El regreso del amor de Dios

“Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos “volver a dar” al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado”. (Benedicto XVI) Como tiempo especial para meditar en el amor de Dios manifestado […]

“Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos “volver a dar” al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado”.

(Benedicto XVI)

Como tiempo especial para meditar en el amor de Dios manifestado en el sacrificio redentor de Cristo en la cruz, la cuaresma representa una auténtica oportunidad de renovarnos espiritualmente y, en consecuencia, en diversas áreas de nuestra vida individual, familiar y social.

Muchos santos de ambos sexos han tenido una fuerte experiencia de fe y de entrega incondicional a Dios a la causa del Reino, en el momento mismo en que comenzaron a valorar el inmenso sacrificio de Cristo: el Crucificado no únicamente ha sido motivo de inspiración de poeta y místicos, sino también y principal razón, origen y fuente de entrega radical y amorosa a aquel que nos amó hasta el extremo.

Al valorar el sacrificio de Cristo, terminamos valorándonos al mismo tiempo a nosotros mismos. Por eso resulta saludable individualizar la Redención. Si yo me digo: “Cristo murió por mí, porque me ama, porque para Jesús yo soy una persona importante, pues me tomó en cuenta… yo soy valioso ante los ojos de dios, a él no le soy indiferente. Yo he sido comprado a gran precio, valgo nada menos que la sangre preciosísima de todo un Dios hecho hombre, no sólo afirmo el amor divino, sino además mi propia grandeza humana como redimido.

Una vez ocurrió algo que me hizo pensar mucho: una jovencita amiga mía le obsequió una Biblia a un joven drogadicto que luchaba por rehabilitarse. Y él me decía emocionado, por no decir “conmovido”: ¡”Ella me regaló una Biblia… a mí, a mí, a mí!”. Fácilmente caí a la cuenta de que este muchacho sufría de un profundo bajón en su estimación personal. La joven le puso una cariñosa dedicatoria en el libro sagrado. Ella, quien pertenecía a la misma comunidad, se sabía amada de Dios y, en esta forma solía regresar, “volver a dar” al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado, del inmenso amor recibido de Dios.

Religión y Fe

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí