosa que sirve para aguar las vacas
y que puede ser un ready-made de Marcel Duchamp,
la gente vuelve también de sus trabajos,
un pescador aparece de pronto
entre los cercados que bordean el camino
y ya se pone a hablar del enorme pez que se le escapó
y nos acercamos a ver el cubo de su paciente jornada,
valió la pena la partida de pesca
y quiere regalarnos una perca de aletas rojas,
se llega a casa y cenamos una sopa caliente con pan del día,
leemos un poco antes de dormirnos,
dejamos el libro a un lado y nos abrazamos de nuevo
y te descubro en la espalda una hoja seca de las colinas
y te vuelvo a abrazar,
dudamos si comenzamos lo mismo de hace rato,
lo mismo de las colinas,
me duermo a tu lado seguro de que el sol
mañana estará en el patio con los gallos y los pájaros.

La Prensa Literaria

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