Recién acababa de releer Cien Años de Soledad , y estaba todavía embrujada por esa su forma de elevarse en la magia del fabulador asombroso. Cuando, justo en ese tiempo, tuve el privilegio de conocer a Gabo.
Después que me lo presentan, sin pensarlo dos veces, de un tirón le lanzo:
¡Qué maravilla esa fluidez que tiene usted para escribir! Y aunque no lo crean, sacudió rápido la cabeza, y dando un brinquen, con voz fuerte me dice: ¡Que fluidez ni que nada! Todo lo que escribo es producto del tesón. ¡Es trabajo!
Cuando vi que el humor del cielo se había descompuesto, quise que me tragara la tierra. Gabo ni se dio cuenta, dando la vuelta siguió conversando con otra gente.
Fue tremenda lección que todavía sigo aprendiendo, porque ¡percibís más el olor de la fruta al frotarla!