Siempre quise leer una obra que explicase con argumentos sólidos, basados en fuentes confiables, la pobreza crónica de los países latinoamericanos. Creo que en este libro de Alfredo González Holmann encontré la respuesta que buscaba. En estilo ameno y directo, sin mucha palabrería, expone el autor su tesis, que todo el problema depende del juego de valores culturales ineficientes y obsoletos que hemos adoptado. Se trata de un material que podriamos llamar chips mentales, que en parte recibimos de nuestros mayores vía costumbres y actitudes que copiamos y en parte, frutos de nuestra propia experiencia. A ese respecto, coincido con la afirmación de mi amigo González Holmann que el gran vehículo, el gran condicionador de nuestra conducta social e individual es la cultura Lo que asombra en el caso de Nicaragua es que esos casettes hayan permanecido tanto tiempo sin modificarse mucho . O sea, que hemos tenido miedo al cambio y preferimos el atraso a tomar el riesgo de corregir nuestras fallas, lo cual es precisamente lo que ha perseguido el entrenamiento que recibimos, al punto que pareciera que nos hayan grabado las consignas con hierro caliente. Por ello es digno de encomio que González Holmanm se atreva a desafiar tabúes y vacas sagradas para denunciar las indoctrinaciones que nos impusieron.
Si preguntamos cuáles son esos valores que aún puede identificarse en nuestra historia política nicaragüense, nos damos cuenta de que son el personalismo, el cortoplacismo, el centralismo, el patrimonialismo (corrupción) , el sentido mágico de la vida, el arreglismo y el caciquismo. Son hábitos totalmente contrarios a los que John Locke nos enseñó con toda sencillez. O sea, la puntualidad, el respeto a la ley, la solidaridad, la sobriedad, el orden, el sentido de nación, la ética laboral, la consulta con el pueblo, etc. Sin embargo, es injusto seguir echándole la culpa a la leche derramada cuando los españoles en gesta memorable fueron capaces de reemplazar su herencia medieval por una modernidad ventajosa para su pueblo, sin recurrir a la violencia. A estas alturas, somos los nicaragüenses los responsables del atraso porque insistimos en vivir una democracia de mentiras, ya que no hemos logrado en 185 años de independencia, crear instituciones sólidas y confiables y emplear los derechos que como ciudadanos tenemos y, más bien, los vendemos por un plato de lentejas
Pero el libro de González Holmann es, además, didáctico porque no nos atiborra con material sino que en sus cinco capítulos breves va contestando las cuestiones que con mucha perspicacia supone que el lector se plantea. La edición es, además, nítida, sin faltas ortográficas y una portada sugestiva diseñada por Guillén. Lo que le faltó al autor es un mercadeo eficaz. Me hubiera gustado una mayor cobertura publicitaria elaborando una página web donde se reproduzca párrafos de la obra, un resumen ejecutivo y opiniones de críticos imparciales. Para terminar, encontré el capítulo final muy interesante y oportuno porque se ocupa de la solución del problema planteado. Ya los análisis han sido cumplidos; lo que se trata ahora es corregir esa situación de inopia. Recuerdo a ese respecto un diálogo que sostuve en cierta ocasión con el presidente de China Taiwan, Lee Teng Hui a quien pregunté: Señor Presidente, ¿cómo me explica que Taiwan y Nicaragua que tenían en 1940 el mismo ingreso per cápita de cuatrocientos dólares anuales se encuentran ahora tan separados económicamente? Me refiero, agregué, a que ustedes tienen en este momento más de ocho mil dólares por cabeza, mientras nosotros seguimos con ochocientos dólares. A lo que el Presidente chino, con una sonrisa benevolente, me respondió: Por tres razones, doctor: educación, educación, educación.