Comencé a saber de García Márquez a la tierna edad de 11 años, cuando los adultos a mi alrededor comentaban sobre Cien Años de Soledad. Intenté entonces leerlo, pero abandoné la lectura intimidada por el número de páginas y el sinnúmero de personajes.
Cuando entré a la maestría de Literatura a mediados de los años noventa, y tuve que releerlo, mejor dicho estudiarlo (no solamente gozarlo) me di cuenta que él como escritor vivía y gozaba lo que nos decía, y que había material para la novela a nuestro alrededor.
Me sentí muy orgullosa de que este colombiano latinoamericano rescatara con tal hermosura las leyendas, mitos y exageraciones de nuestra cultura. Por medio de él aprendí que somos un pueblo maravilloso, y que el realismo mágico es simplemente la vida cotidiana en nuestras sociedades llenas de creencias, humildad, y asombro ante todas estas historias.
Se puede contar todo, y eso es lo que descubrí con él. El asunto está en contarlo con su misma gracia.